- Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece detenerse. Momentos en los que una comida, una conversación o una fotografía son capaces de devolvernos de golpe a aquellos años en los que todo estaba por descubrir. Eso es precisamente lo que han vivido los quintos del 46 de Tábara, que han vuelto a reunirse para celebrar una fecha muy especial: su 80 aniversario.

Fue en 1996, cuando esta quinta decidió reunirse por primera vez para conmemorar sus 50 años, una iniciativa que nació con ilusión y que fue acogida con enorme cariño por todo el pueblo. Desde entonces, aquella idea se convirtió en una bonita tradición que año tras año sigue reuniendo a generaciones de tabareses y tabaresas para celebrar la vida, la amistad y el orgullo de pertenecer a un mismo lugar.
Los quintos del 46 han mantenido vivo ese vínculo celebrando sus encuentros a los 50, 60, 65 y 70 años. La llegada de los 75 tuvo que esperar por culpa de la pandemia, pero la ilusión permaneció intacta y, una vez más, volvieron a encontrarse para compartir un día lleno de emociones.

Porque ochenta años dan para mucho. Dan para una infancia vivida entre las calles de Tábara, para juegos, risas, y más de una travesura y aquellas pequeñas historias que, con el paso del tiempo, se convierten en los grandes recuerdos de una vida. Dan para recordar a aquellos compañeros de juegos, a los amigos de la escuela, a las familias y a todos aquellos rostros que forman parte de la memoria colectiva de un pueblo.
La vida llevó a cada uno por caminos diferentes. Muchos tuvieron que marcharse muy jóvenes buscando nuevas oportunidades; algunos llegaron incluso a otros países. Otros permanecieron en Tábara, construyendo aquí sus familias, sus trabajos y sus historias. Pero, lejos o cerca, todos llevaron consigo algo que nunca se pierde: la huella del pueblo que les vio nacer.
Porque Tábara no es solo un lugar en el mapa. Para quienes crecieron en sus calles es una parte de su propia historia, un sentimiento que permanece vivo con el paso de los años. Es el recuerdo de los primeros amigos, de los vecinos, de las fiestas, de las tradiciones y de una infancia compartida que, aunque quede lejos en el calendario, sigue estando muy cerca en el corazón.

La jornada comenzó con una visita al Centro de Interpretación de los Beatos, un espacio que permitió a los quintos reencontrarse con una parte fundamental del patrimonio y la historia de su pueblo, recordando con orgullo aquello que hizo y hace grande a Tábara.

Después llegó el momento más esperado: la comida de hermandad. Una mesa llena de conversaciones, abrazos, recuerdos y anécdotas. Una sobremesa de esas que parecen no tener fin, porque cuando se juntan tantos años de vida compartida siempre hay una historia que contar, una sonrisa que recuperar y un recuerdo que volver a disfrutar.
También hubo un momento para la emoción y para tener presentes a quienes ya no pudieron estar físicamente en este encuentro. Aquellos compañeros que forman parte de esta quinta y que siguen acompañando desde el recuerdo y el cariño.
Ochenta años después, los quintos del 96 demostraron que hay lazos que el tiempo no rompe. Que las distancias no borran los recuerdos y que volver al lugar donde empezó todo tiene un significado especial.
Porque al final, más allá de los años cumplidos, lo que permanece es lo verdaderamente importante: la amistad, la memoria y el orgullo de seguir diciendo “somos de Tábara”.






















