Pienso, luego digo - de julio de 2019

Negar la Evidencia

Cuando alguien se empeña una y otra vez en negar la evidencia, acaba casi siempre haciendo el ridículo, porque cuanto más trate en justificar cada uno de sus comportamientos, más se va cayendo en ese estado en el que ya no es capaz de engañar a nadie.

                Se está observando en los últimos tiempos con aquellos que se presentaban a los ciudadanos como los adalides de la regeneración y la limpieza de la perversión que ya resultaba imposible de seguir ocultando y ellos nos aseguraban que venían para eso, para que la gente volviera a confiar en quienes se dedicaban a lo que siempre se había conocido como el servicio a los demás y en el momento que han percibido el aroma del poder y todas las prebendas que pueden aportarles personalmente, se han ido olvidando de cada una de sus promesas para aferrarse a lo que ahora ya pueden palpar con las yemas de los dedos.

                Pero el colmo es cuando se establecen unos criterios que no son negociables bajo ningún concepto y se van dando cuenta que para acariciar ese ansiado poder es necesario tener que tragarse algún que otro sapo, pero de forma discreta sin que nadie se llegue a enterar. Pero la verdad siempre se acaba imponiendo y resulta, cuanto menos, difícil de poderla ocultar, salvo los que nunca darán su brazo a torcer y aunque les pillen con las manos en la masa, seguirán negando las evidencias.

                Es entonces cuando les molesta ese contacto con los que ya no se fían de las palabras porque les miran directamente a los ojos y la mirada es algo que todavía no hemos enseñado a doblegarse para que pueda engañar y los salva patrias se van quedando con el culo al aire y ya rehúyen hasta los micrófonos, esos que antes tanto buscaban para que su mensaje llegara a todos los rincones, ahora solo piden esa intimidad que un día descartaron de forma voluntaria.

                Dice el refranero que se coge antes a un mentiroso que a un cojo y según vayan pasando los días iremos viendo la cantidad de mentirosos que teníamos a nuestro alrededor y ahora no son capaces de soportar ni tan siquiera una mirada.

                En fin, puede que eso sea algo consustancial con la condición humana, que siempre trata de buscar argumentos para justificar lo injustificable y cuando ya no se encuentran, porque es imposible, siempre queda el recurso de culpar de nuestros lamentables errores a los demás.

                Pero el tiempo suele ser ese juez implacable que se encarga a poner a cada uno en su sitio y como la mentira suele tener un recorrido muy corto, al final cada uno va quedando en el lugar que le corresponde.

                No importa que se haya quebrado la confianza de aquellos que un día se llegaron a creer que cada una de las mentiras que se estaban lanzando a los cuatro vientos, fuera implantándose en cada uno de los que se esperaba que se las creyeran para conseguir su confianza, al final la memoria es quebradiza y acaba por olvidarlo todo, pero las hemerotecas se encargan de recordarnos el legado que cada uno ha ido dejando en su trayectoria y ese legado es el que al final se encarga de retratarnos como realmente somos y nos comportamos.

                Es una lástima que entre los buenos la mayoría de las veces escojamos a los peores, a esos que saben embaucarnos como nadie, porque es lo único que han aprendido en esta vida y mientras les vaya bien se van haciendo inmunes a toda crítica que les podamos hacer.