(Serie: Tábara y los Beatos. XIV Beato de Silos)

Beato de Silos

El colofón de este códice se muestra bastante preciso en cuanto a las fechas en las que fue realizado. Según consta, bajo el mandato del abad Fortunio, los escribas Munnius y Dominicus finalizaron su trabajo el 18 de abril de 1091. Fue bajo la regencia de los abades Nuño y Juan cuando el iluminador Petrus concluyó su trabajo el 1 de julio de 1109.

El origen de este beato fue el Monasterio de Silos, a pesar de que el monasterio originario desapareció con la invasión musulmana, pero fue refundado por Fernán González, aunque las invasiones y razias constantes de Almanzor consiguen que su actividad decaiga hasta el siglo XI, cuando fue nombrado abad Santo Domingo con el apoyo de Fernando I.

Tras la muerte de Santo Domingo, quien fue canonizado inmediatamente, fue su sucesor Fortunio, quien cambió el nombre del monasterio poniéndole el de santo que le precedió.

El monasterio contó con un scriptorium muy relevante, llegando a contar con 140.000 volúmenes, entre los que, además de este beato, destacan las Glosas Silenses y las Etimologías de San Isidoro.

Este beato, que también es conocido como Apocalipsis de Silos, contiene un particular comentario al Apocalipsis del beato de Liébana.

Consta de 280 folios de 378 × 235 mm, con 106 miniaturas que fueron realizadas por Petrus, entre la fecha en la que se finalizó su escritura, 1091, y la fecha de la finalización de las ilustraciones, 1109.

Debió permanecer en el monasterio hasta que pasó a ser propiedad de Antonio de Aragón, un cardenal que vivió entre 1618 y 1650, y posteriormente pasó a manos de su hermano, el también cardenal Pascual de Aragón, que vivió entre 1626 y 1677, quien fue canónigo en Toledo y regente en Cataluña.

El códice llegó a Salamanca en 1677, seguramente con otros libros procedentes de la donación que el cardenal hizo de su biblioteca personal al colegio mayor de San Bartolomé, donde permaneció hasta 1770, ya que en esa fecha se menciona entre las existencias.

Una vez disueltos los colegios charros, pasó a las colecciones reales, donde ya se menciona la existencia del códice entre 1799 y 1801.

Durante la guerra de la Independencia, es expoliado y aparece en las colecciones de José Bonaparte entre 1808 y 1813 y recala finalmente en el Museo Británico en 1840.

Este códice está formado por cuatro partes muy bien diferenciadas:

  • Cuatro folios de un antiguo antifonario mozárabe, en el que fueron añadidas miniaturas durante la realización del nuevo manuscrito.
  • Comentario al Apocalipsis del beato de Liébana.
  • Extractos de las etimologías de San Isidoro de Sevilla.
  • Comentario de San Jerónimo al libro de Daniel.
  • Otros textos atribuidos a San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio, que comprenden algunos folios dedicados a los oficios de los difuntos.

Ofrece una gran influencia mozárabe, con representaciones abstractas y excesivamente coloridas que tienden a aplastar a los elementos humanos.

Se trata de un códice suntuoso, escrito en letra visigoda, en el que se aprecia la influencia carolina. Las miniaturas con colores muy vivos se muestran decoradas con oro y plata.

Este beato utiliza la gama cromática más bella entre todos los de su estilo, utilizándose combinaciones de colores (rojo, azul oscuro, verde oscuro y amarillo o azul claro, verde claro, salmón y naranja) con gran fidelidad a los beatos anteriores.

Se aprecian influencias de las miniaturas del siglo X, así como de las nuevas corrientes europeas, destacando la influencia mozárabe con un importante componente musulmán en las lecerías de los marcos y en otros detalles.

Este beato ofrece un equilibrio perfecto entre el estilo de los primeros beatos y el nuevo estilo que venía de Europa, el románico. Es uno de los beatos más interesantes y mejor conservados, con gran calidad en los textos mozárabes y en las ilustraciones en estilo románico, pero guardando respecto a los anteriores, conservando algunos elementos de aquellos como el arco de herradura, a pesar de que este había desaparecido 100 años antes. Esto puede deberse, según Meyer Schapiro, a un deliberado y nostálgico retorno de la tradición hispánica frente a la europeización, aunque otras fuentes aseguran que no es probable que, siendo el primer y único beato hecho en este monasterio, pudiera permitirse elegir estilo.

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