Isaías Santos Gullón - 08 de mayo de 2017.

 

 Hace tiempo, en un trabajo de esa “Hoja de Tábara”, que lleva con humildad y calor un aliento campero a los hijos de mi pueblo milenario, apareció un artículo de cuyo autor no recuerdo el nombre y al cual,

cuando el tiempo borrara los ímpetus que en mi alma sus frases levantaron, me propuse contestar.

 Insinuaban sus líneas abierta y claramente, un soez insulto desprovisto de diplomacia y en sus descarnadas afirmaciones, alejadas del romántico verbo ideal, anulaban esa maravillosa hermosura que llevan escrita en su sino y que manifiestan con agobiadora melancolía en los lavaderos las hijas de mi pueblo.

 Mujeres de mi pueblo. Campesinas mariposas de tornasol y seda. Madres amorosas de manos de sarmiento y corazón de fuego. Novias y esposas de terciopelo y de caricia. Mujer de mi pueblo. Que mi canto sea el pago a tus fríos pasados. Que mis frases te besen la frente y mis líneas le ofrezcan mullido aposento a tus piernas cansadas. Que mi sombra te ofrezca respiro y regale frescor en los días de estío. Que mi voz, en humilde poema alimente tu entrega; que se una al amor con que lavas la ropa y que vuele muy alto, persiguiendo en su vuelo infinito al destello del trono que ansía ofrecerte el parco y humilde eco de mi verbo.

 Te seguí una mañana a la fuente. Ibas ágil. El balde en tu cadera portaba la ropa labradora. Olía a fuego y a pradera: embriagaba la fuerza abrasadora de aroma de jaral y de tomillo. En lo alto de las prendas, el jabón más humilde. De un blanco mortecino, sin brillo. Ese jabón que un día hiciste, fundiendo los restos del tocino en el cobre dorado de la vieja caldera. Tábara entera, mujer, contempla tu camino…

Vi en tus uñas el resto de la masa matutina, que dejaste fermentando en la vetusta artesa. Se tornaba en tus labios el frío mañanero, en encarnada fresa. Y a tus ojos, el canto de la brisa los orlaba de perlas de rocío. Encanto puro, de maldad vacío era tu andar. Sagrado tu deber; y el agua cristalina de la fuente robaba sonriente el sudor del labrador, tu fiel marido.

 De rodillas o en pie, tus manos trabajadas refregaban y torcían las prendas. Jabonabas y después en el balde de chapa reluciente sumergías en azul infinito el color apagado de las ropas lavadas. Sin pensarlo, tus manos encarnadas de humedad, rozaron con cariño la franela de la parda camisa; y al instante, un rubor de recuerdo encendió tu mejilla. Allá, en “La Fontanilla” tu campesino amado partía en dos el seno de la tierra…

 Me asomé al lavadero y un manojo de rosas se ofreció a mi mirar. Y las flores son coquetas ¿quién lo duda?. Y en su idioma incomprendido se critican. Y envidiando el color de sus vecinas, muy mohínas se revelan y llegan a ser celosas. Mas mi amigo, tenemos que perdonarlas… ¿Qué por qué?. Porque son tan hermosas, tan hermosas…

 Y es que, amigo, el lavadero es en la villa un humilde mentidero. Las pobres no tienen más. Si hubiera salón de té, o círculo femenino… Si en vez de cuidar gallinas fueran al cine los lunes. Si en vez de ir a por nabos se marcharan de paseo o fueran de chateo en vez de segar alfalfa, verías los lavaderos sin esa bendita salsa.

 Así que, seas quien seas, perdona mi buen amigo. Perdona mis frases que difieren de las tuyas, en defensa de esas benditas mujeres que en cualquier estación visten de luz y alegría los lavaderos tabareses.

 No sigas el camino que iniciaste, porque, cualquier hijo de ese pueblo tan querido, ha puesto una camisa lavada en sus aguas por las manos de su madre, de su esposa o de su hermana. Y te pueden contestar.

 

 JUAN CID ARIAS.

 

 Publicado también en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 27/4/1974.