almeida -  04 de octubre de 2017.

El viejo hospitalero, era una persona de costumbres fijas y arraigadas. Cuando alguien le decía cosas nuevas que podía hacer, apenas prestaba atención a lo que escuchaba.

No era por no cambiar, la evolución que había tenido en su vida fue bastante importante ya que siempre le gustaba hacer cosas nuevas y experimentar cosas que otros no hubieran hecho antes. Pero estaba ya en esa edad en la que los sueños se van dejando un poco de lado ya que cada vez se ve acercarse más al ángel de la muerte y se va perdiendo la ilusión por muchas cosas.

Por eso, como él solía decir, era ya un animal de costumbres y con los años que tenía, había sabido distinguir aquellas cosas habituales que le hacían feliz y eran las que cada día hacía de forma casi mecánica. No podía pedir nada más que intentar conseguir un poco de esa felicidad con la que era obsequiado cada día que pasaba.

Cuando por las mañanas los peregrinos se levantaban, ya tenían sobre la mesa el abundante desayuno que Federico les había preparado y disfrutaba contemplando las caras de cada una de las personas que había acogido el día anterior al ver la sorpresa que en ellas se reflejaba cuando veían la espléndida mesa.

Después que se hubiera marchado el último peregrino del albergue, se ponía manos a la obra y hacía una profunda limpieza, era para él la parte más importante de cada día. Deseaba que cuando los nuevos peregrinos llegaran no solo vieran la limpieza que allí había, también debieran sentirla con cada uno de sus sentidos.

Mientras realizaba esta labor diaria en la que Federico aprovechaba para analizar todo lo que le había aportado el último día que había vivido, generalmente iba extrayendo todas las sensaciones que éste le había proporcionado y daba gracias por haber recibido tanto sin considerarse merecedor de ello.

Apenas sin prisas, él nunca las tenía, sabía que para alcanzar esa felicidad que deseaba, tenía que hacer las cosas con mucha calma, recorría los cuatro o cinco kilómetros que le separaban del pueblo y se dirigía al convento para deleitarse con la misa que las monjas de Santa Clara celebraban cada mañana. Antes de regresar dando otro paseo hasta el albergue, pasaba por la tienda del pueblo para encargar los alimentos con los que ese día iba a obsequiar a cuantos se alojaran en el albergue.

Ya estaba avanzado el otoño, por lo que el número de peregrinos iba menguando de forma importante y no todos los días llegaban peregrinos, en alguna ocasión se encontraba solo, pero también de la soledad sabía sacar todo lo que podía proporcionarle. En esos momentos meditaba más que de costumbre y los días que se encontraba completamente solo iba trayendo a su memoria que ya comenzaba a flaquear, toda su vida que iba pasando por su frágil memoria y al final de cada uno de estos repasos temporales que solía hacer, se sentía satisfecho de cómo había sabido enfocarla y sobre todo de lo que le había proporcionado cada uno de los días que en ella había pasado.

Ese día, Federico debía alterar sus planes diarios. Uno de los baños del albergue se había obstruido y casi siempre se sentía suficiente para cualquier reparación que tuviera que hacer. Aunque desconocía la mayoría de los gremios que eran necesarios en una casa, con el paso del tiempo y sobre todo con la necesidad, comenzó a entender de fontanería, de electricidad, de albañilería y de cuantas cosas fuera preciso hacer. Sabía que no iban a quedar como si las arreglara un especialista, pero para él era suficiente con que pudieran dar el servicio para el que estaban diseñadas.

Pero en esta ocasión, por más que lo intentó, no pudo solucionar el problema de la obstrucción que tenía y tampoco pudieron solucionarla algunos peregrinos a los que había pedido ayuda, por lo que no tuvo más remedio que llamar a un fontanero para que viniera a solucionar esta avería.

El fontanero, llegó cuando los peregrinos se estaban marchando y mientras Federico hacía la limpieza del albergue, él fue arreglando la avería de aquel baño. Pero ésta era algo más importante de lo que pensaba y le llevó más tiempo del que inicialmente había previsto emplear, por lo que todas las labores que ese día había que hacer se alargaron casi una hora.

Federico, fiel a sus costumbres, no quería perderse esa misa a la que cada mañana invariablemente solía acudir, pero en esta ocasión ya no podía llegar a la que se celebraba a las nueve de la mañana. Si el fontanero le acercaba en su coche hasta el pueblo, podía llegar a la que el cura celebraba para los vecinos a las diez en la Iglesia, aunque se perdería el paseo diario que cada día hacía acercándose hasta el pueblo, pero el de vuelta lo realizaría como siempre.

Como preveía llegar al menos con una hora de retraso sobre lo que era su costumbre, quizá, en ese tiempo llegara algún peregrino y al encontrarse cerrado el albergue continuara hasta el siguiente pueblo y no deseaba hacer caminar más de lo preciso a quien deseaba llegar hasta allí, al menos que supieran que el albergue no había cerrado por acercarse ya los días de invierno, sino que había sido por un motivo razonado y estaría más tarde que de costumbre, pero llegaría algo antes de comer.

Antes de marcharse, Federico escribió en un papel “He asistido a la misa de las diez” y lo dejó pegado sobre la madera de encina de la puerta del albergue.

Cuando regresó, abrió la puerta y como no estaba acostumbrado a dejar ninguna nota más que la del horario habitual, no se acordó más de este papel y se dispuso a hacer las tareas diarias. La principal era esperar la llegada de los peregrinos a los que poder ofrecer un poco de esa paz que tan bien sabía proporcionar el viejo hospitalero.

Ese día, fueron transcurriendo las horas y nadie llamó a la puerta del albergue por lo que Federico dedicó esa jornada a las meditaciones que solía hacer en estos casos.

Como no había peregrinos, no tuvo que preparar la cena, a él le bastaba con un vaso de leche con galletas que se estaba convirtiendo en uno de sus alimentos preferidos, solía consumirlo varias veces cada día, principalmente a la hora del desayuno y en la cena.

Al no haber ningún peregrino y no prever que llegara nadie, como hacía un día bastante desapacible, una hora antes que de costumbre cerró la puerta y se fue a su cuarto a descansar, había sido un día en el que los cambios en la rutina le habían alterado y cuando esto ocurría se encontraba más cansado que de costumbre.

Era frecuente que cuando se acostaba en la cama, inmediatamente se quedara dormido, aunque solía dormir solo dos o tres horas y luego se despertaba y la mayoría de las noches las pasaba en vela, tratando de disfrutar de esos recuerdos que solían venir de vez en cuando a su mente, generalmente los más antiguos, ya que los recientes no sabía porque, pero no se quedaban tanto en su cabeza.

Cuando llevaba durmiendo algo más de una hora, escuchó como algo golpeaba los cristales de la ventana de su cuarto. Federico enseguida pensó que había comenzado a llover. Cuando se acostó, las nubes no auguraban nada bueno y se imaginó que el viento arrastraba las gotas de lluvia que en lugar de caer en el suelo, golpeaban los cristales de la ventana y adormecido se encontró más a gusto que de costumbre al sentir el calor que le proporcionaban las sabanas en las que se encontraba envuelto imaginándose el frío que debía hacer en el exterior.

Le dio la impresión que la lluvia estaba arreciando, cada vez la intensidad y la fuerza con la que golpeaba los cristales era mayor, hasta que escuchó un ruido más fuerte y seco que le alarmó y le hizo levantarse de la calidez de la cama para ver si la ventana estaba bien cerrada porque el ruido que había escuchado no era normal.

Cuando se asomó por la ventana, observó como en la calle un peregrino se agachaba para coger pequeñas piedrecillas que tiraba a la ventana tratando de llamar la atención del hospitalero, no era la lluvia lo que estaba escuchando, eran los desesperados intentos que este peregrino estaba realizando para hacerse notar.

Federico abrió la ventana cuando el joven se estaba incorporando para lanzar las piedrecillas que acababa de recoger del suelo.

-¿Pero qué haces ahí? – dijo Federico al peregrino.

-He llegado tarde y me he encontrado la puerta cerrada, me ha extrañado porque sé que cierra a las diez y eran poco más de las nueve cuando he llegado. He estado esperando más de una hora y al ver que se acercaban las once de la noche, he tratado de llamar la atención de alguien  que pudiera encontrarse dentro.

-Espera un minuto, me visto y te abro – dijo el hospitalero.

Cuando vio al peregrino, enseguida le conoció, ya había estado en más ocasiones en el albergue, siempre que hacía esta parte del camino le gustaba pernoctar en aquel lugar.

-Se me ha hecho un poco tarde – dijo el peregrino – pero deseaba como siempre llegar hasta aquí y aunque se ha hecho de noche he seguido, me sentiría raro si hubiera pasado por aquí sin detenerme y como sé que cierran a las diez de la noche y he llegado poco después de las nueve, he pensado que volvería y por eso me he sentado en uno de los bancos a esperar.

-Y por qué no has llamado al ver la puerta cerrada- preguntó Federico – menudo frío habrás pasado mientras esperabas.

-Al ver el letrero en la puerta, me ha extrañado un poco que a las diez de la noche hubiera misa, pero como no lo sabía, he esperado su regreso.

-¡Ah, la nota!, era de esta mañana y se me ha olvidado quitarla cuando he llegado, ya la cabeza no está para ciertas cosas.

Atendió al peregrino y le dio algo de cenar mientras sonreía y a la vez se preocupó un poco más por estas lagunas que a veces le hacía su memoria, sobre todo de las cosas y los sucesos más recientes.

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