Isaías Santos Gullón - 06 de mayode 2017.

 

 Que sea leyenda o historia no lo sé. Que fueran pastores o mendigos no me importa. La maravilla de su verdad se experimenta, cuando un día de primavera, a su ermita acuden,

aquellos seres que llevan en sus manos la curva forma de la mancera hecha callo, y en sus ojos el brillo fugaz y puro de los paisajes vistos.

 Allí termina la estepa, o comienza la montaña a llanearse. Justo en la linde, donde en suaves montículos llanura y montaña en filial abrazo se funden, en su primer risco, alfombrado de verdes jarales y salvajes guindales, la musgosa y vetusta ermita de agrietada y brava piedra, da cobijo a los dos humildes seres, que la devoción popular, perdido su origen en el pasado, bautizó con el nombre de San Mamé y San Blas.

 En la verde pradera un pueblo de fiesta.

 Hay algo, que invisible flota en la onda del viento, que al instante germina dando vida a esos rostros de pureza ruda, cuando sentados en familia, o rodeando el camión de la bebida, o lanzando con interés el marro de la calva, respiran en un día de descanso los ecos perdidos en los agrestes montes.

 Desde la pradera miré cómo subían por el sinuoso sendero hacia la ermita, los hijos de mi pueblo milenario. Encorvados por el trabajo cotidiano de los días, curtidos por los aires y los soles, era su ascensión la material exposición de sus humildes espíritus. Y ya arriba, apiñados en la ermita, su oración era canto sin ritmo ni palabra, era esencia como el eco de los aires puros, como el murmullo de las aguas claras.

 Arriba me quedé y vi cómo tendían en la pradera sus raídas mantas. Junto a ellas racimos familiares, amigos, vecinos. Y, cuando el vino alegraba sus rostros, se elevaban al espacio sus alegrías y sus penas, sus ansias y deseos. Y de aquel murmullo, de aquel canto de los hijos de mi pueblo humilde, se destilaba la milenaria frase: “No hay nada más hermoso que trabajar de sol a sol tus tierras con tus manos, y regresar a casa junto a una mujer que quieras y te quiera”.

 Al atardecer, cuando en tropel regresaron a sus casas, quedóse la pradera preñada del murmullo de sus penas. Los ruiseñores junto a la ermita, arrullaban con sus metálicos gorjeos a su pareja triste, y la cercana noche arrastraba en su tiniebla,  densas y plomizas nubes.

 Al tiempo justo de llegar todos al hogar, cuando contaban a sus mayores la alegría de la romería y éstos sufrían en su alma el recuerdo de los pasados días, estalló la tormenta.

 El campo resequido absorbía el torrente. Alegría en los rostros. Y de puerta en puerta corría la voz: ¡Han sido los Santos! ¡Es un milagro!

 Al vivir su alegría no pude menos de exclamar: ¡Así conserves en tu alma pueblo mío, tu sana humildad, y olvidando en un instante tus penas, te abandones a las creencias de tus ignotas leyendas!

Juan Cid Árias

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 27/4/1974.