almeida -  11 de octubre de 2017.

Lo primero que hizo Patricia al traspasar la puerta del albergue fue irse directamente a los servicios, apenas murmuró algunas palabras que no logré comprender, pero me di cuenta que una necesidad apremiante la impulsaba a ir hasta el fondo del albergue donde estaban los lavabos.

Cuando por fin regresó, fui tomándole los datos que figuraban en la credencial y percibí que se encontraba algo turbada por aquella entrada tan diferente a la que habitualmente hacían los peregrinos, pero no dije nada, ni tan siquiera comenté alguna de las ocurrencias graciosas que habían florecido espontáneamente en mi imaginación.

Patricia era una mujer de mediana edad que procedía de una ciudad del centro de Francia y después de recorrer en varias ocasiones los caminos más frecuentados por los peregrinos, se había decidido a recorrer el largo Camino que sale desde Sevilla. Pero en esta ocasión lo estaba haciendo sola, sus amigas que habitualmente solían caminar con ella no se decidieron a acompañarla, quizá porque no se sentían con fuerzas suficientes a recorrer esta larga y exigente ruta.

Observé cómo deseaba comentar porqué había tenido aquella entrada, pero no se atrevía, seguramente tampoco era el momento de ponerse a hacer confidencias con un desconocido, por eso traté de romper el hielo interesándome por su camino.

-¿Qué tal ha sido la jornada? – pregunté.

-Muy dura –dijo ella – son muchos kilómetros y el sol ha sido muy fuerte casi todo el día.

-Es el problema que tiene este camino en los meses de verano – respondí – si no planificas bien cada jornada, puedes quedarte sin agua y pasarlo muy mal porque no hay fuentes en muchos kilómetros.

-Pues hoy me ha pasado algo parecido, pero al revés, comentó ella – como sabía que la etapa iba a ser larga y sin posibilidad de encontrar fuentes he salido provista de tres veces más de agua que de costumbre.

-Pues si lo has hecho así, no habrás tenido problema – le dije.

Entonces, me dio la sensación que la peregrina ya había roto ese hielo que a veces suele existir entre dos desconocidos y estalló en una sonora carcajada ante mi asombro por la reacción que estaba teniendo.

Cuando se calmó, comenzó a contarme lo que esa jornada le había ocurrido que estaba relacionado con la forma que había tenido de comportarse nada más llegar y dirigirse directamente a los servicios sin decirme absolutamente nada.

En el albergue donde había pernoctado la noche anterior, en lugar de meter en la nevera una botella de agua como era su costumbre, había guardado en el congelador tres botellas, le habían advertido que no iba a encontrar ninguna fuente casi hasta el final de la etapa y por eso debía ir bien provista de líquido para hidratarse.

Cuando llevaba unas horas caminando, el sol comenzó a mostrar toda su fuerza y en menos de una hora, el calor que desprendía se estaba haciendo insoportable y Patricia iba dando pequeños tragos de la botella que llevaba más a mano para refrescarse.

Pero contrariamente a lo que ocurre a la mayoría de las personas, ella apenas sudaba, por lo que los líquidos que iba ingiriendo no los eliminaba a través de los poros de la piel y cuando llevaba consumidos casi dos litros de agua, sintió la necesidad de evacuar el líquido que había en su interior.

Los parajes por los que estaba caminando eran completamente solitarios, por lo que podía detenerse en el lugar que deseara y realizar sus apremiantes necesidades sin el temor de ser observada por nadie. Pero era una mujer muy prudente y no deseaba que nadie pudiera verla en aquella posición tan comprometida, a pesar que desde que había comenzado a caminar por la mañana no se había cruzado con nadie.

A unos cientos de metros, vio un muro de piedra de algo más de un metro de altura que separaba dos fincas y a ambos lados había algunos animales, principalmente vacas mansas y alguna oveja que pastaban libremente en aquellos campos, pero no se veía ni rastro de alguna persona que se encontrara a su cuidado.

Buscó el lugar que le parecía más protegido y se liberó de su mochila para hacer cómodamente lo que en esos momentos necesitaba.

Cuando se despojó de todo lo que la podía estorbar, se puso en cuclillas disponiéndose a evacuar el líquido sobrante de su cuerpo. Pero se sentía un tanto intranquila y por más que lo intentaba no conseguía cumplir sus deseos, no sabía por qué, pero se estaba sintiendo observada, algo le decía que había unos ojos posándose en su cuerpo observando lo que estaba haciendo y por más que miraba no veía a nadie en las cercanías.

En esta situación que estaba resultando muy incómoda, notó como en su brazo había caído algo cálido y viscoso, entonces levantó su cabeza y encima de ella estaba la cabeza de una enorme vaca que pastaba en la finca contigua y tenía su cuerpo en este lugar, pero el cuello se encontraba encima del muro y la cabeza estaba encima de la de Patricia observando lo que la peregrina estaba haciendo.

El susto que se dio fue indescriptible, aunque lo peor fue que del impulso que dio, sus pies se vieron frenados por los pantalones y se cayó en una situación un tanto apurada, a pesar que ahora le estaba resultando cómica.

Se incorporó rápidamente y se subió los pantalones alejándose con rapidez de aquel lugar tratando de buscar otro sitio en el que pudiera terminar lo que había comenzado a hacer.

Lo intentó en varias ocasiones, pero cada vez que lo hacía, la imagen de la cabeza de la vaca la impedía aliviarse del exceso de líquido que estaba teniendo su cuerpo, hasta que fue consciente que no podría conseguirlo hasta que no llegara a un lugar en el que se sintiera completamente protegida.

Pero como el calor iba en aumento, la tercera botella que llevaba de agua, la fue consumiendo y cerca de la ciudad en la que nos encontrábamos, en una fuente llenó una de las botellas vacías y siguió ingiriendo ese líquido que iba calmando la sed que sentía, acumulándose en su estómago y queriendo salir, pero ya no podría hacerlo hasta que llegara al albergue.

Cuando por fin vio el albergue, sentía que no le daría tiempo a llegar a los servicios, se encontraba a punto de explotar, por eso su entrada fue de la forma que lo había hecho y nunca había sentido tanto alivio en su cuerpo como los minutos que había permanecido en los servicios.

He de confesar que me parecía una historia tan increíble, que estuve a punto de explotar en una sonora carcajada, pero por prudencia, me contuve hasta que fue la peregrina la que con sus risas recordando lo que le había pasado, permitió que yo también dejara de contenerme y diera rienda suelta a la risa imaginándome la situación que se había producido.

Patricia me confesó que a pesar de todo lo que estaba percibiendo en este bonito Camino, su recuerdo sería siempre la cabeza de aquella vaca encima de ella y esperaba que en lo que le quedaba de Camino no se encontrara distancias tan largas entre pueblos, de lo contrario se vería obligada a abandonar porque no soportaría una situación como aquella y lo que era aún peor, si abandonaba, seguramente no podría contarle nunca a nadie por qué lo había hecho.

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