Pienso, luego digo – 17 de febrero de 2019.

                Cada vez que escucho a través de algún medio de comunicación la noticia sobre alguno o algunos desaprensivos que alegremente juegan con el dinero de los demás y lo van amasando para el beneficio propio,

me viene a la mente la imagen de un directivo Nipón que había llevado a su empresa a una crisis impensable y con lágrimas en los ojos, daba la cara transmitiendo lo apesadumbrado que se encontraba, demandaba perdón a todos los que había llevado a la más absoluta de las ruinas con su negligencia.

                También me venían a la mente, esas noticias de quienes jugando con el dinero de los demás, lo habían perdido y su conciencia no les permitía, seguir mirando a los ojos de aquellos a los que había arruinado y se quitaban la vida en un gesto que al final, dentro de la tragedia, les honraba.

                Seguramente eran otros tiempos o eran fruto de otra educación y otra mentalidad, en la que la honradez que habían mantenido a lo largo de su vida, era la que les permitía acceder hasta esos puestos de responsabilidad y su dignidad, les hacía asumir cada una de las desgracias ajenas que se producían por su incompetencia en las acciones que ejecutaban.

                Pero estamos hablando de personas dignas, de gentes que habían demostrado un alto grado de conocimiento, superior al resto de la Comunidad y llegaba ese momento en que únicamente les quedaba la aspiración de compartir su saber hacer, para la prosperidad de aquellos que habían confiado en ellos.

                Los tiempos van cambiando y desgraciadamente la evolución que estamos teniendo en algunos lugares, es cada vez peor y lo malo es, que estas malas prácticas, llegan a ser tan abrumadoras, que van haciendo callo y ya no llegan ni tan siquiera a cabrearnos, porque nos estamos acostumbrando a ellas y casi, hasta llegamos a considerarlas como normales.

                Las cajas de ahorros, han representado ese lugar que llegábamos a considerar como algo nuestro, donde los humildes iban depositando los ahorros que con mucho esfuerzo iban consiguiendo a lo largo de una vida de trabajo y estrecheces.

                Salvo honrosas excepciones, también eran el lugar donde se iban colocando, generalmente a dedo, a los amigos para cuando fuera necesario recurrir a ellos, no era necesario que tuvieran grandes conocimientos y hubieran demostrado dotes destacadas en su nuevo cometido, con tal que no supieran decir que no a la mano que les daba de comer, era suficiente.

                Se ha demostrado que se trataba de personas ineptas e incompetentes porque en la mayoría de los casos, no solo han llevado a las entidades que dirigían a la quiebra, han jugado con el esfuerzo y con el trabajo de la gente humilde, que es la que ha tenido que pagar cada uno de sus desmanes.

                Pero esta vorágine de malversación de los bienes ajenos, solo le ha afectado a los de siempre, ellos siendo conscientes de lo que les venía encima, se han procurado buenos colchones, para que cuando vinieran mal dadas, contar con las espaldas bien cubiertas para que el resto de su vida no les faltara de nada.

                Cada vez resulta más escandaloso el comportamiento de estos desalmados y parece que como la mala hierba, van creciendo y creciendo y no hay forma de cercenar su desarrollo.

                Seguramente, es porque han llegado a un grado de inmunidad que ya les da lo mismo, saben que si tienen la desgracia de que alguien destape sus vergüenzas, van a salir impunes de las tropelías que han cometido. Unos años sabáticos recuperándose del susto que les han dado, pero sabiendo que cuando hayan cumplido con ese ligero inconveniente, saldrán con las espaldas bien cubiertas para el resto de sus días.

                Algo no funciona en el sistema que nos estamos dando si estos incompetentes ni tan siquiera se sonrojan cuando son pillados in fraganti y lo peor de todo es que alientan a algunos a seguir su ejemplo.

                Qué lástima de esa justicia tan diferente, en la que son siempre los mismos los que pagan los platos rotos, mientras que los que los rompen, salen de rositas como si con ellos no fuera la cosa y el desaguisado que han ocasionado ya se encargarán de arreglarlo los que vengan, que para eso están.