Isaías Santos Gullón - 28 de abril de 2018.

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Crepita el fuego en la baja cocina de una humilde casa de pueblo. Un par de tarugos de leña y algunas pajas llameantes reflejan su rojo vivo en el rostro de Manuel.

Fuera, en la calle, la lluvia cae formando barro. Claro, son pocas las calles empedradas y menos las asfaltadas... y eso que el señor alcalde siempre está luchando por mejorar el pueblo. También hace frío, por eso da gusto el calorcito de la chimenea.

Está sentado en su silla, casi tan vieja como él. Hoy, quizá por el día gris, que le ha obligado a quedarse en casa, quizá porque hoy cumple en el silencio de su hogar sus setenta años, Manuel está pensando, y pensando recuerda y añora...

Entre estas mismas paredes nació. Si su madre no hubiese muerto volvería a contarle como tantas veces lo hizo, sus travesuras. Ella siempre decía: “Mi Manuel es trasto, pero bueno...”.

Sí, Manuel era aquel niño travieso que el tiempo ha madurado. Hoy, es uno más entre los hombres del pueblo, curtidos a fuerza de soportar el frío y el sol, de manos ásperas, gruesas... Es un hombre sincero, llano, noble, amigo de todos los vecinos. Su vida es monótona, tranquila, sosegada.

Antes, cuando tenía sus 10 ó 12 años, como todos los niños tiraba piedras, rompía pantalones saltando vallas, o corría tras alguna niña miedosa para asustarla con sus petardos de fiesta. Ahora, cuando cada agosto llega el día de la Virgen, su papel ha cambiado, aunque con envidia reñirá a los niños que hagan lo que él hacía.

Sí, el tiempo lo cambia todo. Manuel fue creciendo y haciéndose hombre, más tiempo en el campo sembrando, segando y trillando que en su casa.

Conoció a la chica más guapa del pueblo. No lo era, pero a él le parecía y se casó con ella. Fueron felices. Luego aparecieron los niños. Como él de trastos. La abuela también les reñía. Manuel soñaba con que sus hijos vivirían con él, se casarían allí y le ayudarían en las faenas del campo. Pero no fue así. Primero se fue Manuelito a Alemania. Cuando volvió de la mili le dijo: “Mire padre que aquí no se gana dinero, que quiero irme al extranjero...”. Hubo discusiones, pero se fue. Y allí se casó con una alemana a la que no le entiende nada cuando vienen a verlos por la fiesta. Ya tienen dos niños.

Y la pequeña María Ángeles, tan bonita como un verdadero ángel, también se fue. Se casó con un mozo del pueblo y los dos se fueron a Francia.

Hoy ha tenido una carta de su hija felicitándole su cumpleaños, pero Manuel no ha escrito. ¿Se habrá olvidado? Está tan lejos...

Se abre la puerta y el señor Fulgencio grita desde ella: “Manuel”. El señor Fulgencio es el cartero del pueblo.

 

Por Marisol Acosta

(Trabajo seleccionado en el II Concurso Literario, organizado por la Comisión de Festejos del año 1972.)

Publicado en la página ocho CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 22/11/1973.

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