almeida - de agosto de 2017..

Cada vez que Santi y su mujer Mari llegaban como hospitaleros a un nuevo destino, lo primero que hacían era escuchar con suma atención las explicaciones que les daba el hospitalero saliente,

aunque luego ellos siempre seguían su método, ese que habían ido estableciendo con la experiencia que le daban los años desarrollando este trabajo.

            Comenzaban haciendo una limpieza en profundidad en la mayoría de las zonas comunes del albergue, sobre todo en la cocina y en la nevera cuando la había. Luego modificaban algunos de los elementos que estaban más a la vista para ponerlos a su gusto y finalmente revisaban todo lo que había en cualquier rincón del albergue por si había cosas que pudiera necesitar en algún momento de su estancia en aquel lugar.

            Cuando Santi estaba mirando en uno de los armarios que había debajo de las escaleras que conducían a los dormitorios, llamaron su atención unas muletas que había en uno de los extremos del armario. Era la primera vez que veía algo así en un albergue y le extrañó. Desde ese momento, comenzó a pensar quien podía haberse dejado allí las muletas ya que lo más seguro era que las hubiera utilizado algún peregrino, a veces solían dejar las cosas más extrañas que les estorbaban en su camino. Pero quien las hubiera podido llevar en alguna ocasión, no era algo que se dejara olvidado en el albergue ya que las necesitaría si caminaba con dificultad. Después de darle muchas vueltas, se imaginó que eran de alguien que había terminado allí su camino y las había dejado para quien las pudiera necesitar si algún día llegaba alguien lesionado.

            La ciudad le ofrecía numerosas oportunidades para ver cosas nuevas y cuando ya se hubiera saciado de ver los esplendidos monumentos que había a su alrededor, había numerosos pueblos cargados de historia. Disfrutaría todas las mañanas hasta que comenzaran a llegar los peregrinos recorriendo toda la provincia empapándose de la cultura y de las costumbres de esta zona tan diferente a la que él estaba acostumbrado  a ver a diario donde vivía.

            Como no llegaban muchos peregrinos, además de las mañanas, emplearía alguna tarde para visitar los alrededores del albergue ya que allí se concentraban los principales monumentos de la ciudad, pondría un cartel en la puerta del albergue y nunca estaría fuera más de un cuarto de hora y por si acaso, dejaba apuntado su número de teléfono por si llegaba alguien que necesitaba ser atendido con urgencia y en unos minutos le abriría la puerta del albergue.

            Esos eran los planes que Santi estaba haciendo, pero los primeros días no los había puesto todavía en práctica, se dedicaba a revisar un proyecto que tenía entre manos ya que cuando regresara de su estancia como hospitalero comenzaría una nueva aventura con un amigo, saldrían de Bélgica caminando y llegarían hasta el Rocío en el sur de España, era un proyecto ambicioso en el que emplearían tres meses, para el que se habían estado preparando durante mucho tiempo. Ahora quedaba solo un mes y podrían comenzar a llevarlo a cabo, por eso cada minuto que tenía libre, lo dedicaba a empaparse sobre esta nueva ruta que era la más exigente de cuantas había hecho hasta ese momento.

            La tercera noche que pasó en el albergue, solo tenía alojados a cuatro peregrinos, todos procedían de Andalucía y dos venían caminando y los otros estaban haciendo el camino en bicicleta.

            Los peregrinos eran muy agradables y cuando llegó la hora de irse a la cama, se encontraban tan bien hablando sobre el camino que ninguno de ellos quería retirarse y en lugar de acostarse a las diez de la noche, lo hicieron pasadas las doce. Al fin y al cabo, la etapa del día siguiente era muy suave y los peregrinos, desde que habían comenzado su camino, era la primera vez que se encontraban con un hospitalero en el albergue que además conocía a la perfección el camino y le gustaba hablar sobre lo que éste le había aportado.

            Cuando en el reloj de la catedral sonaron las doce, todos pensaron que ya era el momento de retirarse a dormir y cada uno se fue a su cuarto.

            Santi tenía una habitación en donde la ventana daba a un hermoso y amplio jardín y algunas noches, no solo el frescor que venía de las plantas y de los árboles lo hacían muy agradable, también la iluminación que en él había le permitían contemplarlo durante un buen rato cada noche antes de acostarse.

            El cuarto contaba con una litera doble y el encargado del albergue les había propuesto nada más llegar que aunque el cuarto era muy pequeño, haciendo algunos cambios se podía quitar la litera superior y poner las dos camas en el suelo, pero Santi, cada vez que iba de peregrino, le gustaba dormir en la litera superior y ahora como hospitalero también lo haría de la misma forma que cuando hacía el camino, por eso lo dejó como estaba.

            Después de un día largo, el cansancio hizo que pronto cayera en un profundo sueño, esos sueños que le solían trasladar de vez en cuando al camino y aún eran más intensos cuando ya se encontraba en él, aunque no lo estuviera recorriendo como en esta ocasión.

            Hacia las seis de la mañana, Santi se despertó como solía hacer cada noche, el reloj de su organismo se activaba para decirle que era la hora de ir al baño y aún somnoliento, sin darse cuenta de dónde estaba, como mecánicamente hacía cada día cuando se encontraba en su casa, se incorporó en la cama y sacó los pies de ella para apoyarlos en el suelo precipitándose al vacío.

            Cuando cayó, apoyó la pierna derecha de forma inconsciente en el suelo soportando todo el peso de su cuerpo y el impacto fue tremendo. Santi no recordaba cuándo había sido la última vez que había llorado, pero esa mañana, el dolor le provocó el llanto que seguramente se había acumulado en su interior durante mucho tiempo.

            Mari enseguida se levantó, asustada por el golpe y las quejas de Santi ya que no sabía todavía lo que había pasado, pero al verle tumbado en el suelo con un gesto de dolor en su cara, imaginó que algo grave estaba ocurriendo.

            Santi trató de incorporarse pero no podía, el fuerte dolor que tenía en su pierna no se lo permitía. Lo primero que pensó era que se había roto la pierna ya que a pesar de todos los intentos que hizo no consiguió moverla.

            Mari no sabía qué hacer, ya que no tenía fuerzas para levantar a Santi, pero como pudieron le incorporó en la cama baja y cuando el dolor se pasara, llamaría a los peregrinos para que le ayudaran a bajar las escaleras hasta la planta en la que se recepcionaba a los peregrinos, pero ninguno de los que estaban durmiendo en los cuartos contiguos se percató de lo que estaba ocurriendo y siguieron en su profundo sueño.

            Tumbado sobre la cama y sin mover la pierna, daba la sensación que el dolor se estaba calmando, pero solo era la ilusión de Santi, En el momento que trataba de hacer cualquier movimiento, el dolor era todavía más intenso.

            En esos momentos de dolor, la imagen de las muletas vino con fuerza a la mente de Santi, le dijo a su mujer donde las había visto y Mari bajo a buscarlas para ver si con ellas se podía incorporar y sobre todo descender hasta la planta baja sin tener que depender de nadie.

            Curiosamente, las muletas estaban puestas a su medida, Santi es algo más bajo que la media, por lo que quien las dejó allí debía ser de su estatura ya que no tuvieron que hacer ninguna modificación.

            Con la ayuda de las muletas descendieron hasta la planta baja y esperaron la llegada de los peregrinos que debían estar a punto de levantarse. Cuando éstos le vieron no se podían creer lo que Santi les estaba contando y mucho menos que ninguno de ellos hubiera sentido el fuerte golpe que se había dado.

            Eran más de las siete de la mañana y pensaron que lo mejor era llevarle al hospital, pero Santi no quería, esperaba que se le pasara el dolor antes o después. Uno de los peregrinos dijo que aunque no había sacado todavía el carné, tenía aprobada la teoría y podían arriesgarse a llevarle ya que de los que estaban allí, el único que conducía era Santi, pero descartaron esa propuesta.

            En ese momento sonó el teléfono, era un amigo hospitalero de Santi y de Mari que se encontraba cerca de allí y se acercaría en una hora a hacerles una vista y pasar el día con ellos. Mari le dijo lo que había pasado y esperarían su llegada para que en su coche le llevara hasta el hospital para que analizaran lo que tenía.

            Cuando se dirigían al hospital, el lamento de Santi era más que por el dolor que estaba sintiendo, porque pensaba que el contratiempo que había tenido le iba a impedir realizar ese proyecto con el que tanto soñaba. Por muy leve que fuera el daño producido, estaba seguro que había alguna cosa que se había roto y la recuperación sería muy lenta y no tendría tiempo para recuperarse.

            Su amigo trató de consolarle diciéndole que según le veía la pierna, no daba la impresión que hubiera ningún hueso roto y lo que tenía que pensar en esos momentos era en la suerte que había tenido ya que cuando cayó, su cabeza pasó a unos centímetros de la mesa que había en el cuarto y si se hubiera dado un golpe con ella, seguramente las consecuencias hubieran sido mucho peores.

            Las placas que le hicieron, confirmaron que no había nada roto, solo una distensión muy fuerte en uno de los músculos que hay por encima del gemelo, pero las radiografías no indicaban nada más.

            Le vendaron con fuerza la pierna para inmovilizarla y regresaron al albergue. Ahora las muletas eran su mejor aliado y gracias a ellas puedo desplazarse por el interior del albergue sin tener que depender de nadie.

            Los peregrinos que llegaban, al verle se imaginaban que era también un peregrino que se había lesionado haciendo el camino y estaba esperando en el albergue su recuperación, hasta que él les aseguraba que era el hospitalero y cuando les decía como se había producido la lesión, se reían juntos, para todos era la primera ocasión en la que se encontraban algo parecido en un albergue.

            Santi se dio cuenta una vez más que las cosas no ocurren o se encuentran en un lugar determinado por casualidad y aquellas muletas salvadoras tenían que estar en aquel sitio escondido que en condiciones normales hubieran pasado desapercibidas, pero él las había visto para que pudiera con ellas desenvolverse los días que iba a estar como hospitalero en aquel albergue.

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