almeida - 18 de febrero de 2015.

Cuando llega la fiesta del pueblo, la gente joven lo que más desea es divertirse, cualquier momento de la fiesta es bueno para desinhibirse y sacar lo mejor que cada uno tiene para, además de la euforia que se tiene en ese momento, poder contagiarla a los demás.

            Así es la gente de los pueblos, sencilla y sin muchas más pretensiones que vivir el día a día y en esos días especiales hacerlo como suele decirse hasta que el cuerpo aguante.

            No siempre los planes salen como uno desea y en ocasiones siempre hay alguien que se acopla a una cuadrilla y trata de impresionar con comentarios que en muchas ocasiones no vienen a cuento, pero se queda muy bien con esa forma en la que pretenden impresionar a los demás.

            Como Emeterio tenía muchos primos, siempre había algún momento en el que alguno de sus familiares se acercaba hasta el pueblo y le tocaba cargar con los que eran de su edad y en esta ocasión fue una prima que venía de la ciudad la que se acopló a Emeterio a y a sus amigos, lo que en una situación normal estaba muy bien porque siempre quien traía una chica a la cuadrilla era alabado por los demás aunque suele haber algunas excepciones.

            En esta ocasión, la prima de Emeterio, era un poco resabiada y le gustaba alardear de ello, hacer notar sus conocimientos sobre el tema que domina y con el que espera impresionar a los demás.

            Recientemente había estado participando en un curso con una médium y mientras todos se encontraban al lado de la torre tomando cualquier cosa que habían conseguido esa tarde para que sus espíritus se fueran alegrando, ella, en lugar de beber, hablaba, hablaba y no cesaba de hablar.

            Al principio todos prestaban atención a las palabras que la joven decía porque había un amigo de la mayoría que con solo 22 años se había muerto y aquello de que los días de luna llena algunas ánimas se hacían presentes alrededor de los camposantos o que los cuerpos emitían unas chispas desde el interior de las tumbas, mantenía a todos con un interés por ver las cosas nuevas que estaban escuchando, pero al cabo de más de una hora, estaban todos hasta los mismísimos de escuchar aquellas cosas que parecía que se repetían y a pesar que algunos trataban de cambiar de conversación, la voz aguda de aquella visionaria no se callaba con tanta facilidad y seguía dando la sensación por momentos de parecer un disco rayado.

            Viendo el cariz que estaban tomando las cosas, Emeterio propuso que, como faltaba muy poco para que anocheciera, podían acercarse hasta el cementerio y continuar la noche haciendo sortilegios y quienes habían visto las señas que había intercambiado con su hermano, aprobaron la propuesta, porque estaban convencidos que había preparado alguna ocurrencia cuando menos divertida, una de las cosas de Emeterio que seguro les iban a divertir más que lo que estaba programado en la fiesta.

            El hermano de Emeterio ya había desaparecido, se había acercado hasta su casa y había cogido un radiocasete que había llevado hasta la tumba que habían determinado previamente.

            Fueron como en una comitiva todos hasta el cementerio y allí dejaron que la joven siguiera con sus historias de muertos vivientes y otras zarandajas hasta que se dieron cuenta que estaban haciendo el tonto y volvieron a la fiesta.

            El hermano de Emeterio regresó a buscar el radiocasete y la cinta ya se había terminado por lo que lo cogió tal y como estaba y volvió a donde se encontraba el resto de la cuadrilla y después de decir lo que había dentro de la cinta, la joven decidió que podían escucharlo para ver si se había recogido alguna cacofonía o algún espíritu enviaba saludos para la visita que habían hecho.

            Como se encontraban tomando kalimotxo y cubatas, nadie dijo nada, podían escucharlo mientras seguían bebiendo y cuando se cansaran se acercaban hasta la plaza para escuchar música.

            Nada más ponerlo en marcha, se escucharon algunas voces de los que se dieron cita en el cementerio y más tarde unos pasos que se alejaban de la tumba y el chirrido de las puertas metálicas que se cerraba hasta que todos hubieron salido de aquel lugar.

            Pero en el silencio que venía a continuación, la joven comenzó a interpretarlo a su manera. Cada paso de la cinta era considerado por la joven como unos susurros ancestrales que pretendían establecer una comunicación, cuando no era el sonido de unas cadenas que se arrastraban a cada paso que alguien imaginario estaba dando.

            Entonces la joven rebobinaba el trozo de cinta para ver si se la segunda, tercera o décima pasada lograba interpretar el mensaje que la estaban enviando y de esa forma estuvo para escuchar cuarenta minutos de cinta hasta las seis o las siete de la mañana ante el desinterés y el aburrimiento del resto de la cuadrilla.

            Pero cada uno de los sonidos, por muy ligero que éste fuera, era interpretado por la joven que cada vez creía escuchar unas cosas diferentes y todas llegaban a resultar de alguien que no era de este mundo.

            El hermano de Emeterio, cuando recogió el radiocasete, rebobinó un poco de cinta y con una voz ronca y tenebrosa había dejado grabado un mensaje:

            -¡Qué, jilipollas! ¿os habéis divertido?

            Aquellas palabras hicieron salir a todos de su sopor y reírse de la ocurrencia, aunque la joven estaba tratando de hacerles ver que el contenido de lo anterior era algo sobrenatural.