SAF -. 16 de febrero de 2014.

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La matanza, antaño, era la fiesta familiar anual, que agrupaba a todos los miembros de la familia y pasaban tres días de intenso trabajo y sobretodo intensa vida social.

 

Comenzaba con la muerte del cerdo y a continuación había que aprovechar todo, desde la sangre para las morcillas, la manteca para cocinar durante el año, el aceite solo era de lujo y para los más afortunados. Con el manto se hacía el unto, que luego durante el año se utilizaría para dar sabor a las ricas sopas de ajo y otros platos típicos de esta zona.  Tampoco me quiero olvidar de los coscarones, hoy ya prácticamente desaparecidos, cocinados con la manteca, pan migado y miel o azúcar.

Estas tareas estaban reservadas a las mujeres, desentretiñar, las morcillas, preparar los mantos con la grasa y una vez se habían preparado las tripas con los primeros lavados, bajaban al arroyo de palomillo, este año me ha recordado aquella época con tanta agua, y allí terminaban de limpiar las tripas por ambos lados que después, cuidadosamente pondrían a curtir ligeramente en agua con sal y vinagre un par de días hasta que llegara la hora de “llenar”.

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La comida familiar en estos días era un punto importante, carne con patatas, cocido, una buena  paella, bueno arroz con pollo generalmente, porque el pescado fresco brillaba por su ausencia, como mucho bacalao o pulpo seco, otra cosa por esta zona, era bastante escaso.  A continuación, mientras las mujeres de la familia seguían con todas estas tareas, los hombres se dedicaban a pasar la tarde jugando a las cartas y en tertulia hasta que llegaba la cena y tras ella ya sí que todos juntos, hombres y mujeres gastaban un buen rato, hasta bien entrada la madrugada, jugando a la brisca y otros juegos de cartas, para terminar, casi siempre jugando al “MUS”

El siguiente día era muy atareado, los hombres comenzaban descuartizando el marrano y separando cuidadosamente todas las piezas por categorías, unas para picar y hacer el salchichón, otras para el chorizo, los lomos y otras piezas se ponían en adobo, primer paso para luego freir ligeramente y colocar en las ollas y cubrirlo con aceite o manteca para que se conservaran hasta el verano, ya llegaría la siega y la trilla …, los huesos en sal así como los jamones, porque había que aprovechar todo.

Y por fin el tercer día estaba reservado al llenado de los chorizos, previo adobo y preparación, y una vez se colgaban para ser curados y se limpiaban las artesas, bancos de matar y demás utensilios de la matanza hasta el próximo año, si no los necesitaba algún vecino antes, porque la solidaridad de aquella época, no tenía límites.

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Esta tradición, por la forma de vida actual, está desapareciendo, por eso estamos sumamente agradecidos a la iniciativa que ya hace tres años Agustín, dueño del  Centro de Turismo Rural “EL ROBLE”, que ayudado por los 12 integrantes de la “Peña Quinielística El Roble”, comenzaron hace tres años a revivir.

Intentan ser fieles a la tradición y protagonizan una matanza a la antigua usanza, donde no falta ninguna de las tareas que antaño se realizaban, incluidas la comida y cena en “familia” de los integrantes de la peña.

Este evento congrega a más de un centenar de curiosos, no solo de Tábara porque al hacerlo coincidir con el mercado del sábado, son muchos los foráneos que se acercan a la fiesta y de paso degustan el chorizo y la morcilla de la tierra, los torreznos, un vaso de buen vino y unas pastas que tampoco pueden faltar.

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