almeida -  29 de noviembre de 2017.

Aquel día, llegaron al albergue dos peregrinos polacos. No resultaban en principio muy diferentes a los demás.

Cada vez resulta más frecuente ver a peregrinos de este país que viven el camino de una forma muy intensa, pero en esta ocasión algo los hacía especiales porque eran dos hermanos gemelos y parecían dos gotas de agua. El hospitalero pensó lo difícil que tenía que resultar para quienes convivían habitualmente con ellos poder distinguirlos porque hasta en la forma de vestir tenían gustos muy similares.

Durante el día que pasaron en el albergue, casi en todo momento se les veía juntos, daba la impresión que había muchas cosas más que les unían además de su parecido físico.

Algunos peregrinos que no habían coincidido con ellos anteriormente, les observaban como a dos seres extraños, tampoco ellos salían de su asombro ante el parecido de aquellas dos personas.

Se llegó a producir alguna situación un tanto cómica como la que le ocurrió a un peregrino que acababa de llegar al albergue, después de darse una ducha, se dispuso a pasar unas horas en el patio compartiendo esos momentos con los peregrinos que ya se encontraban en el albergue. Al salir por la puerta, se cruzó con uno de los hermanos al que saludo y fue a sentarse en una mesa en la que se encontraba el otro hermano. Al ver al segundo, le miraba como si hubiera visto a un fantasma y de vez en cuando se giraba mirando hacia la puerta como si no comprendiera lo que estaba pasando o si realmente se estaba tratando de un sueño. Logró salir de las dudas que tenía cuando el hermano regresó del albergue y los vio a los dos juntos.

Román, era el más conversador de los dos, además conocía bastantes palabras en nuestro idioma y en un momento de la tarde se acercó hasta el cuarto donde se recibía a los peregrinos para hacerme algunas preguntas sobre la etapa del día siguiente.

No pude por menos que comentarle la atracción que debían representar por cada sitio que pasaban, inevitablemente la mayoría de las miradas se dirigirían hacia donde ellos estaban.

-Pues no creas que somos tan iguales, es más somos muy diferentes – me confesó.

-Pues lo disimuláis muy bien – le contesté – hasta vestís casi las mismas ropas.

-Bueno – me dijo – eso en la vida diaria no es así, vestimos de forma muy diferente, mi hermano suele vestir ropa más formal, lo que ocurre es que cuando me animó a hacer el camino, se encargó de comprar todo lo que íbamos a necesitar y compró dos cosas de cada, pero normalmente vestimos diferente, tenemos amigos distintos y nos movemos en círculos también muy alejados.

-Pues se os ve como si fuerais dos gotas de agua – le dije.

-No podemos ser más diferentes y quienes nos conocen bien lo saben, para que te hagas una idea de lo distintos que somos, mi hermano es sacerdote y yo soy ateo, creo que con eso te digo todo.

-Creo que la diferencia es abismal, si cada uno tenéis esas creencias, no me cabe duda que vuestra vida también será muy diferente.

-Así es, pero a pesar de ello nos llevamos muy bien, mi hermano suele ser mi confidente y yo soy el suyo y a pesar de las diferencias tan ostensibles que tenemos, nos respetamos en todo lo que hacemos.

Me resultó muy curiosa aquella confesión que Román me hacía y desde ese momento comencé a observar más detenidamente el comportamiento de los dos peregrinos y pude darme cuenta de las diferencias que había entre ellos.

Cuando llegó la hora de preparar la cena, el sacerdote estuvo colaborando en todo lo que se hacía en la cocina mientras Román estaba en el patio conversando con algunas peregrinas por las que daba la sensación que sentía alguna atracción.

Después de la cena, la mayoría de los peregrinos que se encontraban en el albergue, subieron hasta la pequeña capilla para compartir esos momentos de reflexión y a veces de oración que solían tener los peregrinos, pero allí no se encontraba Román que había preferido quedarse a retirar la mesa, no sé si por no subir a la capilla por sus creencias o porque también las dos peregrinas con las que había pasado la tarde se encontraban fregando las cosas que se habían utilizado durante la cena.

A la mañana siguiente, el sacerdote había solicitado permiso para celebrar una misa en la pequeña capilla con los peregrinos que desearan asistir a ella y a las seis de la mañana allí se encontraba con media docena de fieles que también profesaban la misma fe y deseaban antes de comenzar su camino poner su alma en paz, pero Román había preferido esa hora de sueño que agradecía más que asistir a algo en lo que no creía.

Realmente, sí había diferencia en aquellos peregrinos y además cuando éstas se conocían llegaban a resultar abismales, tanto que cuando se alejaban del albergue pensé que eran tan opuestos que por eso seguramente se llevaban tan bien y se complementaban perfectamente el uno con el otro.

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