Esther Cid Romweo - de agosto de 2017.

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Sí, un año más. Hay cosas que nunca fallan y cuando lo hacen, cuando nos faltan, cuando ya no están, nuestra vida no vuelve a ser la misma.

Se dice que son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. Quizá por eso lo sepan todo. Las que olvidan su cansancio ante nuestras demandas; las que consumen sacos de paciencia; las que levantan la mano sólo para acariciarnos (bueno, alguna zapatilla también han lanzado). Sus besos, la mejor medicina, y su abrazo, el bálsamo mágico que cura el alma, cuando maltrecha y agotada, vuelve buscando calor. No encontrarás nunca espejo más sincero que el dulce brillo de sus ojos.  La imagen de ti que ellos  reflejan, es más tú, que tú mismo. Sin trampa, sin engaño. No puedes ocultarles nada.

SAF 160816 0100Siempre contigo, cuando la vida muestra el lado amable y cuando te golpea rompiéndote en mil pedazos. Ella, discreta, casi sin que te des cuenta, carga sobre su espalda los  escombros y restaura tus defensas con la maestría  de un arquitecto militar. Por eso nos vamos haciendo más fuertes. Ella, en segundo plano, deja que creas que es por tus méritos, que no ha tenido nada que ver. Y tú vanidoso, te lo crees.

Esto es lo que pasa día tras día. Pero existen momentos, ciertas fechas, en las que su poder sobrenatural se potencia. Por ejemplo las fiestas que estamos a punto de estrenar.

Imaginemos esta misma semana de un año cualquiera. Te levantas, desayunas y te despides diciendo que has quedado para buscar “local”. Local que hay que acondicionar. Le prestas muchas más atenciones y cuidados que a tu habitación el resto de los meses.  Se convierte en tu comedor, centro social, bar, en tu refugio. Es tu “peña”. Sólo regresas a casa si la noche sale fresca y olvidaste la sudadera, o directamente al amanecer para dormir algo. Cada mañana te enfrentas al eterno y universal: ¡Esto no es un hotel!

La madrugada del 14 al 15 vuelves de la chocolatada  hecho unos zorros, pegajoso, apestando, tambaleándote, balbuceando palabras inconexas que sólo tus compañeros de viaje saben interpretar. Como en casa la Misa Mayor es obligatoria, decides retirarte a regañadientes. Pasas por la cocina. Ahí está, en su sitio, como cada noche de fiesta. Un plato con las sobras de la cena. Dos lascas de jamón y un trocito de tortilla. ¡Justo lo que necesitabas! Mientras lo devoras con rapidez piensas que se olvidó  de meterlo en la nevera, o peor, que es el almuerzo de tu padre. Te atragantas un poco.  Cuando ella te oye subir la escaleta dice:

-          ¡Menudas horas!

-          ¡Pues he sido el primero en irme!

-          Anda venga, acuéstate un rato.

SAF 160507 0392 PanoA las pocas horas (aunque la sensación es que apenas han pasado unos minutos), la actividad doméstica está a pleno rendimiento.  No sabes muy bien si te ha despertado el ruido de la calle, o el delicioso tufillo que desprenden las mollejas en salsa. La boca pastosa solicita algo de beber. Hay quien dice que la leche es mala para el estómago, que a ciertas edades hay que dejar de tomarla. No puedo estar más en desacuerdo.  Te preparas un vaso bien frío.

-          Mamá ¿puedo? – Preguntas señalando la cazuela.

-          ¿Pero ahora? ¿No prefieres una magdalena?

Ante tu negativa, te permite picar dos o tres, mientas te aconseja que  vayas a  la ducha porque ya está sonando “la primera”. El agua sobre la cabeza cumple perfectamente su misión. Acelerar el flujo del torrente sanguíneo. 

Entras en tu habitación y sabes que alguien ha estado ahí. El traje nuevo, quizá a estrenar, cuelga de la puerta del armario. En la descalzadora… ¡No! ¿Dónde está?

-          Mamá ¿dónde está mi farandal?

-          Tendido

-          ¡Nooooooo! No se lava hasta final de fiestas.

-          ¿No pensarías salir así, según lo traías? Si lo he cogido y se me ha pegado a la mano. ¡Lo apoyabas en el suelo y se quedaba de pie! Anda, venga, vete vistiéndote.

Ya preparado sales a la calle. En la puerta, tu padre espera fumando un cigarro.

-          Ayer bien, ¿No?

-          No estuvo mal.

-          Pues si te parece, hoy vienes a la misma hora.

Con eso ya está todo dicho. Sabes que no puedes rechistar ni en la iglesia, ni en los vinos, ni en la comida. Si quieres siesta, será después de todo eso.

SAF 160816 0160Cuando está a punto de dar la 1, sale ella. Radiante, con un vestido de flores que le queda como un guante, con esa preciosa sonrisa que supera cualquier otro maquillaje, perfectamente peinada y oliendo a gloria. ¿Cómo puede ser tan guapa? Entonces, y sólo durante una fracción de segundo, como si la única neurona que tienes despierta decidiera trabajar, o como si el mismísimo Dios te revelara el más oculto de los secretos, descubres que ha dormido menos que tú, porque estuvo en vela hasta que te oyó entrar; que cuando te metiste en la cama ella se levanto, preparó  las delicias de la comida, atendiendo como cada año, a los caprichos de todos; que entró despacio en tu habitación y lavó tu ropa rápidamente para que por la tarde ya estuviera seca; que ha recogido todo  porque es incapaz de salir de casa si algo no está en su sitio. Y sí, que el plato de las sobras en la mesa de la cocina, no fue un olvido.

Vas hacia la plaza a su lado. Tremendamente orgulloso de ella. Te sientes  como un gusano pensando que no le das ningún motivo para que ella lo esté de ti.

Por la tarde has quedado para ir a los toros. Vas con tu farandal limpio, dejando a tu paso la ligera fragancia del suavizante, cabizbajo, casi avergonzado. ¿Qué dirán los colegas? Cuando los ves a lo lejos descubres en ellos una actitud similar. Todos decís casi a la vez:

-          ¡Joder tíos, mi madre me lo ha lavado!

Sigo sin saber cómo lo hacen, de dónde sacan el tiempo y sobre todo, la energía. Es un misterio aún velado para mí.

Puede que nuestra Patrona, siendo madre también, les insufle fuerzas y amor extra en estos días. Pero no creo que fuera distinto si la parroquia tuviera como santo protector a San Miguel, San Judas o San Antonio.

Hace años, llevada por la locura y el egoísmo juveniles, y seducida por el destello de otros astros, no lo supe valorar. Pero ahora sé a ciencia cierta, que ellas son las estrellas, las verdaderas protagonistas, las que consiguen con su mera presencia que cada día de nuestra vida sea Fiesta.

                                                                                                              Esther Cid Romero

                                                                                                              Agosto 2017

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