Isaías Santos Gullón - 22 de julio de 2017.

 Desde la más remota antigüedad el pensamiento humano en sus más diversas manifestaciones ha seguido caminos diferentes.

Mientras egipcios y griegos rinden culto a diversas divinidades, florece en el seno del pueblo judío el nacimiento del monoteísmo. Al compás que los pueblos nórdicos ejercitan el culto a la fuerza el imperio chino conoce su fase de refinamiento y repuje. En la época en que la alquimia logra sus fines en el claustro secreto del templo o en la morada paciente del sabio resignado, nace con pujante fuerza el fundamento de la ciencia moderna. Y aun hoy día en el pueblo tabarés mientras el buen párroco saca en procesión a San Gregorio para que a los campos bendiga y prevenga del mal tiempo, Jacinto en San Lorenzo eleva la imagen del Cristo ante la nube oscura y pone fe en el secreto rezo que detiene la tormenta.

 La mente humana, en el seno de los pueblos humildes aún conserva el encanto de su innata pureza. Es aún el mundo más extraño y desconocido. Conserva, cual diamante sin pulir, ese rayo refulgente en su seno y no lo manifiesta porque aún no ha conocido el orfebre que lo sepa tallar. Sin embargo, en ocasiones, un haz luminoso deja escapar y esa luz ciega y confunde.

 Yo no sé si la imagen del santo, con el boato y esplendor de su mitra diocesana, con el ansia junta y la fe heredada de todos los que en procesión le siguen, moverá la compasión del Ser que invocan. Yo no sé si Jacinto, intérprete y conocedor de la antigua cábala, elevará la imagen del Crucificado y con ella la voluntad magnética que sea capaz de disgregar la titánica fuerza del trueno. Lo que es cierto, es que las dos formas de fe se dan la mano y ambas siguen la letra de aquella expresión soberana del Cristo viviente: “La fe mueve montañas”.

Más hacia el lado del bien. Cierto día de un año ya pasado, un labrador de Tábara sembró una tierra de garbanzos. Quizá quiso San Gregorio darle el agua a su tiempo y aquella tierra bien arada era un paraíso cuando las matas de verde pálido mostraban orgullosas su diminuta flor. De la solana de “La Balina” vinieron miles de abejas a fecundarlas, y al paso de los días una explosión de pendientes adornaban, henchidos de frutos, las pequeñas matas que comenzaban a vestirse de oros pálidos.

 Cuenta la historia que este labrador un día, al encontrarse con Jacinto le dijo: - Si haces que no se me apedreen los garbanzos, te doy un cuartal de ellos cuando los coja.

 Nadie sabe si fue en broma o en serio la promesa del labrador. Mas Jacinto cuando divisaba una nube sacaba el Cristo protector y reuniendo la familia en torno de la vela encendida concentraba en su figura escuálida el antiguo poder oculto y el secreto mito y, poniendo la mano en el hombro de sus hijos, exhalaba al éter la voluntad de su creencia que había de anular la confluencia de las oscuras nubes.

 No hubo tormenta aquel año. Fue magnífica la cosecha de los garbanzos. Mas el labrador, como todos cuantos hacemos promesas de esta índole, dejó que el aire borrara el eco de sus palabras. Y Jacinto, enervado y contrito, juró enfurecido que sacaría el Cristo para en años sucesivos se apedrearan las cosechas de aquellos que no creyeran en sus secretos poderes.

 No creo que hay cumplido lo prometido en su arrebato. Mas si lo ha intentado, habrá visto desconsolado, que el poder de su ilusión sólo se refleja en las nobles acciones.

 

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 8/9/1974. 

 

 JUAN CID ARIAS 

 

 JUAN CID ARIAS