Isaías Santos Gullón - 23 de abril de 2018.

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Segundo premio de nuestro III Concurso Literario

Como un ser viviente flotando entre la bruma, el pueblo se despereza entre los cerros pardos o claros de surcos y mieses. Canta el gallo por las calles de tierra. Comienzan a arder los leños en los hogares. Suenan esquilas por los corrales.

Van quedando atrás las últimas casas que despiertan a la brisa fresca de la mañana. Camino despacio tras la yunta de mulas pardas. Pienso en María, que atiza la lumbre en nuestra casa de adobe, enjalbegada y roja de geranios.

¿Recuerdas, María, nuestro primer hijo? Olía a sangre fresca y los gorriones volaron asustados al llanto resplandeciente de una vida nueva. Una lágrima corría feliz por mi rostro tembloroso.

Por los senderos de polvo y cardos caminan los labradores hacia sus espigas, hacia el pan de esta tierra reseca y dura.

María, mi fiel compañera, mi esposa, recorremos juntos un largo camino de espinos y frutas. Oigo tu risa alegre de aquellos años cuando temerosos de ser vistosÉ nos cogíamos de la mano entre las frondas de la ribera.

Las aguas ocres del río marchan silenciosas entre cañaverales, por blancas espumas y olas breves, hacia el infinito de la simetría dorada de los surcos.

¿Sabes, María? Quizás nunca te lo dije, pero creo que es amor lo que por ti siento. Te veo ahora, con tu sonrisa apagada y tu pañolón negro, caminando entre el tañido de las campanas hacia las bóvedas frías y lúgubres de la iglesia.

El sol va levantando su disco de oro sobre las mieses ondulantes. En la piedra verdinegra una fuente rompe sus cuatro chorros de cristal.

Había flores blancas aquella mañana de boda entre los santos de piedra. Rodaban lágrimas por los surcos de tu tez bruñida, llorabas, María, ¿te recuerdas?, por nuestra hija que ya no era nuestra.

Huele a paja aventada y el aire mece los negros cipreses del cementerio. Quizás en las noches de luna las ánimas de labriegos e hidalgos se reúnan por sendas olvidadas entre las tumbas.

Eres feliz, María, contemplando la risa de nuestro nieto. Las arrugas de tu cara tostada por mil soles dibujan una alegría sin fin.

El pozo, blanco y quieto, me espera entre el verdor del huerto. Comienza ya la calma calurosa de una mañana de julio. Por los campos las máquinas rasuran las espigas de trigo y cebada.

Hoy, cuando el mediodía tueste el silencio de la tarde que empieza, te esperaré. Aparecerá tu silueta negra y cansada, María, entre el polvo y la sed del camino, algún pájaro volará a tu paso de los árboles del lindero. Luego comeremos juntos pensando en nuestros hijos que ya no están.

Al atardecer el horizonte sangra por los surcos segados bajo el chillido de golondrinas negras.

Estamos solos, María,   y otoñecen nuestras vidas, cojámonos otra vez de la mano y sigamos sonrientes el camino.

 

Por Jesús-E. Llamas Renedo

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 15/9/1973.

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