“El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance.” Isabel Allende

Salir del hogar donde hemos crecido por muchos años representa la oportunidad de perseguir el sueño de un futuro mejor para nosotros y nuestra familia, pero también significa que pronto estaremos dejando atrás todo lo que conocemos para dar paso a nuevas y mejores o peores experiencias.

Te explico el fenómeno de la emigración: en España en los últimos diez años nos hemos convertido en un pueblo de emigrantes modernos, por no tener futuro, por desahucios, por ser parado de larga duración. Un pueblo donde las familias están divididas. Donde los abuelos no ven crecer a sus nietos y los nietos no gozan de la alegría que es tener abuelos. Donde los hermanos toman caminos distintos y pasa mucho tiempo entre un encuentro y otro. Donde para los amigos es casi un ritual organizar despedidas. ¡Y cuánto duelen las despedidas! Tenía razón el poeta francés Edmond D´Haracourt cuando dijo que “partir es morir un poco, porque es morir a lo que se ama”.

Emigrar es similar a morir y volver a nacer, dormir y despertar en un lugar desconocido o quizás haber recibido un golpe que te hizo perder el conocimiento, para luego ir asimilando todo poco a poco, así me he sentido, y en ese trajinar solo me ha tocado comparar lo nuestro con lo del nuevo país, comparo costumbres, cultura, modismos y hasta como caminan. Afortunadamente son personas como tú y como yo de carne y hueso con fortalezas y falencias, con criterio y sentimientos que a pesar de nuestra condición, me han recibido con los brazos abiertos.

Para todos aquellos que no han salido de su tierra, y se atreven a criticar a todos aquellos que una vez con un poco de valentía, o de miedo, de esperanza, y sobre todo con mucha fe en Dios, se atrevieron a dejar esta tierra por vías diferentes para buscar nuevos horizontes y un futuro mejor, pero siempre con el corazón puesto en nuestra tierra natal. «

Pagando así el alto precio del «Sueño Alemán» que es estar lejos de sus seres queridos a los cuales muchas veces ni vuelven a ver y peor aún sin poderles dar el último adiós