• Cada verano Castilla y León vuelve a enfrentarse al mismo enemigo: el fuego. Cambian los pueblos afectados, cambian las hectáreas calcinadas y cambian los discursos oficiales, pero permanece una sensación preocupante entre muchos ciudadanos: la de que las lecciones nunca terminan de aprenderse. Las recientes críticas y movilizaciones sociales han vuelto a poner el foco en la gestión de los incendios, reclamando más prevención y mejores medios.
Cuando el monte arde y la política mira hacia otro lado

Durante años, después de cada gran incendio, llegan las promesas: más planificación, más vigilancia, más recursos y una mejor coordinación. Pero cuando las llamas vuelven a aparecer, la historia parece repetirse. Los políticos comparecen ante las cámaras, visitan las zonas afectadas y expresan su apoyo a los equipos de extinción, pero muchas veces la pregunta queda sin respuesta: ¿qué se hizo durante los meses en los que no había fuego?

El problema no es únicamente apagar incendios. Un monte abandonado, una población rural envejecida y una falta de gestión preventiva forman un escenario perfecto para que una chispa se convierta en una tragedia. La prevención no da titulares ni fotografías, pero es la verdadera herramienta para evitar que cada verano tengamos que lamentar pérdidas irreparables.

Los bomberos forestales y los profesionales que se juegan la vida frente a las llamas no necesitan únicamente aplausos cuando el fuego arrasa. Necesitan planificación, estabilidad laboral, formación y medios adecuados antes de que llegue la emergencia. Las denuncias sobre carencias dentro del operativo de extinción han aumentado el malestar entre quienes están en primera línea.

Mientras tanto, los ciudadanos de Castilla y León observan cómo sus montes desaparecen, cómo algunos pueblos pierden parte de su historia y cómo el paisaje que heredaron sus mayores queda reducido a cenizas.

El fuego no entiende de partidos políticos, pero la responsabilidad de prevenirlo sí exige decisiones políticas. Ya no basta con aparecer cuando arde el monte. La verdadera gestión empieza mucho antes, cuando nadie mira y cuando todavía hay tiempo para evitar la tragedia.

Porque el mayor incendio no es solo el que arrasa hectáreas; es el incendio de la memoria que parece no servir para cambiar nada.

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