• Los nacidos en 1946 recibieron el cariño de todo Sesnández en Las Fuentes, escenario desde hace 28 años de una de las tradiciones más entrañables de la localidad. Entre abrazos, flores y lágrimas, el pueblo recordó también a quienes ya no están y contó con la presencia excepcional de sor Beatriz, que este año ha cumplido 100 años, junto a su hermano Pedro Blanco

Hay días en los que un pueblo no celebra una fiesta, sino su propia memoria. Días en los que las calles vuelven a llenarse de nombres conocidos, las casas recuperan voces de otros tiempos y los años parecen detenerse durante unas horas.

Así ocurre cada verano en Sesnández de Tábara cuando llega uno de los momentos más queridos de su calendario: el homenaje a los vecinos que cumplen 80 años.

Una tradición nacida en 1998 que ha ido pasando de quinta en quinta hasta convertirse en mucho más que una celebración. Es un abrazo colectivo a quienes estuvieron antes, a quienes levantaron familias y hogares y a quienes, marchándose o quedándose, nunca dejaron de sentirse parte de este pequeño pueblo situado junto a la Sierra de la Culebra.

En este 2026, los protagonistas han sido los quintos nacidos en 1946.

Ochenta años después, Sesnández volvió a reunirlos para decirles algo tan sencillo como inmenso: gracias por vuestra vida, por vuestro esfuerzo y por formar parte de nuestra historia.

Nacieron cuando casi todo faltaba, pero sobraban ganas de vivir

Llegaron al mundo en 1946, en los difíciles años de la posguerra. Una generación que conoció desde pequeña las estrecheces, el trabajo duro y una vida rural en la que nada resultaba sencillo.

Sus historias se escribieron muchas veces entre campos, caminos y jornadas interminables.

Fueron vidas «fraguadas en el campo, a base de esfuerzo, de trabajo, de sudores y de lágrimas», pero también vidas que supieron encontrar entre aquellas dificultades un aire de esperanza.

Han visto cambiar prácticamente todo.

Nacieron en una España de enormes carencias y han atravesado ocho décadas de transformaciones sociales, políticas y económicas. Vivieron una dictadura y una democracia. Vieron vaciarse los pueblos mientras muchos familiares y amigos tuvieron que emigrar en busca de oportunidades.

Y, pese a todo, Sesnández siguió siendo su casa.

Una ronda que llama a las puertas… y también a los recuerdos

El homenaje comenzó ya en la víspera, recuperando una de esas costumbres capaces de devolver al pueblo el sonido de otros tiempos.

Una ronda callejera a la antigua usanza fue recorriendo Sesnández y deteniéndose ante la casa de cada uno de los octogenarios.

Las puertas se fueron abriendo. Los homenajeados recibieron a rondadores y paisanos con pastas y refrescos.

Probablemente, detrás de cada una de aquellas puertas había mucho más que una celebración.

Estaban los recuerdos de la infancia, los padres y abuelos que ya no están, los juegos de niños, los primeros trabajos, las fiestas de juventud, las bodas, los hijos, los nietos, las despedidas y los regresos.

Antes de marcharse, una cita quedó pendiente para el día siguiente: Las Fuentes.

Las Fuentes, la catedral sentimental de Sesnández

Y llegó el momento esperado.

El paraje de Las Fuentes volvió a transformarse durante una tarde de verano en una particular catedral al aire libre para los sesnandinos.

Allí no hacían falta grandes paredes ni vidrieras. Bastaban los árboles, el paisaje, las familias reunidas y esa emoción difícil de explicar que aparece cuando un pueblo reconoce públicamente a sus mayores.

La iniciativa comenzó hace 28 años, en 1998, y desde entonces se ha convertido en una seña de identidad de Sesnández gracias al trabajo de quienes han luchado por conservarla, entre ellos Angelita, cuyo tesón está ligado a la continuidad de esta fiesta campera.

La organización corrió a cargo de la Asociación Cultural Sierra Sesnández, presidida por Francisco Ratón Río y fundada en 2004, que reúne a buena parte de los vecinos y emigrantes del pueblo.

Porque esta fiesta tiene precisamente algo que pocas celebraciones pueden conseguir: hacer que quienes viven lejos vuelvan a sentirse cerca.

Un ramo entregado por un hijo o un nieto

Uno a uno, los homenajeados recibieron el reconocimiento de sus paisanos.

Pero hubo un gesto especialmente hermoso.

Cada octogenario recibió un ramo de flores de manos de sus propios hijos o nietos.

Y entonces las palabras dejaron paso a las miradas.

Hubo abrazos. Hubo sonrisas. Y hubo lágrimas.

Lágrimas de esas que contienen muchas vidas dentro: por quienes estaban allí, por quienes habían recorrido cientos de kilómetros para acompañarlos y también por aquellos que deberían haber ocupado un lugar entre los homenajeados pero que se marcharon antes de alcanzar los 80.

Porque Sesnández no olvidó a sus ausentes.

«Abrazos para los presentes, recuerdo y memoria para los fallecidos».

La celebración quiso reunir simbólicamente a todos los nacidos en aquel 1946, estuvieran o no físicamente en Las Fuentes.

Veinte niños nacieron en Sesnández en 1946

Aquel fue un año especialmente prolífico para un pueblo que entonces tenía una realidad demográfica muy diferente a la actual.

Veinte niños nacieron en Sesnández durante 1946.

El año comenzó incluso con el nacimiento de los mellizos Irene y Bernardo Román Rodríguez, el 26 de enero.

Junto a ellos forman parte de la memoria de aquella quinta Rosa Araceli Cadavieco Majado, Inocencio Rodríguez Andrés, Ángel Río Rodríguez, Ana María Rodríguez Monteso, María Nélida Río Ratón, María del Pilar Andrés Folgado, Bernardo Rodríguez Ferrero, José Manuel Ratón Río y María Dolores Río Rodríguez, todos ellos ya fallecidos.

Sus nombres también estuvieron presentes. Porque homenajear una generación significa recordarla completa.

Los quintos de 1946 que han llegado a esta celebración de los 80 años son Margarita Andrés Vara, María del Pilar Ferrero Ratón, Pedro Blanco Blanco, María Pilar Pérez Fínez, María Ángeles Rodríguez Rapado, María del Carmen Ratón Andrés, Adolfo Río Andrés, María Magdalena Santos Villar y Argel Andrés Fernández.

Nueve vidas. Nueve historias diferentes. Y un mismo lugar de origen.

Pedro Blanco y sor Beatriz: dos hermanos y un siglo de vida

Entre las imágenes más especiales de la jornada estuvo la presencia del agustino Pedro Blanco Blanco, uno de los homenajeados, acompañado por su hermana, sor Beatriz.

La religiosa ha alcanzado este mismo año una cifra extraordinaria: 100 años de vida.

Hermano y hermana compartieron así una jornada cargada de simbolismo. Él, celebrando sus ocho décadas; ella, acompañándolo después de haber alcanzado el siglo.

Dos hermanos unidos por los lazos familiares y también por una vocación religiosa y una vida dedicada a los demás.

Su presencia añadió todavía más emoción a una celebración concebida precisamente para reconocer el valor de toda una vida.

«Las Fuentes otra vez. ¡Vivan Las Fuentes!»

La poesía también encontró su lugar en una tarde en la que las emociones estaban a flor de piel.

Los versos dedicados a los homenajeados resonaron en aquel paraje tan unido a esta tradición:

«Las Fuentes otra vez. ¡Vivan las Fuentes! / Porque ellas saben con su voz callada / hacernos en agosto una llamada / para honrar con amor ancianas frentes».

Ochenta primaveras convertidas en versos.

Ochenta años de trabajo, ilusiones, dificultades, familias, pérdidas, alegrías y recuerdos.

«No me podía imaginar que fuese tan emocionante»

María Magdalena Santos llevaba todo el año esperando este momento.

Y también nerviosa.

Cuando finalmente llegó, descubrió que lo vivido superaba aquello que había imaginado.

«Estoy encantada, no me podía imaginar que fuese tan emocionante el homenaje. He estado nerviosa todo el año. En cuanto comenzó el homenaje se me pasó todo», confesaba.

La presencia de prácticamente toda su familia y de sus paisanos convirtió la jornada en algo difícil de describir para ella.

Y dejó un deseo para quienes cumplirán los 80 en 2027:

«Ojalá estén todos. Les doy mucho ánimo y espero compartir con ellos la emoción que yo he sentido en 2026. Ojalá que permanezca para siempre este homenaje».

Las lágrimas de Adolfo cuando llegó su nieta

También Adolfo Río Andrés tardará mucho tiempo en olvidar aquella tarde.

«Aún no he superado la emoción», reconocía después de sentirse acompañado por su familia y por todo el pueblo, algo especialmente importante para él debido a la enfermedad que lleva tiempo padeciendo.

Pero hubo un instante que terminó por derrumbar cualquier barrera.

Su nieta apareció con el ramo de flores.

«Cuando mi nieta me llevó el ramo, no paraba de llorar».

Pocas frases pueden explicar mejor el significado de este homenaje.

Adolfo lo resumió con un deseo que seguramente comparten muchos vecinos:

«Esta tradición no debería perderse jamás».

Mientras Sesnández recuerde a sus mayores, seguirá teniendo memoria

Cada año llegará una nueva quinta. Cambiarán los nombres y las fotografías. Habrá nuevas familias sentadas alrededor de Las Fuentes esperando escuchar el nombre de un padre, una madre, un abuelo o una abuela.

Pero el significado seguirá siendo el mismo.

Porque cumplir 80 años en Sesnández no es solamente alcanzar una edad.

Es regresar simbólicamente a aquel niño que corrió por sus calles. A la joven que bailó en sus fiestas. Al muchacho que comenzó a trabajar demasiado pronto. A quienes tuvieron que marcharse. A quienes decidieron quedarse. A quienes levantaron sus familias y vieron llegar hijos, nietos y nuevas generaciones.

Es mirar hacia atrás y descubrir que, después de ocho décadas, el pueblo todavía recuerda tu nombre y quiere pronunciarlo delante de todos.

Quizá ahí esté la verdadera belleza de esta tradición iniciada en 1998.

En una época en la que tantos pequeños pueblos luchan contra la despoblación y el paso inexorable del tiempo, Sesnández ha encontrado una manera sencilla y profundamente humana de conservar aquello que nunca debería perderse: la memoria de su gente.

Este verano fueron los nacidos en 1946.

El próximo serán otros.

Y mientras en agosto Las Fuentes continúen convocando a hijos, nietos, vecinos y emigrantes alrededor de quienes alcanzan los 80 años, Sesnández seguirá siendo mucho más que un lugar en el mapa.

Seguirá siendo casa.

Seguirá siendo recuerdo.

Y, sobre todo, seguirá siendo pueblo.

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