almeida - 26 de marzo de 2015.

Algunas tradiciones de los pueblos están pensadas para que muchos demuestren su cabezonería y en ocasiones habría que decir la falta de cabeza, porque se hacen las cosas sin pensar luego en las consecuencias que puede haber.

                El toro de fuego era una de las actividades que se hacían en muchos pueblos y aquí los jóvenes cernidos y bragados demostraban sus habilidades y Emeterio siempre era uno de los que más se metía entre las astas sin tener en cuenta las consecuencias, aunque según me comentaba, en la cuadrilla todavía había uno que era más expuesto y siempre había una rivalidad por ver quién era el más atrevido.

                No me imaginaba hasta dónde quería llegar y como suele ser habitual en estos casos, me puso un ejemplo para que pudiera comprenderlo mejor, de esa forma, aunque yo no conocía a quién se estaba refiriendo, podía llegar a hacerme una idea de cómo era.

                Este amigo, en cierta ocasión participó en un desafío de soga tira y nada más pegar el primer tirón a la maroma, se dio cuenta que se encontraba en el equipo más flojo de los dos con mucha diferencia.

                Aunque él estaba el primero agarrando la maroma, sentía que por detrás no se hacía la fuerza suficiente como para poder contrarrestar la fuerza del equipo contrario y notaba como los pies no se mantenían en el lugar en el que los había puesto y era arrastrado hacia la raya que delimitaba el punto al que debía llegar el pañuelo para determinar el ganador.

                A pesar de los gritos que daba a su equipo para que aguantaran, tenía la sensación de que no había respaldo suficiente y lo que era más importante, no sentía fuerza detrás de él y fue viendo de forma irremediable como era arrastrado hasta la fatídica línea en la que al llegar se sentiría derrotado y fijó sus ojos en el suelo donde vio un agujero y en un último esfuerzo, clavó en él su pie derecho mientras decía:

                -De aquí no me movéis hasta que me rompáis una pierna.

                Emeterio hizo un largo silencio que a mí me parecía una eternidad y no tuve por menos que preguntarle:

                -¿Y qué paso, consiguió mantenerse?

                -¡No, se la rompieron! – dijo como si todos lo dieran por sentado.

                La verdad es que fue una forma muy gráfica de describir como pueden llegar a ser algunas personas en las que la terquedad prima sobre todas las demás cosas.