Isaías Santos Gullón  - 09 de febrero de 2019.

 

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA en El Correo de Zamora de 16/10/1973.

Durante los primeros días de octubre se está llevando a cabo la recolección de la uva, que este año es bastante abundante en toda la comarca. Ha habido a última hora un descenso de precios, con perjuicio para los viticultores que dejaron para el final la vendimia e hicieron antes las faenas de sementera.

EN LAS VIÑAS

La tarde es un puro gozo, una limpia delicia. Todo en su sitio, al sol del primer otoño, que aquí, en tierras tabaresas, suele ser de una espléndida generosidad. Digo que todo está en su sitio porque los hombres y las cosas parecen recrearse en su ser, en su estado y en su destino, sin pedir ni un céntimo más. Y así, en esta placidez humilde y saludable, ¿cómo van a existir tensiones ni depresiones?. La luz, el aire y la temperatura, diríase que exclaman sin palabras: ¡Arriba los corazones!.

Vamos a echar la tarde a viñas, que este año presentan un aspecto inmejorable. Me esperaba Javier a la puerta de la carpintería para irnos por ah’: primero a una de las viñas; después a su bodega. Siguiendo el curso de la carretera, llegamos por fin. Esta viña, recostada en una suave colina, casi una llanura, como aconsejaba Virgilio, es un pequeño paraíso. ¿Qué te parece esto?”, me pregunta Javier, puesto en jarras y dando una lenta vuelta con los ojos al paisaje, como si me enseñase un pura sangre o ¿me atrevo a decir- el primer día de la creación?. Se sonríe, pero casi se le saltan las lágrimas, al ver los racimos de uvas tersas, restallantes, delicadamente pesadas y transparentemente jugosas. Solicito información, comprobación de nombres: pámpanos, pimpollos, sarmientos. Hay quienes confunden estas cosas. Me voy enterando de las distintas clases de cepas. “Esto es gamocha. Esto, tinto del país. Esto, tempranillo. Esto moscatel. ¡Mira este racimo!, es una gloria; es como un milagro...”. Javier coge los racimos cual si fueran niños pequeños, cual si fueran, y lo son, mágicas onzas de oro.

He aquí un hombre feliz, un enamorado de lo suyo: de su familia, de su carpintería, de sus viñas, de su bodega, de su pueblo. Su dicha no puede ser mayor, más serenamente cumplida. ¿Se puede vivir con poco sin dejar de mirar al cielo?, ¡Dios sobre todo!, y hoy muchas gentes no saben vivir”. Javier es la ponderación, la fidelidad a la tierra, la conformidad alegremente cristiana. ¡Gente de oro! digo yo, a la que tiene sin cuidado las habladurías de los demás. Nos pasamos la vida dando vueltas a unas pocas cosas, siempre las mismas, seamos quienes seamos, estemos donde estemos, y en cuanto nos salimos del tiesto, algo ya no va bien.

De la viña, a la bodega, para merendar antes de que se ponga el sol. Los crepúsculos ahora son rapidísimos. Todavía hay sol, muy poco ya. En cuanto se meta, se nos echará, en seguida, la noche encima”.

Regresamos cantando en silencio y brindando por la amistad del carpintero y vitivinicultor, gran señor de sí mismo, un hombre de Tábara, que se ríe con su júbilo y con pena, de las estridencias de esta hora confusa del mundo.

LUISA

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