Isaías Santos Gullón - 10 de junio de 2018.

escuela franquista

Segundo premio del IV Concurso Literario

“Villa de Tábara”, presentado por doña Juana Gil, maestra en Cádiz.

“Discutir en las comisiones, redactar artículos, modificar las estructuras... sin duda es útil. Escribir un libro, pintar cuadros, esculpir una estatua es bello. Pero educar a un niño es ir aún mucho más lejos”.

Hermoso fue el amanecer de un día de verano, cuando poco a poco, casi insensiblemente, la noche avanzaba con aires de vencedor que todo lo conquista.

Hermoso fue el despertar de un niño profundamente dormido y que paulatinamente iba abriendo sus inocentes ojos, encontrándose con la mirada de una madre que estuvo esperando largo rato con ansia ese momento, para recoger con inmensa alegría la primera mirada, la primera sonrisa, el primer movimiento de su hijo idolatrado.

Pero infinitamente más hermoso fue el despertar de mi maestro a su vocación: una rosa que pugnó por abrirse cada vez más, asomarse al exterior, difundir en torno suyo el aroma que encerraba en su corazón, y como savia pujante subió por el tronco, se filtró por las ramas y estalló a borbotones formando capullos, flores, pámpanos, hojas, cubriéndose su escuela de un bello manto verde esmaltado con los más variados y caprichosos frutos.

En la edad de nuestras ilusiones, de nuestras esperanzas, del canto, de la alegría, de la actividad, del dinamismo, de nuestras pequeñas ilusiones y empresas, en la edad más bella y florida: nuestra infancia, mi maestro aprovechó bien esa vitalidad, esa fuente de energías, esa actividad, ese verdor y frescura de la inteligencia y del corazón, esa felicidad de nuestro pequeño ser.

“Nadie será coronado sino aquel que haya luchado con valor con ánimo esforzado, con generosidad y sacrificio”. Esta gran verdad del Apóstol fue llevada a cabo por nuestro maestro, joven y diligente, enérgico y decidido, que luchó para alcanzar una brillante carrera, labrarse un risueño porvenir.

El Magisterio era para él una paternidad, se sentía un verdadero padre de los niños, se encontraba feliz entre ellos, me atrevería a decir aún más: ser maestro era como una especie de sacerdocio sagrado ya que su ejemplo y sus palabras eran de un predicador continuo y la voz de su predicación tanto más eficaz cuanto más en contacto con los habitantes donde vivía.

Puede cambiar el carácter de nuestro pueblo puesto que las sucesivas generaciones van pasando por sus manos.

Su alma fina, pura, percibía de modo singular la poesía y belleza derramada a manos llenas en la creación. Encontraba sus encantos en el campo, en la nieve, en los ríos, en las montañas. Gozaba mucho en primavera, pues una de sus mayores satisfacciones era salir al campo, sentarse en un lugar delicioso y pintoresco y allí contemplar, leer y escribir; la pluma le servía de cauce para dar salida y expresión a los sentimientos más íntimos de su alma, pero siempre en relación con la escuela y los niños.

Su labor pasaba desapercibida como el color ceniciento del romero que nuestro gran poeta León Felipe cantó.

Mi maestro, profeta de comunicación indirecta, se afirmó en el deseo más apasionado de comunicarse con los niños, por amor a la meta que se había trazado, ese fin tan duro y difícil. Nos ayudaba a descubrir nuestros recursos, nos invitaba a participar en la gama de interacciones sociales, mentales, emocionales y estéticas que comportan nuestro proceso de aprendizaje.

De todas sus misiones la que mejor llevó a cabo fue la de liberar energía, en la escuela nadie se sentía con complejos, con cargas emocionales, nadie se hallaba rechazado y todos nos hallábamos implicados en aquellas tareas que él dulcemente nos imponía con amor. Nunca desconfió de nosotros y siempre respetó nuestra pequeña pero a la vez gran capacidad.

Sabía olvidar y perdonar con generosidad. Sabíacorresponder con sincero agradecimiento a los favores y atenciones que se le hacían.

La palabra, el gran don que Dios concedió al hombre y que le hacer ser rey de la creación, fue el medio más eficaz y convincente para atraer a sus pequeños para conquistarlos. Su hablar era fluido, su dicción mesurada, distinta y clara, su conversación interesante y amena. Lo considerábamos como la fuente inagotable de saber, como poseedor de la verdad y de la autoridad indiscutible.

Nuestra clase era un verdadero grupo humano, infantil pero grupo, donde la organización, la disciplina y el método no pasaban desapercibidos.

¡Maestro mío! La labor educativa que realizaste con tus alumnos y que sigues llevando a cabo no quedó encerrada en el marco de tu escuela. Tu labor sigue prolongándose al medio que te circunda: a las familias de tus alumnos, al vecindario, a las autoridades, en una palabra a nuestro pueblo donde ejerces tu función docente.

Toda tu vida es un ejemplo permanente. Tu hacer diario es el paradigma que influye constantemente en todos y cada uno de cuantos te rodean.

La acción de tu escuela transciende y va impregnando poco a poco la actuación de tus alumnos. Su influencia sobre el mundo circundante es unas veces callada e imperceptible ya que opera en el fondo de las almas y sólo trasluce en el cambio y mejora de la mentalidad, la conducta y las relaciones sociales. Pero otras veces esta influencia escolar se materializa en realidades tangibles que son a su vez nuevas cabezas de puente para la expansión de la labor educativa.

No te cerraste a los cambios de la sociedad, ni te adaptabas a todo sin un sentido crítico, puesto que tenías una meta clara que orientaba tu ideal: Formar personalidades que serían los líderes de esa sociedad en un futuro próximo, y tú tenías la posibilidad y responsabilidad de configurar ese mañana.

Tú no has mirado al futuro, lo has construido y formado hombres que serán señores de las cosas. Tú nos llevaste a ese esfuerzo del descubrimiento y expresión personal, a esa confianza en nosotros mismos, a esa ocasión para poder ejercitarnos en el uso de la libertad.

Los años separan, alejan, las maneras de ver la realidad que son muy distintas, pero tú hiciste ese gran esfuerzo para ver los problemas tal y como nosotros los veíamos, para ver el mundo desde nuestro mismo punto de vista.

Nos comprendiste, trataste de entendernos, de interpretar adecuadamente nuestra conducta, valoraste nuestros trabajos, reconociste nuestros méritos y nos hiciste justicia. Nos enseñaste no sólo con tu doctrina, sino con tu vida, con tu persona.

Formar hombres capaces de crear nuevas respuestas a nuevas situaciones, hombres dispuestos a afrontar lo que nunca ha sido, abiertos, capaces de dialogar, capaces de llevar el timón de la vida, es lo que tú has hecho. Por eso vamos seguros por un mundo propicio a la confusión y encontraremos nuestro propio camino en una sociedad compleja y cambiante.

Te supongo todavía extraordinariamente ilusionado por el ejercicio de tu profesión, entregado en cuerpo y alma a la educación de esos niños de hoy, creando un ambiente favorable para la formación integral de esas almas puestas en tus manos, pues el bien de tu escuela es el bien de tus alumnos y en definitiva el bien de la educación que constituye tu vocación e ideal.

FUISTE MAESTRO DE VERDAD, PUSISTE EL CORAZÓN EN LA ESCUELA, IBAS A DAR NO A RECIBIR; TE ENTREGASTE.

 

Juana Gil, maestra en Cádiz.

(NOTA: Juana es de Faramontanos, nieta del señor Balbino.)

 

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 20/9/1974.

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