almeida - 8 de enero de 2015.

casa de adobe

Una de las cosas que más confundía a Emeterio, eran esos sentimientos encontrados que se producían cada vez que venía alguno de sus primos de la

capital y a él le tocaba estar pendiente de estas visitas porque aunque no quisiera, siempre se lo encajaban.

 Generalmente, estos primos eran diferentes a la compañía a la que estaba acostumbrado, parecían tan estirados y sabelotodo que exasperaban no solo a Emeterio sino también a sus amigos, pero como eran panolis y no sabían comportarse con las costumbres del pueblo, eran siempre los primeros que se llevaban los palos, además la cuadrilla de Emeterio hacía gala ante ellos de su hombría provocando las situaciones más extravagantes que por supuesto los finolis no se atrevían y quedaban siempre como nenazas ante los demás.

El centro de actuaciones de la cuadrilla se aglutinaba en las cercanías de unos negrillos que había en el prado y que ahora ya han desaparecido.

En las proximidades, solo había una casa que se encontraba habitada, había otra que estaba sin terminar de construir, era una sólida construcción de adobe en la que los machones que había en el techo parecían sujetar las cuatro paredes.

En la parte trasera había un pajar que siempre estuvo con paja y ese era el Castillo de la cuadrilla y las casas se fabricaban en las cañas que había por el prado haciendo algunas construcciones que a todos les resultaban habitables.

Por una ventanita pequeña que había en una de las paredes, solían acceder al interior de la vivienda, inicialmente estaba cerrada, pero para ellos no fue difícil forzarla con un ligero golpe y tener acceso siempre que quisieran.

En el interior, cada uno iba dando rienda suelta a su imaginación. Uno se convertía en el capitán Nemo que se introducía en una caja de cartón y ese era su Nautilus con el que iba surcando los mares mientras otro planeaba con el Barón Rojo no sin antes descargar las ametralladoras y las bombas que había en el imaginario avión que pilotaba.

Ese día, Emeterio se encontraba con cuatro de estos molestos primos de los que no podía desprenderse a no ser que afrontara la bronca que tendría luego en casa, por lo que les llevó con otros tantos de su cuadrilla y se fueron a jugar a esta casa que después de tanto insistir, los primos también la veían como ese castillo del que le hablaban los que habitualmente se guarnecían en su interior.

Una decena de niños encerrados entre cuatro paredes puede dejar pequeña la algarabía que en ocasiones se llega a producir en un gallinero y en esta ocasión la euforia de todos estaba desbocada porque el personaje que cada uno interpretaba quería que prevaleciera sobre los demás y ante tan fuerte escándalo que se fue formando, se acercó un miembro de la guardia civil para ver lo que ocurría en aquel lugar donde en teoría no debía encontrarse nadie.

La presencia de las fuerzas del orden, en lugar de acallar los gritos que salían del interior de la casa, parecieron incrementarlos porque todos se sentían seguros y protegidos dentro de su castillo, era su fortaleza inexpugnable y nada ni nadie podría doblegar su voluntad-

-¿Quién anda ahí? ¡Alto a la guardia civil! – gritaba el agente.

Pero cada palabra que decía, daba la impresión de alentar a los que se encontraban en el interior y la diversión fue transformándose en vacile y con la impunidad del anonimato, cada uno decía lo que se le ocurría increpando al que se encontraba en el exterior y aumentando la indignación de éste.

Al ver lo que estaba ocurriendo, el otro agente de la pareja se fue al lugar que estaba su compañero y Emeterio se dio cuenta que con uno podían, pero ahora eran dos y si seguían con la misma tónica, lo más probable es que los enchironaran a todos por lo que hizo que todos se callaran y les aconsejó a cada uno que buscaran la forma de salir de allí sin que les detuvieran.

Fueron haciendo que uno de los agentes se dirigiera hacía un lado de la casa, el contrario al que ellos tenían como punto de retirada y cuando ya le situaron donde querían, por todos los huecos de la casa y por el techo fueron saltando al exterior para alejarse de aquel lugar.

Eran como unas fieras, saltaban con una agilidad felina y siempre caían de pie y antes de asentar el otro pie ya habían cogido el impulso suficiente para salir corriendo como balas y nadie era capaz de detenerlos.

Pero los primos de Emeterio no estaban acostumbrados a esas movidas y en lugar de hacer lo mismo que los demás, para no lastimarse se quedaron allí como pánfilos sin saber cómo debían reaccionar y buscaron algún lugar en el que esconderse.

La primera reacción de Emeterio fue seguir los pasos de su pandilla, pero se sentía responsable de aquellos infelices que estaban desconcertados fuera de su hábitat.

Había un montón de paja y Emeterio se hizo un ovillo y se cubrió por completo con la paja esperando ver los acontecimientos, aunque estaba convencido de lo que iba a pasar y silencioso y sin que nadie le viera, a través del rabillo del ojo fue contemplando como las cariñosas manos de los guardias iban sacando uno por uno a los cuatro primos hasta que los pusieron en medio de la casa y no hizo falta que les hicieran cantar, dos de ellos enseguida comenzaron a decir que ellos no habían hecho nada y que toda la culpa de aquella situación era de su primo Emeterio que les había llevado allí y ahora les había dejado solos.

Emeterio que no perdía detalle de aquella situación de vez en cuando asomaba la cabeza y le hacía gracia lo que estaba presenciando porque siempre son los más pardillos los que primero caen y en parte se alegró de ello, les estaba bien empleado.

Trató de esbozar una pequeña sonrisa, pero no pudo hacer ni una sola mueca cuando se dio cuenta que se había escondido con tanto ímpetu que tenía la boca llena de paja y cualquier movimiento que hiciera le provocaría la tos y delataría el lugar en el que se encontraba.