Esther Cid Romero - 25 de julio de 2017.

Yo era un bebé rechonchito. Había nacido con buen peso y mamaba y dormía de maravilla. Así transcurrieron  mis primeros meses. Luego, no sé muy bien por qué, dejé de comer. 

Me cuentan que en cuanto veía una cuchara me ponía a llorar como una loca. Prácticamente no probaba bocado, me alimentaba casi exclusivamente de leche. Mi madre, desesperada, me llevaba al pediatra. Sus  únicas palabras eran: “La niña está perfectamente, si sólo toma leche, pues dele leche. Y como siga usted así, enfermará antes que su hija. Cuando  tenga hambre ya pedirá. De todas las formas yo creo que todo son mimos”

Con ese sencillo diagnóstico crecí feliz y contenta, salvo cuando me sentaba a la mesa, claro. Ya no lloraba, pero la hora de la comida se prolongaba hasta la tarde y la cena me quitaba tiempo de sueño.

Mis padres empezaron a sospechar que quizá el médico tuviese razón y mi único problema fuese cierta tontería infantil.  Durante las largas vacaciones escolares,  mis caprichos culinarios les dieron la clave para pertrechar  una solución veraniega. Descubrieron con asombro que cuando salíamos a tomar los vinitos de mediodía,  y pedían alguna ración, yo comía sin rechistar imitando al resto. Además eran cosas tan poco atractivas para una niña de 6 años como crestas, mollejas o riñones.  Por las tardes no tenía problemas en tomar la papilla de frutas y galletas que les preparaban a mis primos pequeños. Mery,  siendo como es, una auténtica artista de los fogones, y desmoralizada por los años de lucha, se hacía cruces con mi actitud. Pero finalmente aceptó la estrategia. Por eso, un par de veces por semana me permitían acudir a casas ajenas para probar si así, iba comiendo algo más.

Los sábados estaban prácticamente adjudicados: cocido en casa de Luis y Merce. Era divertido sentarme junto a mi primo, que comía casi tan despacio como yo. Nos chinchábamos constantemente y hacíamos competiciones. De rapidez… o lentitud. La cosa siempre terminaba igual. Cada uno en una punta de la mesa, pero tronchados de risa.

-          ¿Cómo puedes decir que no come? ¡Menudo plato de garbanzos se ha metido! – le decía mi tío a su hermana.

Los días en Tábara comenzaban siempre así:

-          Mamá salgo a “dar los días”

-          ¿Terminaste el desayuno?

-          Sí.

-          ¿Te lavaste los dientes y la cara?

-          Sí.

-          ¿Hiciste la cama?

-          ¡Que siiiii!

Salía disparada a los comercios. Daba besos a todos. Subía a casa de tío Luis, el viejo, que como buen Romero, seguía en la cama. Después corría calle abajo saludando en el camino a Julia, la estanquera; a Santiago, el Carbajalino, que despedía a una clienta a la puerta de la carnicería; a Pedro Petacas si estaba en la carpintería, y a doña Julita, la de don Eduardo, que iba a comprar el pan.  Finalmente llegaba al almacén. Tío Manolo en la parte de atrás descargando un camión de cemento con Paco “Hervas” .Tía Carmina arriba, regando con mimo su vergel mientras hacía las tareas. Mi abuelo en la oficina, rellenando algún albarán, o a la puerta, sentado como siempre, con el respaldo de su pequeña silla hacia adelante y los brazos apoyados sobre él. El mono azul y la boina le hacían visible desde cualquier lugar de la inmensa plaza.

Me encantaba corretear por esas estancias frescas. Entrar por la puerta verde y salir por el callejón. En mi expedición diaria, disfrutaba pasando la mano por los materiales expuestos. Un mundo apasionante de formas, colores y texturas. Un abanico interminable de posibilidades de juego. En mis múltiples idas y venidas, olisqueaba los aromas que llegaban por el patio. ¡Vaya, parece que es verdura. Bueno, otra vez será!

Abuelo solía reprenderme más de una vez. “Cuidado, no tires esos azulejos… No toques ese saco que está roto… Quita, no molestes, que tienen que pasar con los tablones… Sal a jugar a la plaza” Cuando ya me daba cuenta que se estaba cansando de verme entrar y salir, le preguntaba.

-          ¿Abuela no va a venir?

-          No creo. Estará en casa preparando la comida.

                Palabras mágicas. Nueva carrera por toda “Vista hermosa” hasta llegar a mi destino. Me paraba en seco antes de entrar. Aguzaba el oído:

                “Ponck, ponck, ponck”

                ¡Oh, maravilla! Ese sonido. Me quedaba a la puerta, casi saboreándolo. Sabía exactamente qué lo producía y dónde. Cerraba los ojos para escucharlo mejor:

                “Ponck, ponck, ponck”

                Entraba sigilosa en esa habitación oscura donde estaba la cocina de gas. Allí, mi abuela Isabel, con su eterno moño y su no menos eterno mandil, se afanaba con las viandas.

                “Ponck, ponck, ponck”

                Siempre eran tres. Tres golpes secos, cada uno en una dirección pero los tres con la misma intención. 

                Cuando vio mi cabecita asomar, se detuvo un instante con el brazo en el aire, congelada, mientras me decía:

-          ¡Ay, los ojitos negros de Juanito! ¿Qué haces ahí parada como un ladrón? Vamos pasa.

-          Hola abuela. He venido corriendo sin parar.- Decía sin apartar la mirada de su mano, aún en alto.

-          ¿Quieres hacerlo tú?

-          ¿Puedo?

                Entonces me pasaba el viejo mortero de madera, agrietado, que ya no servía para majar. Era suave y de formas completamente redondeadas por los impactos. La superficie estaba tan pulida por el uso que casi se escurría entre los dedos.

-          Cógelo con fuerza con esta mano. Con la otra tienes que colocar la carne de esta forma. Un golpe en cada direncción. ¡Vamos, dale!

                “Ponck, ponck, ponck”

-          ¿Cómo lo estoy haciendo?

-          Muy bien. Ahora gira la carne y dale otra vez

-          ¿Por qué le pegamos?

-          Así queda mucho más tierna.

                “Ponck, ponck, ponck”

                De esta forma, poco a poco y con la infinita paciencia que da la experiencia de las abuelas, los pequeños filetes  multiplicaban su tamaño original, transformados en finísimas sábanas que saltaban en la sartén. Después, los colocaba en una cazuela de porcelana granate que tapaba inmediatamente cada vez que introducía uno. En unos minutos, los calores y vapores extraían de la carne ese juguillo delicioso que tanto me gustaba mojar.

                Mientras todo esto sucedía, yo esperaba ansiosa que lo dijera. Ella lo sabía, y fingiendo estar concentrada fregando, se hacía la remolona. Finalmente con su amplia sonrisa, más de ojos que de labios, soltaba la invitación:

-          ¿Quieres quedarte a comer?

                Ya estaba saliendo por la puerta gritando, “Siiiiii”

-          Mamá, mamá, mamá… ¿Puedo comer con abuela?

-          Pero Esther, es la una y media, ya tengo la comida a punto.

-          Porfi, porfi, porfi. Es que tiene filetitos de los ricos. ¡Y he ayudado a prepararlos!

-          Vale, puedes ir. Pero cómete todo, y pórtate bien, que si no abuelo…

                Esto último ya no lo escuché. A la media hora estaba sentada frente a un plato cubierto, casi completamente, por dos filetes que apenas superaban el grosor de una hoja de cuaderno. ¡Pero qué ricos me sabían!

                                                     Esther Cid Romero.