Esther Cid Romero – 01 de enero de 2018.

Sí, es Noche Vieja. Los móviles de todo el mundo están a pleno rendimiento. Cientos y cientos de whatsapps de compañeros de trabajo, familia, amigos, deseando lo mejor para el año entrante. Pero entre tantos buenos deseos se cuela un mensaje que nunca debió existir.

Una noticia tristísima de esas para las que uno nunca está preparado; una de las que deberían estar prohibidas; de las que detienen el tiempo y congelan el alma.

                Llegó media noche y el reloj cumplió y tocó, pero también lloraba. Yo no sentí campanadas, sino doce lamentos metálicos que resonaron por  las calles de tu pueblo, las mismas que de joven recorrías cogiendo de la mano al amor de tu vida.

                Cada golpe del martillo retumbaba con fuerza en el suelo; cada “dong” hacía vibrar nuestra querida tierra zamorana. Era el quejido sordo de todas aquellas casas en las que pusiste tu maestría; de los miles de ladrillos tocados por las manos del constructor; de los cientos que sustentaron  tantas ilusiones y que tú fraguaste con sabiduría. Todos, pesarosos, te decían adiós.

                Aunque el día fue lluvioso, desapacible, como si supiera lo que había de acontecer, quiso también la luna salir a despedirte, y acompañada de su séquito de luz, bajó  desde lo alto a dejar sobre tu rostro el fresco beso de la eternidad. Volvió rápida a su trono, pero encargó a su estrella más brillante que iluminara un poco el camino de los tres tesoros que tanto amaste.

                A ellas, a esas mujeres extraordinarias, a esas luchadoras incansables, a tus chicas, les quiero mandar todo el cariño que tengo. Sé de sobra cómo de solas se sienten ahora y el hueco irreemplazable que les deja tu partida. Pero también sé que son tremendamente fuertes. Desde allá donde vais las gentes buenas, las cuidarás y protegerás, y tu recuerdo las unirá más aún si cabe.

                Hoy enterramos tu cuerpo, pero la memoria de los momentos compartidos permanecerá en la parte del corazón que reservamos a los amigos, aquí  vivirás para siempre.

Y tu alma inmortal irá en busca de los que partieron antes. Sabiendo cómo eres, no tardarás en organizar alguna partida mañanera y unas rondas de vinos con los compadres que allí te esperan. Pedirás un puro habano y no descarto que arregles una parcelita para poner una pareja de Ibéricos.

 No tengo claro si eres discreto o vergonzoso, pero sí  que nunca quisiste llamar la atención (¡Lo que me costó que bajaras a hacerte la foto en la torre!) Y te has ido, igual que viviste. Por eso antes de despedirme quiero pedirte perdón, por si algo de lo dicho, ha podido molestarte. Sabes de sobra que te queremos muchísimo.

                En memoria de Benigno. D.E.P.

                Tus amigas

                Mery, Isamari y Esther

                1 de Enero 2018