Pienso, luego digo - 11 de febrero de 2019.

alambique

Me viene a la mente una ocasión en la que me encontraba con un suizo, estábamos degustando un chupito del aguardiente que se produce en estas tierras, que va surgiendo después de destilar el buen hollejo de la tinta de Toro y el suizo se deleitaba saboreando cada uno de los sorbos que iba dando, haciéndome entender con cada gesto que iba haciendo, que le estaba gustando aquel destilado.

                Me comentó, que era muy parecido al que solía destilar su abuelo en su tierra, contaba con unas pocas cepas que después de extraer el zumo de las uvas para hacer unas contadas botellas de vino, el hollejo, con mucho mimo, lo iba introduciendo en un alambique y el efecto del calor hacía que el proceso diera como resultado aquel néctar, que en ocasiones especiales consumía con la familia y con los amigos.

                Pero había dejado de fabricarlo porque la docena y media de botellas que conseguía representaban una cantidad muy importante en los impuestos que debía pagar por ellas.

                No comprendí que para un garrafón de licor que podía conseguir, del que nadie se iba a enterar que había elaborado, se viera obligado a satisfacer unos impuestos que nadie le iba a reclamar nunca.

                Pero el hombre me aseguró que su abuelo era una persona de principios y si la ley decía que había que satisfacer aquel tributo, esos principios eran los que le obligaban a hacerlo.

                He pensado varias veces en los principios de la gente de bien y no solo los aplaudo, estoy totalmente de acuerdo con ellos y si en un momento se pierden estos principios, es muy difícil volver a recuperarlos.

                Ha venido de nuevo este recuerdo cuando se ha dado la noticia de la estafa de una funeraria a sus clientes que adquirían un buen ataúd para sus difuntos y cuando la voluntad de éstos era ser incinerados, los ataúdes de buena calidad, se cambiaban en el último momento por otros más sencillos, porque no iban a dejar huellas en las cenizas que se entregarían una vez realizado el proceso.

                La dignidad de unos y otros, vemos que llega a ser muy diferente, va en función de la educación que hayamos recibido y en la forma en la que nos comportamos en la vida.

                Pienso en el mal comportamiento de quienes buscan la triquiñuela para su lucro personal y hay ocasiones en las que a pesar de no compartir su comportamiento, puedo llegar casi a comprenderlos.

                Vivimos en una sociedad en la que nos hemos ido educando a que aquel que no tiene en consideración a los demás y todo lo que hace es para su beneficio personal, es algo cada vez más generalizado, que se encuentra latente en el ambiente. Por todos lados vamos observando algunos comportamientos corruptos, que muchas veces son tomados como ejemplo de prosperidad y quien busca un crecimiento rápido y estar en la cima de su pequeño mundo, no tiene escrúpulos para comportarse como lo hacen muchos indeseables a los que como mal menor, en caso de ser pillados con las manos en la masa, además de mostrarse prepotentes, no van a reintegrar a la sociedad lo que de forma torticera han sido capaces de amasar, salvo honrosas excepciones que hacen que esto no sea una hecatombe total.

                Es una lástima que basemos un modelo de sociedad en estos ejemplos que sin dudarlo, todos deberíamos no solo censurar, sino que nuestra obligación sería denunciarlos y mostrar nuestro completo desprecio a aquellos que lo practican.

                Pensando en estos personajes, me viene a la mente aquella frase del gran Marx, no el político, el otro, el que miraba siempre la vida con una sonrisa, cuando afirmaba que él tenía unos principios y si no gustaban a la gente, no había ningún problema porque en cualquier momento, podía cambiarlos.