almeida -  03 de diciembre de 2017.

Algunos que la conocían, aseguraban que si Manuela hubiera nacido unos siglos antes, sería una de las personas a las que los sucesores de Torquemada hubieran sometido a sus crueles sesiones para extraer una verdad que ellos jamás hubieran podido comprender.

Era una mujer con una gran personalidad a la que le tocó vivir unos tiempos muy difíciles en los que sacar a su familia adelante era el principal objetivo con el que se levantaba cada día. La gran prole que dependía de ella, esperaba que el sustento no faltara, sobre todo en esos meses en los que no podían alimentarse de lo que la naturaleza que había a su alrededor, generosamente solía proporcionarles.

Pero además, poseía un don especial, en su cuerpo había una fuerza que resultaba desconocida para la mayoría de las personas, la enorme energía que disponía en su interior, había sabido canalizarla a través de sus manos y con ellas cuando la ocasión lo requería solía realizar prodigios.

Vivía en una pequeña casa de barro y madera en un pueblo del camino. Algunos días observaba cómo los peregrinos pasaban por delante de su casa y los más inquietos y conversadores se detenían un rato a hablar con ella. Antiguamente era más frecuente ver a estas personas en su camino hacia Santiago, pero la peregrinación había decaído de una forma importante. De todas formas, no había una semana que no pasara alguien por allí.

Algunos cuando llegaban caminaban en muy malas condiciones, las dificultades de la orografía por la que estaban avanzando con fuertes subidas e importantes descensos, hacían estragos en las rodillas de los peregrinos y eran frecuentes los que en lugar de caminar se iban arrastrando literalmente, la pierna más lastimada la llevaban rígida para tratar de suavizar el dolor que cada pisada les producía.

Manuela que era conocedora de la energía positiva que su cuerpo emitía, cuando veía a uno de estos peregrinos, le animaba a que se sentara en un banco de madera que había delante de la casa y una vez que se desprendía de la mochila se tumbaba sobre el banco y ella ponía sus manos en la zona afectada e iba pasando a través de ellas la energía que estaba en su interior aliviando el mal que llevaban los peregrinos.

También conocía los secretos de los huesos y de los músculos y sabía cómo arreglar determinadas dolencias que los peregrinos llevaban y sus manos comenzaron a hacer milagros sanando todas las dolencias que portaban los que pasaban por allí.

Comenzó a perder su nombre y ya en el pueblo y en los de los alrededores se la conocía como la curandera, aunque también había algún malintencionado que cuando la nombraba se refería a ella como la bruja.

Su fama, llegó a ser conocida en toda la comarca y cuando en los pueblos anteriores algún peregrino caminaba con dificultad, los que le veían, le recomendaban que fuera a ver a Manuela la curandera porque hacía milagros con las lesiones de los peregrinos y éstos antes de llegar al pueblo ya iban con la referencia del lugar en el que se encontraba Manuela la curandera.

Los conocimientos de Manuela, eran observados por su hija María y cuando había algunos casos sencillos o Manuela tenía esperando a varias personas para curarlas, María se encargaba de estos casos menos complicados y fue adquiriendo la sabiduría y los conocimientos que su abuela se encargaba de transmitirle.

Como era frecuente que los peregrinos tuvieran como meta la casa de Manuela y en ocasiones la lesión que arrastraban requería unos días de inmovilidad, Manuela les acogía en su casa, primero lo hacía en el pajar y más tarde fue habilitando en una de las cuadras un cuarto para que los peregrinos que se quedaban varios días tuvieran un lugar para ellos. Sin darse cuenta estaba dando forma a un albergue de peregrinos, era como los antiguos hospitales de la edad media que se encargaban de acoger a las miles de personas que iban por el camino de las estrellas.

Las dos mujeres comenzaron a contar con un reconocimiento y sobre todo una fama que empezó a traspasar fronteras y las atenciones que dispensaban a los peregrinos ya eran conocidas por algunos antes de iniciar su camino. Su fama fue corriendo de boca en boca y también aparecían en algunos escritos o en incipientes guías que se elaboraban de esta ruta.

En ese ambiente, nació Gabriel, el hijo de María. Desde que dejó la cuna de madera y comenzó a dar los primeros pasos, éstos fueron entre las mochilas y los bordones de los peregrinos que disfrutaban con la presencia del pequeño y jugaban con él.

Gabriel recordaba que cuando nació, fue una fiesta en la casa. Debía haber media docena de peregrinos y su abuelo para celebrarlo invitó a todos a una copa de orujo y una galleta de coco y puso a la entrada de la casa un cuartal de castañas para que todos celebraran el nacimiento de su nieto.

Gabriel fue aprendiendo antes que a leer a distinguir las molestias que los peregrinos llevaban y tanto su madre como su abuela, eran conscientes de las habilidades que el pequeño tenía para sanar a las personas. Poseía ese don especial que solo a algunas personas les es otorgado y por lo que estaban viendo, Gabriel las superaría en conocimientos y en habilidad para dar una continuidad a lo que ellas habían comenzado, contaban con un discípulo aventajado que pronto las jubilaría a las dos.

Gabriel, fue ampliando sus conocimientos con cada una de las lesiones que conseguía sanar y pronto la gente se fue olvidando de sus antecesoras otorgándole a él toda la fama que un día les dieron a ellas.

Además, Gabriel disfrutaba con lo que estaba haciendo, sobre todo, le entusiasmaba el contacto directo con los peregrinos de los que aprendía muchas cosas, sobre todo de ese intercambio cultural que suele producirse durante las horas muertas que los peregrinos pasan en los albergues.

El espacio que se había destinado para los peregrinos fue creciendo porque cada vez eran más numerosos y Gabriel lo adaptó a su forma de vida. Aunque no les cobraba nada a los peregrinos que acogía en su casa, éstos eran muy generosos cuando les ofrecía un techo bajo el que dormir y con el paso del tiempo fue ampliando los servicios para los peregrinos. Solía decir que el primer vaso de vino o de aguardiente se lo ofrecía de forma desinteresada a cada peregrino y el segundo se lo cobraba y cuando éstos pedían un tercero no se lo daba, porque había algunos que no eran capaces de comportarse normalmente después de tres vasos de licor.

Las cenas que hacía para los peregrinos eran muy abundantes y nutritivas y en esos momentos alrededor de la mesa se comparten muchas cosas además de esos momentos especiales que cada jornada proporcionaba a los peregrinos.

De esa forma el albergue de Gabriel llegó a convertirse en el sitio preferido de los peregrinos que elegían para descansar cuando llegaran al pueblo en el que se encontraba y la fama de Gabriel no decayó en ningún momento siendo cada vez más las personas que además de buscar acogida, acudían allí para aliviar los males que llevaban. Generalmente eran dolencias musculares y óseas, pero en ocasiones llegaban algunos casos especiales a los que Gabriel dedicaba una atención especial, eran los que le permitían seguir aprendiendo y especializarse en todas las dolencias que llevaban los peregrinos.

Me comentó, que en una ocasión llegó al albergue un peregrino que apenas podía mover uno de sus brazos, nada más verle entrar por la puerta su instinto le hacía ver que allí tenía un caso que requería de sus conocimientos, el peregrino sentía unas molestias cada vez más fuertes y aunque no le impedían caminar, el peso de la mochila y la presión de las correas hacían que cada jornada resultara insoportable.

Cuando terminó de recepcionar a los peregrinos que llegaban hasta el albergue, Gabriel le dijo al peregrino que miraría su brazo para ver si le curaba el mal que llevaba.

Se apartaron a una sala que había acondicionado para evitar la indiscreta mirada de los curiosos y después que el peregrino se quitara la camiseta, se tumbó sobre una camilla y Gabriel comenzó a inspeccionar la zona que estaba dañada.

Fue pasando sus manos por la zona que el peregrinos le decía que le dolía y con la yema de sus dedos fue auscultando la zona, pero no conseguía ver nada, aunque sentía que algo importante había allí, por lo que comenzó a perfilar cada uno de los músculos para ver si había alguna lesión y los músculos también se encontraban en buenas condiciones. Gabriel se estaba comenzando a sentir un tanto desconcertado, era consciente que había algo allí, pero no conseguía dar con el mal, entonces pensó que podía ser algún hueso que se hubiera lastimado y la exploración fue algo más en profundidad, pero tampoco con esta obtuvo ningún resultado que le hiciera ver de donde procedía el mal que el peregrino tenía.

Incrédulo por este caso que no había visto anteriormente, Gabriel le dijo al peregrino que sabía que allí había una dolencia importante pero había algo que le impedía dar con ella, se encontraba desconcertado, pero no abandonaría hasta que diera con ello, porque según la expresión de Gabriel, había allí una araña que le impedía mover el brazo y también le iba a impedir seguir el camino. Era un caso muy extraño que no había visto nunca, pero no se desanimaba y acabaría dando con él, aunque le llevara varios días porque no pensaba abandonar. Aunque no lo hacía porque su prestigio se resintiera, éste no le permitía dejar a un paciente sin solucionar su problema.

En ese momento, oyendo las palabras que Gabriel estaba diciendo, el peregrino rompió a llorar ante el desconcierto de Gabriel, que al principio pensó que el dolor era lo que estaba ocasionado aquel llanto.

El peregrino, no cesaba de llorar y se derrumbó, le confeso a Gabriel, que por lo que le estaba diciendo, pensaba que su molestia nada tenía que ver con un problema físico, más bien lo comenzaba a relacionar con un problema de conciencia ya que cargaba con unas penas que le impedían muchas noches conciliar el sueño.

Años antes, su vida no era todo lo gratificante y normal que se podía esperar en la mayoría de las personas y había tenido un comportamiento del que no se sentía nada orgulloso y con el paso del tiempo le producían frecuentes pesadillas que no sabía cómo aliviarlas.

En su afán de poder, no había tenido escrúpulos en deshacerse de las personas que le impedían seguir creciendo y la única solución que vio fue eliminar estos obstáculos que se presentaban en su camino y no lo hizo una sola vez, fueron cinco casos que cuando tuvo que afrontarlos lo hizo sin ningún remordimiento, pero ahora no le dejaban que su conciencia descansara con tranquilidad.

Gabriel le dijo que en esas situaciones, él nada podía hacer, solo dependía de quien lo padecía, para que la araña que se iba extendiendo desapareciera y le permitiera seguir el camino. Se encontraba en el mejor lugar para que esto sucediera, pero ya era cosa suya y nadie más podía ayudarle.

Me quedé con ganas de preguntarle cómo se había imaginado esa araña, pero no lo hice, creo que tampoco él me lo hubiera sabido explicar, porque situaciones como aquella, aunque las vuelva a ver en su albergue, el remedio que tienen de curarse no depende de las manos más hábiles que puedan aplicarse a su cuerpo, sólo la mente es la única que puede conseguir aliviarlas.

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