Pienso, luego digo - 10 de marzo de 2019.

                En algunas ocasiones, solemos recurrir a ese tópico asegurando que adquirimos un compromiso y para reafirmarlo, manifestamos que es para toda la vida y pocas cosas hay que sean para tanto tiempo, porque el ser humano tiende a evolucionar y la evolución surge casi siempre a través del necesario cambio.

                Sin embargo hay algunas fidelidades que resulta muy difícil cambiarlas, aunque lleguen esos malos momentos, que pueden llegar a hacernos dudar de la fidelidad, si ésta es firme, acaba por mantenerse.

                Cosas como un equipo de fútbol que ha sido nuestro referente desde muy pequeños hacen que mantengamos nuestra fe en sus colores aunque haya momentos que nos lleguemos a desesperar por el comportamiento de quienes puntualmente lo están formando.

                También resulta muy difícil poder renunciar a esas raíces que han ido formando ese poso que se ha encargado de conformar nuestra forma de ser y de comportarnos y siempre vamos a sentirnos especialmente a gusto en esa tierra, que llega un momento que ya forma parte de nosotros.

                En esta ocasión trato de pensar en esas otras fidelidades que en ocasiones tenemos, cuando nos comprometemos con unas ideas en las que nos vamos implicando con el objetivo de poder cambiar y mejorar la sociedad en la que vivimos.

                Esos ideales nos van posicionando socialmente y en ocasiones llega ese momento en el que unas veces por el ego personal que cada uno tenemos y otras veces por ese afán de protagonismo y de poder, hacen que nos impliquemos en la vida política y ofrezcamos nuestro tiempo y nuestra capacidad, para tratar de mejorar la vida de quienes se encuentran a nuestro alrededor.

                En realidad, no todos buscan el mismo fin cuando se implican en proyectos políticos, siempre hay excepciones que son de admirar, de los que podemos llamar servidores públicos, pero cada vez vamos viendo con más frecuencia, que muchos lo que van buscando, es ese afán de medrar y posicionarse en un escalón superior a los que han confiado en ellos.

                Son fidelidades que deberían ser para toda la vida, porque en el fondo de cualquier proyecto hay unos ideales que difícilmente pueden ser reemplazables y se mantienen por encima de todo.

                Pero cuando llega el momento del cambio, de ir reemplazado las personas y algunos comportamientos que ya se van quedando caducos, surge la infidelidad y en el momento que se percibe que hay un cambio de banquillo, algunos no pueden asumir quedar relegados y enseguida buscan otro equipo en el que poder seguir ejerciendo como titulares.

                Cada vez que se avecina un nuevo proceso electoral, vamos viendo como estos movimientos en ocasiones, llegan a producir esos movimientos que convulsionan todo el espectro de la vida pública, porque es difícil explicar cómo durante décadas se ha permanecido fiel a unas siglas y de repente se cambia a otras y ya se sabe que lo que es difícil de explicar resulta mucho más difícil de poderlo comprender.

                A pesar de todo, siempre habrá quien haya ido variando de rumbo no una vez, algunos en varias ocasiones hasta que se han visto en el equipo titular y encima quieren que confiemos en quien no es merecedor de ninguna confianza.

                Por eso las fidelidades, muchas veces, como le ocurre a la mentira, tienen las patas muy cortas, porque al final, no dejamos de ser más que la consecuencia de nuestros actos y de nuestro comportamiento, aunque ellos lleguen a creer en la debilidad de la memoria.