Pienso, luego digo – 21 de febrero de 2019

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                 Recuerdo la primera vez que tuve la ocasión de contemplar un corzo en medio del campo, para alguien que como yo estaba acostumbrado a presenciar cada día la monotonía del asfalto de la ciudad, me resultó una experiencia especialmente hermosa, que siempre voy a recordar.

                Ha ido transcurriendo el tiempo y cada vez con mayor frecuencia, he vuelto a ver jabalíes, ciervos, zorros y he de confesar, que seguían causándome la misma sensación que tuve la primera vez que vi aquel pequeño corzo.

                Imagino que para los que se les conoce como urbanitas, este contacto con la naturaleza en todo su esplendor, provoca las mismas o similares sensaciones que yo había sentido, por lo que si en esos momentos me hablaran de la protección a la naturaleza, conservando estos animales, sin ninguna duda, mi respuesta sería que por encima de todo es preciso protegerlos.

                Con el transcurrir de los años no aseguraría que me he acostumbrado a la presencia de estos animales, pero sí puedo decir que ya no me causan la misma sensación que antes me producían.

                Al vivir cerca de ellos, he podido comprobar que en este mundo no todo es tan idílico como antes me podía parecer, porque he podido conocer la otra parte, he compartido las experiencias de quienes viven día a día las consecuencias que provoca la masificación de su protección.

                Las normas que regulan la conservación de estas especies, además de proteger la procreación abundante de algunos animales, los permisos que se subastan cada año para cazar ciervos, son solo atractivos por el trofeo que representa una buena cornamenta, las hembras, no representan ningún aliciente para quienes pagan por su caza y éstas se van reproduciendo de una forma significativa.

                También he ido conociendo las consecuencias que ese exhaustivo control puede acarrear para quienes siempre han vivido en la tierra que ocupa la fauna y dependen de ella para su subsistencia y cada vez es más difícil que puedan hacerlo.

                Cuando un agricultor dedica un importante esfuerzo humano y económico cultivando la tierra y espera que el tiempo haga que su trabajo produzca sus frutos y cuando la cosecha comienza a germinar y una buena noche, una manada de estos animales penetran en la finca y arrasan con toda la cosecha, la desesperación de ese hombre es digna de lástima.

                O cuando un ganadero que tiene en su rebaño puestas todas sus ilusiones para poder recuperar la inversión que ha realizado y obtener los benéficos merecidos por su esfuerzo y una manada de lobos destroza una buena parte de su camada, sin que se le resarza como se debe del perjuicio que se le ha ocasionado, también es para tomarlo en consideración.

                Pero, además de agricultores y ganaderos, todos nos encontramos expuestos a esta proliferación de fauna salvaje que va campando a sus anchas por cualquier lado.

                Son muy frecuentes los accidentes cuando circulas por una carretera y sin saber cómo ni de dónde ha salido, de repente te encuentras con uno de estos animales que se cruzan y por más que lo intentes, no puedes evitar el inevitable accidente, que cuando produce solo daños materiales te felicitas por no haber tenido peor suerte, porque al menos puedes contarlo.

                Imagino que muchos de los que tienen que tomar las medidas para conservar la fauna, lo hacen desde sus despachos en la ciudad, allí desde donde lo único que pueden ver es ese asfalto que les hace concebir lo idílico que es un espacio en el que campen a sus anchas todo tipo de animales.

                También los ultra defensores de esta protección, lo hacen desde la ciudad en la que viven y muy pocas veces se han puesto en la piel de quien sufre cada día las consecuencias de esta proliferación de animales.

                Creo que es necesario mantener un equilibrio, pero en la balanza entre los deseos y el sufrimiento, siempre debe inclinarse hacia estos últimos que son los que mejor conocen y padecen el problema.