Isaías Santos Gullón - 19 de junio de 2017.

 Algunos habían llegado aquella misma tarde. Venían de Alemania, de Francia, de Bilbao. Estaban en su pueblo. Añorado y soñado lugar;

alabado y criticado, recordado y querido. Estaban comprando bebidas, ya que en aquel instante la Guardia Civil con gesto tajante mandaba cerrar el bar de Jacinto. De sus ojos el sueño había huido. De sus gestos el cansancio estaba ausente. Era el amanecer de un 15 de agosto y, al fin, estaban en su pueblo…

 Antes de partir a la nocturna ronda, antes de iniciar su periplo callejero, se detuvieron en el mismo extremo de la plaza, y sin nadie iniciar la balada antigua todos a una entonaron la canción genuina, la copla que salió de la mente labradora en la feliz inspiración del poeta tabarés: “…escucha el estribillo, y si a la fuente vas, guárdate de un ladrillo…”.

 Bebieron todos de la jarra, se ofrecieron tabaco, y fundidos en la alegría del reciente encuentro, cargados de bebidas y viandas, envueltos en amistad profunda, lentos partieron.

 Llegaron a la esquina del derruido local de “telégrafos” y se encaminaron hacia la Plaza del Sol. Tras ellos, un grupo de mozos de Escober los miraba con pena y con envidia; detrás la pareja atenta los veía partir. En unida tertulia caminaban alegres, revoltosos, inmersos en ese tul indestructible que se teje en los años infantiles, cuando con amistad desinteresada se van descubriendo los misterios de la vida.

 Al llegar a la puerta del bar Sol, se detuvieron al oír que las puertas de un balcón se abrían. Todos callaron al oír una voz argentina y resalada, que decía con eco gentil y “amaro”: “¡Olé, por los mozos de mi pueblo!”. Aplaudieron el gesto espontáneo de aquella madre eternamente alegre y recibieron con agrado el regalo del “Petacas” carpintero, que les ofreció entre cansancio y sueño, el presente dulce y tropical de una botella de “Coco”.

 En la Plaza del Sol se pararon. Descorcharon el regalo recibido y endulzaron sus gargantas, entonando al instante la canción pastoril: “Por aquella serranía, toda cubierta de nieve…”. No eran rítmicos los cantos ni armónicas las notas, más ellos cantaban en el seno de su pueblo, al abrigo de sus casas, bajo el tul iluminado de su cielo. No era perfecto el coro, ellos volaban, en sus roncas notas, al encuentro del recuerdo pasado. Navegaban en sus desafinados ecos en pos del instante vivido y respiraban en la noche serena el aliento de su niñez marchita en cada esquina de aquella plaza, en cada alero de aquellas casas, en cada sombra proyectada en aquel suelo, sintiendo un inconsciente e imposible retorno a los días aquellos de paz y de tocino, de escuela y de recreo.

 ¡Ay mozas y mozos de mi pueblo! Cantáis vuestro dormido afecto. No tendría valor nuestro alboroto en la calle pedregosa de otro pueblo. Tiene que ser aquí en “La cañada” polvorienta, junto a la esquina de la vetusta escuela, en torno a la fuente de “los caños”, en la solana y en el bosque, en la Folguera. Tiene que ser aquí en su contorno humilde y milenario, en torno a su gente rústica y campera. En estas vías pedregosas que escucharon rondas cada año en la noche primera de su fiesta. Vuestras voces se unen en el éter sereno a las alegres reuniones de “amaros” y “farolitos”. Vuestros ecos se confunden con la nota mejicana de Laureano Camarero. El dormido sentimiento de espíritu, la huella de haber nacido en este pueblo imprime sello, y en el día festivo de agosto veraniego, por las calles dormidas saludan a las claras auroras las notas de vuestros cantos.

 Comenzaba a amanecer cuando subíais incansables y alegres por la Cañada. Ya había sonado la llamada del vaquero y comenzaban a abrirse, pesadas y chirriosas, las puertas de los corrales de los que salían lentas las mansas y nobles vaconas. Ofrecíais licores y sonrisas a los soñolientos labradores que guiaban sus reses hacia el Rincón y en abrazos espontáneos mitigabais de sus rostros inmersos en el recuerdo la chispa lejana de sus días mozos. Aquel sueño imborrable en sus mentes, de rondas y jaranas por las calles dormidas del pueblo campero, impelido por la inquietud del naciente desvelo que giraba en torno a los ojos hermosos y profundos de la morena campesina…

 Llegaron a la Bajura. Allí se sentaron en el verde y húmedo suelo. Bebieron y cantaron. Hicieron una hoguera, no porque tuvieran frío, sino más bien quizá, movidos por el recuerdo de los días pasados cuando iban a arar o cuando cuidaban el reducido rebaño. Allí se contaron el avatar de sus días. Allí se contaron recordando los instantes de su niñez pasada. Allí respiraron el idioma de la tierra: el canto del monte y la llanura. Allí respiraron el aliento del bosque y el vaho del valle. Allí, envueltos en el tul transparente del radiante amanecer, absorbieron con inconsciente y famélica ansiedad la savia con qué alimentar su alma pueblerina. Porque allí, frente al bosque y la ribera, entre Duernas y los Pedregales, fueron atraídos por el imán de los recuerdos a libar de la tierra la leche de su parto.

 No, no son gamberros los mozos de mi pueblo. Los que están en él cantan en la noche de su fiesta. Los que están ausentes a él vienen a cantar. Y todos juntos y unidos en familia esponjan su alma en la noche rondera, para luego impregnarla del néctar que segrega el contorno campero que circunda con esplendor de verdes y amarillos el reducto amado de la villa tabaresa.

 JUAN CID 

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 1/8/1974