Isaías Santos Gullón - 29 de noviembre de 2017.

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“-No andes errante

y busca tu camino…

-Dejadme,

ya vendrá un viento fuerte

que me lleve a mi sitio”.

 

Regresa de una excursión una de mis amigas y trae un libro de León Felipe –no sé dónde lo podría encontrar-.

Se trata de “Nueva Antología Rota” (aumentado con “Guernica”, “Otro Relincho al Che” y otros poemas).

León Felipe debía usar una boina absurda que se ponía muy abombada por delante, unas gafas de linotipista de izquierdas, muy finas de montura, una barba de preso político en libertad y un aire de apóstol del pueblo, mártir de diversas causas y confesor de todos los pecados del mundo. León Felipe era un exiliado nato, lo cual no justifica en absoluto, naturalmente, el que tuviera que exiliarse por fuerza mayor o, simplemente de fuerza. Creo recordar, que se sostiene, que los exiliados se dividen en tres razas: El destruido por el exilio; el potenciado

por el exilio (que los hay) y el exiliado nato.

León Felipe es el máximo ejemplo del español nacido para exiliarse.

Nació en nuestra villa de Tábara, tenía el pie presto para el viaje por el mundo, para el azacaneo lírico, e incluso sus versos tienen una cosa andante, que va dejando un reguero de puntos suspensivos y que de pronto llegan a una palabra toda ella escrita en versales, como

esos carteles indicativos que hay en los cruces de caminos.

La palabra suele ser “libertad”, “hombre”, “viento”, “muerte” y cosas así. León Felipe es inclasificable generacionalmente y a lo que más se parece es a un poeta joven que empieza. Cuando se empieza a hacer versos se escriben así, con muchos puntos suspensivos, muchas

interrogaciones, muchas mayúsculas. Es un modo de tipografía adolescente que León Felipe mantuvo toda su vida, quedando así como un adolescente con barba de centenario, que defendió siempre con el mismo vigor los grandes ideales de la libertad, la justicia, la verdad y

el hombre.

León Felipe es un bardo declamante, una figura de pórtico de catedral que se ha echado a andar por los caminos, un profeta en su tierra, un hombre soberbio y errante.

Toda la confusa galaxia anarcolírica y justiciera de León Felipe, yo creo que se concreta gracias a la guerra civil, se precisa, se afila y ya entonces sus poemas y sus declamaciones tienen un perfil exacto, una columna en torno a la cual se trenza la enredadera de su palabra.

Era de esos escritores que necesitan enemigo, y que la guerra se lo dio.

Tenía el sentido violento de la libertad y de la justicia y en una era angosta había andado perdido por los caminos, como anduvo don Quijote luchando con venteros y

yangüeses.

Algunos hablan de la “guerra del tiempo” y a León Felipe le tocó un “tiempo de guerra” que era lo que necesitaba.

De guerra y exilio. Entonces pudo levantar su voz y poner el gripo lírico de su verso en el cielo de América.Era caminante que ni siquiera hacía camino al andar, sino que sólo iba dejando tras de sí la grande polvareda en la cual perdimos al don Beltrán de la Patria.

Como no pertenecía a ninguna escuela, a ninguna generación, a ningún estilo, sino que está entre el salmo y el panfleto, con alguna guedeja de modernismo –pero de un modernismo pobre-, no quedará León Felipe catalogado debidamente en los manuales de Literatura, pero quedará siempre como el español tipo, eso, español, andarín que gusta de hacerlo todo a pie, porque cuando se sienta le invade la cólera.

León Felipe encarna al héroe nacional, a ese héroe antioficial, un poco desastrado, quijotesco,

desvencijado, nobilísimo, sin talón de Aquiles, pero con calcañares que eternamente será víctima de los curas y bachilleres del país.

León Felipe se nos está olvidando –mejor no le hemos recordado nunca- ¡y es una pena!…

…Pero ya lo dijo él: “Qué lástima que yo no tenga una patria”. Aunque eso no sea del todo cierto.

 

LUISA

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 17/6/1975.