(Serie: Tábara y los Beatos. La luz del Scriptorium II)
- El arte de crear códices y manuscritos en los monasterios medievales era una laboriosa obra de precisión y paciencia, que requería la dedicación de todo un equipo de monjes, cada uno con una tarea perfectamente definida. Desde la preparación del pergamino hasta la última pincelada de tinta, cada paso en el proceso de creación de los manuscritos era fundamental para lograr una obra maestra.

Los materiales más empleados para confeccionar estos códices eran, por supuesto, los pergaminos, hechos a base de piel de animales. El cordero y la oveja eran las principales fuentes de estas pieles, que se obtenían de los animales criados en los mismos monasterios. La carne no solo cubría las necesidades básicas de la numerosa comunidad monacal, sino que también la piel se convertía en un soporte duradero sobre el que plasmar las palabras y las imágenes sagradas.

El proceso de preparación del pergamino era largo y meticuloso. Tras el sacrificio de los animales, las pieles se desollaban y se sometían a varios tratamientos. Primero se raían, luego se adobaban, se estiraban y se pulían hasta obtener una superficie suave y resistente. Tras estos procesos, las pieles se sumergían en tinajas, donde se maceraban, y finalmente se raspaban para dejar la superficie lista para recibir la tinta.
Una vez que el pergamino estaba listo, llegaba el momento de plasmar en él las letras y las imágenes. Para ello, se utilizaban tintas que, a través de un proceso de maceración con carbón o metales férreos, adquirían la consistencia perfecta para ser aplicadas con herramientas precisas. Tinteros de cuerno ayudaban a los artistas a manejar la tinta de manera eficaz, y los cálamos de caña o las plumas de ganso o pato servían para extender las letras y los dibujos. Las tintas, de diversas tonalidades, se conseguían utilizando mucílagos vegetales o albúminas de huevo para darles la textura ideal.

Los colores eran obtenidos de fuentes naturales. Para el amarillo, el azafrán era el ingrediente más utilizado, mientras que el verde se conseguía con sulfato de hierro y el azul con sulfato de cobre. Para el blanco, se recurría a materiales como los huesos molidos. La miniatura, tan característica de los códices de esta época, utilizaba minio (bermellón), que es lo que da nombre a este arte. Este pigmento, creado con cinabrio en polvo y sulfuro de mercurio, adornaba las páginas con detalles de increíble belleza.
El uso de metales preciosos como oro y plata también fue frecuente en épocas posteriores, y estos se disolvían en diversas sustancias para ser aplicados en los pergaminos, añadiendo un toque de esplendor a las obras.

Cuando todos los pergaminos estaban terminados, la obra pasaba a la fase final: la encuadernación. Para ello, se utilizaba madera que, una vez forrada con cuero, aportaba la solidez y el soporte necesario para que el códice resistiera el paso del tiempo.
La creación de estos códices, como los famosos Beatos de Tábara, era una tarea que podía prolongarse durante años. El ritmo era lento, y la laboriosidad de cada detalle requería una paciencia y dedicación que solo los monasterios medievales podían ofrecer. De hecho, el Beato de Tábara es un claro ejemplo de esta dedicación: el artista Magius, quien comenzó la obra, nunca llegó a verla terminada, pues el proceso de creación era tan complejo y duraba tanto que muchas veces los trabajos quedaban incompletos por la marcha de los monjes o por las invasiones, como la de Almanzor, que arrasó muchos de estos centros de sabiduría.

A través de estos códices, los monasterios de la zona no solo preservaron el conocimiento religioso, sino que también jugaron un papel fundamental en la conservación de la cultura medieval en la península. Hoy, al recorrer Tábara y sus alrededores, es imposible no sentir el eco de aquellos monjes que, con sus manos y sus plumas, trajeron a la vida las historias y las imágenes que, siglos después, siguen siendo el testamento de un arte sin igual.
El eco de un pasado luminoso

El Scriptorium de Tábara fue uno de los centros más destacados del arte altomedieval europeo. En su torre, aún visible hoy, se copiaron y miniaron códices que iluminaron el pensamiento cristiano del siglo X. Los monjes tabareses, con Magius y Emeterio a la cabeza, dieron forma a los Beatos, comentarios al Apocalipsis de San Juan que se difundieron por todo el mundo hispano.
Aquellas manos anónimas, que mezclaron escritura y color, teología y arte, fundaron una tradición que proyectó la imagen de Tábara más allá de sus muros. Cada miniatura, cada inicial decorada, cada figura fantástica que puebla los manuscritos revela una sensibilidad que, más de mil años después, sigue asombrando a quienes la contemplan.

Hoy, el nuevo museo recupera esa herencia y la muestra con respeto y claridad, permitiendo al visitante reencontrarse con el espíritu creador de aquellos siglos oscuros que, paradójicamente, fueron tan luminosos.




















