Isaías Santos Gullón - 15 de marzo de 2017.

 

 Los más agudos buceadores del alma humana, aquellos que anulan el repuje y el adorno que la ocultan y escarban en el meollo de su verdad descubren la maravilla que cual flor silvestre fluye con su aroma y se manifiesta en la tímida y perdida mirada de las gentes humildes.

 Estos ojos que llevan en su profundidad la majestuosa estampa de agrestes riscos e infinitas parameras, de valles vírgenes y horizontes sin fin, son la manifestación visible y el destello ígneo de la hoguera de su alma. Y, ocultos en los bulbosos párpados, se transfiguran cuando en boca de Pedro Alonso “El Amaro”, dicen: “-Yo creo que el sol, es una cosa que arde, se vuelve a formar y vuelve a arder-“ y sin querer, a su manera, intuía la fisión y la fusión nuclear, efectos ambos que mantienen con vida el milenario discurrir del astro.

 Aún recuerdo la mirada de aquel hombre lleno de alegría y sano humor. Su destello vive en la onda del viento, y en cualquier rincón se pueden oír aquellas frases que el difunto Luis Martín dijera y que debieran figurar en la más escogida antología del refranero: -“Cuarenta días lloviendo, tiempo de agua”- y al ver el efecto de su indiscutible tesis, firmaba –“Siempre que ha llovido, ha escampao”-.

 Los hay que cansados de posarse en escritos y legajos, buscan chispeantes y encarnados el encanto del instante en la onda del éter. Como nadie pulsan los innumerables acordes que encierra un trago de vino, y reflejan, cuando al trasegarlo acaricia su gaznate, la armonía de la corte del más esplendoroso Baco. Amigo Francisco Provanza, inimitable maestro de la mímica; quizá, en el cénit de una fiesta dionisíaca, lanzarás, dedicado a los serios y sesudos apolíneos, aquel anatema que debiera permanecer ingrávido flotando como consigna sabia de meteorología y sentido común: -“Yo, jamás me confundo con el tiempo. Por la noche saco una escoba por la ventana; si por la mañana está mojada…, es que ha llovido”-.

 Y cómo no evocar la figura de Narciso. ¡Oh Narciso!. El que hace matanzas cuyos “marranos” tienen cuatro jamones. El jacaresco maestro de la zalamería. Te estoy viendo junto a la barra del bar. Me estás contando una historia sin principio ni fin, y, cuando me tienes subyugado con tu simpatía bronca, dejas caer con destreza soberana el párpado de tu ojo izquierdo. Y con el guiño inimitable anuncias, mudo, una llamada sin eco ni palabra. La he captado y me has vencido. De acuerdo mi buen Narciso. Otra jarra más. Yo pago.

 Así, uno a uno, vais grabando en la danza de las horas la maravilla de las pequeñas cosas. Vuestros dichos, vuestros gestos, vuestras miradas, escriben en la orla del tiempo historias y leyendas. Es extraño, terriblemente extraño, que la gente tenga los ojos tan poco abiertos y sólo vea en las cosas y en los seres la idea que de ellos se ha forjado.

 “Porque vosotros, decía Gorki, sentís todo, pero tropezáis con dificultades para expresaros. Vuestras ideas quedan flotantes, os avergonzáis de no poder decir lo que comprendéis. No obstante camináis lentos, tranquilos, disfrutando vuestra paz y esa calma divina que nace de vuestra sabiduría oculta. Y ese tranquilo y sosegado discurrir hizo arrancar el sentido lamento al genial Bertolt Brecht:

 -“Y el hombre es un impulso afectuoso aún preguntó --¿Qué ha llegado a saber? Y el muchacho explicó –-Que el agua blanda hasta a la piedra acaba por vencer. Lo duro pierde.”

 Así sois vosotros, el agua milenaria, que nació para vencer un día la dura incomprensión.

 

Publicado en la página cinco CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 8/2/1974. 

 

 Juan CID ARIAS