Isaías Santos Gullón - 05 de junio de 2018.

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Por PEDRO “AMARO” [hijo]

Miradla con el mismo respeto que a una flor; con el mismo candor que a una golondrina. Pues tan excelsa y honorable dama fue el primer rayo de luz que la aurora me regaló; el primer manantial que la vida puso en mi camino. Efluvio inagotable de saber. Fuente mágica: que cuanta más sapiencia da, más mana.

La volví a ver el verano pasado, después de muchos años Ð (más de un cuarto de siglo) -, y no la conocí. A pesar de resultarme familiar su cara, familiar su bonachona sonrisa y, sobre todo, el timbre de su voz, hubiera jurado que jamás la había visto antes. Por eso, mi corazón palpitó con fuerza al oír su nombre. Ese nombre que yo tantas veces había pronunciado siendo niño y que nunca había vuelto a oír. Más aún, jamás conocí otra mujer que se llamara de ese modo.

Me acerqué a ella, la saludé y, cuando la emoción me lo permitió, le dije quién era.

En seguida me reconoció—, ¿Cómo puede un artista olvidarse del nombre de sus obras? Pues yo, en parte, fui obra suya. Ella fue la primera mano que empezó a cincelarme. Fueron su suave voz y su paciencia quienes me enseñaron el ÒabcÓ de la vida; a deletrear, a pronunciar con la debida entonación palabras tan sublimes como “amor”, “dedicación”, “entrega”... y a escribir. Así fue como aprendí a escribir su nombre a la par del mío propio.

Todos esos años transcurridos (años difíciles de mi juventud llenos de ilusiones y desengaños, de horizontes despejados y encrucijadas, de devaneos de forcejeo constante entre la virtud y el vicio que habían ido fortaleciendo mi cuerpo y templando mi espíritu hasta convertir en hombre el despavorido párvulo) se habían ido cargando uno a uno sobre sus espaldas, como queriendo doblegar a aquella frente que siempre había caminado erguida por el mundo gracias a ese probo engañador, que es: el haber ejercido, con decoro, la noble profesión del Magisterio. Y aunque sus piernas, resentidas bajo el peso de su cuerpo, caminaban con marcada lentitud; su voz, - esa voz que tantos cariñosos reprochas y acertados consejos me diera-, había ganado suavidad y ahora sonaba en mis oídos como una melodía. Y su boca, al sonreír, dejaba escapar esa afabilidad que siempre la caracterizó.

Aquella noche no pude dormir: pensando. Pues ella me había traído a la memoria mis años niños (amorosos años: en los que los azotes de la madre y los pescozones de la maestra no pasan de ser meras caricias), mis primeros días de colegial, mis primeros juegos y canciones, - juegos y canciones que ella me enseñara-, en fin, todo el escenario, personajes y tinglado que me ayudaron a representar, -en el gran teatro del mundo-, aquella primer parte, aquel primer acto de mi vida, que ahora, a pesar del tiempo, al descorrer ella el telón, volvía a revivir.

Por eso, más de una vez, en el silencio de la noche, me oí llamándola como cuando era alumno suyo: -¡Doña Casiana!, ¡Doña Casiana!-.

¡Casiana! ¡Qué dulce nombre puso Dios a mi primer maestra!

Julio de 1974

“GUALDA”

(NOTA: Con este nombre lema pseudónimo participó el autor en el IV Concurso Literario Vila de Tábara sobre MI MAESTRO, en que se le adjudicó el primer premio por este trabajo escrito.)

Por PEDRO “AMARO” [hijo]

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 27/8/1974.

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