Esther Cid Romero – 01 de noviembre de 2017.

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          Dos botellines, una gamba y una de éstas –  pidió mi hermana, mientras señalaba con el dedo una bandeja de tapas variadas.

Es la hora del aperitivo de un sábado a finales de septiembre. El bar está muy concurrido. La estrategia es la que siguen las gentes de alcurnia en los convites de postín. Coger la consumición y retirarse para que otros puedan pedir la suya.

En éstas estamos cuando entró Miguel. Venía con ropa de faena y oliendo a humo de lumbre.

          Un tinto de Toro.

          ¡Eh, al menos podía usted dar los días! Le dice Isamari riendo.

          ¡Uy! Ni os había visto. Vengo con el tiempo justo.

Miré la hora en el móvil

          ¿A qué tanta prisa, si no es ni la una y media?

Cogió su copa, saboreó el primer trago y se acercó un poco.

          Hoy he tenido que madrugar un huevo. Como no llueve “ni pa dios”, hemos decidido vendimiar ya, no siendo que luego le dé por caer alguna granizada y nos joda. Este año no hay casi uva, pero algo podremos hacer.

La verdadera filosofía, la sabiduría más pura, aparece en lugares  familiares y  cuando menos te lo esperas.  Siempre he considerado las tabernas como auténticos templos del saber universal. En los días en que la  gente se relaja, momentos en los que sólo quiere distraerse y pasar un rato con amigos, cuando la charla es más intrascendente, ahí aparece una idea preclara que te deja con la boca abierta.

En esta ocasión mi hermana y yo fuimos testigos privilegiados de uno de estos hitos. Miguel siguió hablando.

       23131474 2150257391667049 1567179874 o   Claro que lo fundamental no es el número de litros que haces, ni si quiera si  el vino está más o menos rico, la uva de por aquí no es muy allá, lo importante es con quien lo bebas.  Precisamente ahora vengo de poner unos leños  y la carne ya está con el aderezo. Sumarrito y unas chuletas de un dedo de grosor. ¡Ah, y las tiras de panceta, que no falten! Pues todo eso con unas cuantas botellas que tengo en la bodega. Unas mías y otras que me han ido regalando. Y  hasta que no acabemos todo, no nos levantamos. ¿Para qué trabajamos si no es para estas cosas? ¡Uy cuando me jubile, cuando me jubile…!

Se detuvo un instante para permitir llegar a la barra a un grupo de clientes, que pedían sus consumiciones mediante gestos. Después continuó.

           El vino es mucho mejor que los cubatas y esas guarrerías que toman ahora. Los jóvenes deberían espabilar un poco y darse cuenta de lo que es bueno de verdad. Creo que no saben pasarlo bien. Lo digo porque cuando salgo por ahí, me da la impresión de que beben  y se agarran unas toñas de campeonato pero no disfrutan, simplemente se emborrachan y luego dos días desaparecidos durmiendo la mona. Yo siempre he preferido ésto. Y pienso disfrutarlo hasta que me muera. Pero eso sí, nada de mariconadas. Que parece que ahora está muy de moda eso de quemarse y que tiren las cenizas en el mar, en el desierto o a tomar por culo. Será muy moderno pero a mí allí no se me ha perdido nada. Que se dejen de tonterías. Yo entero y en Tábara.

Entonces apuró su chato y como adiós nos regaló un simple movimiento de mano mientras salía por la puerta.

Mi hermana y yo nos miramos y casi a coro dijimos:

          Amén

Esther Cid Romero

31 de octubre de 2017