Isaías Santos Gullón - 20 de marzo de 2017.

 

 Un pesquero: Marcelino

 Domingo tras domingo, en aquella época pasada en que el mercado de Tábara tenía renombre comarcal,

acudía a media mañana a vender sus artículos un hombre que era la encarnación de la paciencia hecha carne, la dulzura espiritual hecha persona, y todas las virtudes que se le quieran asimilar a quien lleve a buen término su trato cotidiano con las del sexo débil.

 Venía encaramado en su carrillo de varas, del cual tiraba presto un rocín pardo y lustroso; y no más se divisaba entre la bruma que exhala el verdor de Palomillo, cuando ya, en la puerta de Tabuyo, lo esperaban las más avispadas y peripuestas del pueblo. Dábale nervioso palos al sufrido borriquillo por no detenerse ante el reducido grupo; mas, ¡quia!, el pollino intuía el final, y, aunque su dueño tirábale del ramal guiándole en la recta carretera, él torcía y se detenía obstinado en medio de las hembras que llenaban de improperios y amenazas la ruborosa y tranquila estampa de aquel hombre todo paz.

 Antes de llegar a la plaza, rodeado de mujeres aún tenía que detenerse más de una vez. ¡Qué remedio le quedaba…! Cuando el pobre pesquero, a duras penas, buscaba un lugar en que instalar su ambulante pescadería, una tenía en su mano dos chicharros, la otra una pescadilla y, uniendo sus esfuerzos, varias de ellas tiraban de la cola de un sable aprisionado en el fondo de una caja congelada.

 Si martirio era su entrada triunfal en la Plaza Mayor, no menor era el que le esperaba. Todas eran las primeras, y, en aquella algarabía de voces y apretones, el pobre Marcelino con la romana en la mano más que vendedor parecía un trovador de medioevo al que las sílfides de los mares le ofrecieran adulantes los más frescos y jugosos pescados.

Con la pronta y rápida venta de su pesca no terminaba su calvario. Cuando el borrico le veía dándose palmadas para calentar sus entumecidas manos, con sus rebuznos le pedía su ración de granzas y cebada; y el bueno de Marcelino colgaba de la cabeza del sufrido asno un fardel, que fue blanco y que ahora, debido a las escamas pegadas, semejaba la panza de una enorme carpa, dentro del cual estaba el pienso del tranquilo burreño.

 Cargaba entonces las vacías cajas en el vetusto y singular carrillo, y dando un suspiro prolongado, ojeaba la húmeda libreta en la cual, como infantil grabado, estaba el control de aquellas que aún tenía que volver a entrevistar. Casa por casa iba Marcelino pidiendo su dinero. Agradecidas unas, déspotas las menos, recateantes todas, terminaba siempre el último de cuantos acudían al mercado más glorioso.

 ¿Por qué tuvo tanto éxito? Quizá fuera porque su humilde paciencia diera pie a la creencia de su torpeza comercial. Todas, seguro estoy, creyeron engañarlo. Mas, acaso, ese hombre bondadoso fuera el más agudo conocedor de esa faceta en la psicología femenina. Dejó que lo creyeran tonto y engañado, y, alimentando esa vanidad tan humana, aseguraba la venta siempre que acudía.

 En cuanto a vosotras, mujeres tabaresas, tardaréis mucho tiempo en olvidar aquellos días de mercado rumboso orgullo de Tábara, del que era parte integrante y cotidiana la serena y humilde figura de un pesquero: Marcelino.

 

Publicado en la página cinco CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 21/2/1974. 

 JUAN CID