Isaías Santos Gullón - 22 de junio de 2018.

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La propia Manuela Vicente Ferrero ejerciendo de maestra

Trabajo presentado al IV Concurso Literario “Villa de Tábara”.

No acudo a este emocionante concurso literario, con la ambición de conseguir un premio, para mí carente de valor.

Cuando se han cruzado determinadas fronteras, el espíritu deja de saciarse con las vanidades humanas y sólo aspira a nutrirse con lo inmortal e imperecedero.

Pero me hace ilusión, una ilusión muy grande el poder gritar una vez más la admiración, gratitud y acendrado cariño de los que en esta villa de Tábara fueron mis maestros: el matrimonio Tejada Rosón, don Isaac y doña Paula, que durante muchos años ejercieron ahí su profesión.

Sólo cuando se es madre, puede comprenderse lo que esto significa: Amor, abnegación, sacrificio..., llorar sonriendo y desafiar con las fuerzas que ese amor da, todo lo que pueda ser obstáculo para la felicidad del hijo amado.

Igualmente resultará incomprensible a quien no haya dedicado su vida a la docencia, los valores extrahumanos de los que a ella se dedican.

Labor callada y silenciosa... Sembrar... sembrar siempre, procurando una cosecha pródiga en frutos que más tarde otros recogerán.

No importa quiénes, el caso es sembrar... Amor que destierre odios origen de guerras fratricidas. Cultura que ahuyente la ignorancia, causa de muchos males.

Elevados ideales que obliguen al hombre a pasar por la tierra sin pisar el suelo.

Maestros con mayúscula que lo dan todo sin preocuparse de recibir nada.

Y así eran ellos, los que forjaron mi espíritu desde la infancia, los que señalaron mi camino quitándole escollos para que no desmayara en la ruta antes de llegar a la meta.

Cuando mi vanidad, buscando horizontes más halagüeños me incitaban a desertar del campo de la enseñanza, ellos, vigía siempre en situación de alerta, me hicieron retroceder.

-“Dios y España te necesitan”- me dijeron. Y yo me creí importante.

A ellos debo la felicidad de mi vida, dedicándome a un trabajo que ha sido alivio en mis angustias y consuelo en horas de tremendo dolor.

Entregarse..., dar..., no ser uno mismo para ser de los demás; de los que te necesitan, de los que precisan una mano para levantarse si están caídos.

Ese fue el ejemplo que nos dieron aunque sus alumnos – discípulos mejor- no hayamos sabido seguirlo.

Aun no comprendo cómo podían realizar el milagro de su enseñanza, casi sin medios materiales y un batallón de chiquillos a su cargo.

En aquel entonces, sólo había dos escuelas, una de cada sexo. Los niños del arrabal de San Lorenzo, también iban a Tábara. Pasábamos del centenar, lo mismo en la escuela de niños que en la de niñas.

De la calidad de su enseñanza hay testimonio fehaciente.

En esta época no había un solo analfabeto, le oí muchas veces a don Isaac jactarse de ello. Y yo, personalmente puedo afirmar que en matemáticas y lengua, llevé base sólida para toda mi carrera.

Los inspectores en su visita, dejaban siempre su “VOTO DE GRACIAS” con un caluroso elogio.

Como es lógico, por el tiempo transcurrido, han pasado a una vida mejor; a disfrutar el premio que Dios tiene reservado a los que le sirven.

Doña Paula, está enterrada ahí. Su sepultura estará desdibujada, pero su espíritu aún queda latente entre las que fuimos sus alumnas.

Murió mártir de su profesión. El exceso de trabajo fue minando su frágil y delicado organismo.

Sustituida por enfermedad, veía con pesar que la enseñanza iba dejando lagunas que después le iba a costar trabajo llenar.

Y volvió a su quehacer, olvidándose de sí misma y haciendo caso omiso del consejo médico.

Un triste día de otoño tuvieron que trasladarla de la clase a su lecho del que no volvió a levantarse más.

Lo recuerdo como si fuera ayer y han transcurrido cuarenta y seis años.

Yo, maestra ya, ocupé su puesto en la dirección de la escuela y pasaba las horas libres junto a su cabecera; pocas por cierto, porque el mal, con hondas raíces, fue rápido y fatal.

Fue lo último que habló de una manera consciente.

Estaba con los ojos entornados cuando entré y no quise turbar su reposo. Al abrirlos y encontrarse con los míos, sonrió envolviéndome en una mirada de ternura.

-“¿Estabas ahí ... ? ¿Hace mucho tiempo...? Verás... He soñado una cosa muy bonita. Te he visto como iluminada por una luz extraña...

Muchas niñas vestidas de blanco te rodeaban llevándote preciosas flores que tú recogías y con las que ibas tejiendo una corona... De pronto... muchas manecitas en alto; colocaron esa corona sobre tu cabeza.

Y así ha de ser... sí..., el triunfo será tuyo...”.

Su respiración se tornó fatigosa. Llamé al resto de la familia pero ya no pudo decir nada coherente. Su precioso corazón dejó de latir y el nuestro se estremeció también en agónica congoja.

Por la misericordia de Dios, su predicción se ha cumplido, tal vez porque procuré seguir la línea por ella marcada.

Hoy, aprovechando este motivo, quisiera llegar a su tumba en alas del pensamiento y depositar en ella como homenaje, la aromada flor de un recuerdo imperecedero de gratitud y cariño.

MANUELA VICENTE

Publicado en la página seis CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 25/12/1974.

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