almeida - 19 de junio de 2015.

2015 06 07Tabara311

            En raras ocasiones, el viejo hospitalero dejaba su Santuario, allí se sentía cómodo y sobre todo seguro. Únicamente lo abandonaba en aquellas ocasiones en las que necesitaba un descanso o cuando había alguna necesidad familiar y su presencia era necesaria donde se encontraban sus seres queridos. Según aseguraba, cuando se encontraba lejos de allí, tenía miedo a contaminarse con lo que la sociedad moderna impone a diario.

            En esta ocasión cuando estaba hablando con él por teléfono, intuía que quería pedirme alguna cosa, aunque no lo decía abiertamente, al final me confesó que le habían invitado a una boda y no estaba muy animado a desplazarse. Pero era consciente que cuando se había planteado ir era por una poderosa razón, la persona que se lo pedía necesitaba contar con aquel acto y el viejo nunca defraudaba a los que depositaban su confianza en él.

            Le dije que confirmara su asistencia a la boda y que yo estaría en el albergue los días que se encontrara fuera, aunque al final fueron algunos más de los inicialmente previstos, pero, el viejo necesitaba ese descanso, había sido un año con muchos peregrinos y muchos problemas y cambiar un poco el ritmo diario, le iba a venir muy bien para afrontar los últimos meses recibiendo peregrinos.

            Como no se prodigaba en estas ausencias, aunque por naturaleza no soy excesivamente curioso en aquellas cosas que pertenecen a la vida privada de los demás, en esta ocasión sí tenía cierta curiosidad por saber a qué se debía aquella excepción, aunque estaba convencido que cuando el viejo regresara, me daría todos los detalles para saciar mi curiosidad, él sabía cómo me gustas esas historias que hacen el camino y estaba convencido que en esta ocasión era una de esas historias que únicamente ocurren en este lugar.

            Cuando regresó se encontraba recuperado por completo, estaba de nuevo ansioso por mezclarse con los peregrinos que se habían convertido en una parte muy importante de su vida.

            Dejé que llegara ese momento en el que el viejo le gusta contarme historias, siempre sabe escoger el momento más oportuno y en esta ocasión no iba a ser diferente.

            Nos encontrábamos en el patio del albergue sentados en un banco donde, según me comentaba, se pasó muchas horas con Leonardo que era el que le había invitado a su boda.

            Leonardo pasó unos años antes como peregrino y el viejo, enseguida se fijó en él. Rondaba los cuarenta años, pero su apariencia era muy débil, estaba excesivamente delgado, no sabría decirme cuánto pesaba, pero nunca en sus muchos años de hospitalero había visto un peregrino tan escuálido como él.

            Pero lo que más llamo la atención del viejo fue la tristeza que se reflejaba en su rostro y sobre todo se conmovió al ver aquellos ojos tan apagados que apenas emitían una chispa de brillo.

            En estas circunstancias, el viejo siempre sabía lo que tenía que hacer y ese día dedicó todo su tiempo a aquel peregrino que lo necesitaba mucho más que los demás que se encontraban en el albergue.

            Fue dándose cuenta de la terrible depresión que llevaba encima por los reveses que le había dado la vida y estaba convencido que aquel camino era lo último que iba a hacer, porque ya había perdido todos los alicientes que un día tuviera y únicamente esperaba que llegara la muerte para dejar de sufrir y descansar.

            El viejo, no podía consentir que ocurriera lo que el peregrino le estaba diciendo, para eso se encontraba él allí y si conseguía recuperar a una sola persona de las que pasaran por su albergue, se sentía completamente satisfecho por lo que desplegó todas las artes de convicción que tenía y después de descargar sobre el peregrino toda la sabiduría que la vida le había proporcionado y que llevaba en su interior, consiguió convencerle para que en lugar de continuar su camino, se quedara unos días con él ayudándole a atender el albergue y a recibir a los peregrinos.

            Leonardo no tenía nada mejor que hacer, le daba igual una cosa que otra, por lo que no resulto muy difícil convencerle, no iba a perder nada más que los días que estuviera allí, pero al fin y al cabo, tiempo era lo que le sobraba, no había nada ni nadie que le estuvieran esperando y lo que tuviera que hacer o lo que debiera ocurrir, bien podía esperar una o dos semanas.

            Según fueron transcurriendo los días, el ánimo del peregrino fue mejorando, también mejoró sustancialmente su estado físico porque el viejo se esmeró en la cocina, preparaba unos cocidos de esos que meten miedo viéndolos y a pesar de las reticencias del peregrino que aseguraba que no le entraba nada más siempre el viejo estaba pendiente para añadir un cazo más cuando veía que el plato mermaba.

            La experiencia de hospitalero y sobre todo el contacto que tuvo con algunos peregrinos que caminaban con un lastre muy acentuado, fue viendo que algunos problemas que otros llevaban dejaban los suyos muy insignificantes y se admiraba que esas personas siguieran adelante y además lo hicieran con el ánimo que parecía que llevaban.

            Según iban pasando los días, el peregrino se encontraba cada vez más animado y también su salud había mejorado de una forma ostensible, no deseaba continuar su camino, solo quería quedarse allí, en aquel lugar en donde había encontrado la paz que tanto necesitaba.

            También el hospitalero se encontraba muy a gusto con el peregrino, pero era consciente que mientras no solucionara sus problemas no iba a encontrar esa paz que tanto necesitaba por lo que los siguientes días le fue preparando para que regresara de nuevo a su casa y se enfrentara con los problemas que tenía y una vez que los hubiera solucionado podía regresar cuando lo deseara, porque aquel albergue iba a ser siempre su casa, sobre todo, cuando sintiera la necesidad  de regresar.

            Coincidió que el viejo, conocía a un joven sacerdote que había estado destinado en la zona en la que se encontraba el albergue y durante el tiempo que estuvo ejerciendo su apostolado habían establecido una gran amistad, a pesar de su juventud era una persona que sabía llegar al fondo del alma de los más necesitados y por esas coincidencias de la vida, ahora había sido destinado a la ciudad de la que venía el peregrino.

            El viejo habló con el sacerdote explicándole la situación en la que se encontraba el peregrino y a partir de ese momento, lo dejaba en sus manos, sabía del buen hacer del cura y si alguien podía obtener resultados con aquella alma atormentada, era él.

            Llegó el día de la despedida y el viejo en algunos momentos llegó a tener algún temor de que el peregrino decayera después de lo bien que le había sentado su estancia en el albergue, pero tenía tanta confianza en el joven cura, que estaba convencido que estaba tomando la decisión correcta.

            El cura, como le había pedido el hospitalero, dedicó gran parte de su tiempo a aquella alma atormentada, buscó todas las ocupaciones en las que el peregrino pudiera encontrarse a gusto y con la mente ocupada y le inscribió en unos talleres ecuménicos que se hacían en la parroquia que él dirigía.

            Como le había dicho el viejo, Leonardo era una persona sensible, muy sensible y enseguida fue congeniando con todos los que se encontraban con él. Fue perdiendo esos miedos que tenía y poco a poco fue recuperando la autoestima y sobre todo, se había enfrentado a sus problemas venciendo los miedos iniciales y fue superándolos con bastante dificultad pero con mucha alegría y se animó cuando veía que por fin estaba saliendo del oscuro túnel en el que se había metido.

            El cura, mantenía informado semanalmente al viejo de la evolución de Leonardo y cada vez que le comentaba alguna de las cosas que hacía que unos meses antes parecían imposibles, conseguía que el viejo se emocionara, porque se sentía feliz por haber ayudado a aquella persona a que no se fuera degradando más.

            Fue especialmente emocionante el día que el cura le comentó que en una de las ocupaciones en los talleres, Leonardo había conocido a una mujer, al cura le daba la sensación que había entre los dos una mutua atracción porque permanecían casi todo el tiempo juntos y también en las horas que tenían libres, los dos quedaban para dar largos paseos juntos.

            Finalmente, Leonardo conoció el amor, aquella mujer le estaba aportando todo lo que pensaba que le había sido vetado en la vida y ahora sentía verdaderas ganas de vivir, estaba alegre por lo que la vida le había proporcionado y sobre todo, era consciente que al lado de aquella mujer y con su ayuda, no volvería a caer nunca más en la depresión a la que había estado sometido durante tanto tiempo.

            Por eso, cuando le dijeron que se iban a casar y Leonardo le dijo al viejo que para él era muy importante su presencia en aquel acto, el hospitalero no pudo ni supo ni quiso decir que no, se lo debía a aquel peregrino que como él sabía, no le había fallado y a pesar de su reticencia a salir de aquel albergue, en esta ocasión estaba completamente justificada su ausencia.

            Como no podía ser de otra forma, fue una de esas historias llenas de sentimiento que me encanta que el viejo comparta conmigo cada vez que tengo la oportunidad de estar unos días con él.

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