Isaías Santos Gullón – 29 de mayo de 2017.

“Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros, una maravillosa estrofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en un mando de púrpura”. G. A. BECQUER

 Decía Stendal que, sin ninguna duda, un hombre verdaderamente conmovido, dice cosas encantadoras y habla un lenguaje verdadero, aun sin llegar a dominarlo.

 Así quisiera en este instante ser. Volar, volar muy alto al cenit de la expresión, y esculpir en la bóveda azul del infinito un piropo que saliera del alma llevando en el eco de la frase una tibia caricia llena de amor y de dulzura. Amor y dulzura para ti, labrador de la comarca tabaresa, amor y dulzura para ti, mujer morena, fiel y enamorada compañera. Mujer de leche y miel, de sombra y terciopelo; y terreno reflejo del soplo divino, de Eva hija y heredera, ahora en torno tuyo se levanta un vano y pueril juicio de honor. ¡Que hablas en el lavadero…!

 Acusadas de este pecado, “raro y tremendo pecado en el alma femenina”, un día os llamaron al tribunal de las horas celebrado en un jardín regado de senderos. Sentadas, en racimo florido unidas, esperabais la sentencia justiciera. Frente a vosotras que, humilde y campesinamente habíais reconocido vuestra culpa, estaban los acusadores. Los profundos conocedores del alma femenina, los videntes de la paja en ojo ajeno. Y cómo no, algunas de aquellas a las cuales el destino las premió con lavadoras y lavanderas a sueldo. En un instante lleno de emoción y de misterio, una voz ingrávida rasgó los aires: “Mujeres lavanderas, vuestro pecado está juzgado, sois culpables”. Y varias risas irónicas se petrificaron, cuando la voz de la sabiduría con acento grave continuó: “Mas, quien esté libre de culpa lance la primera piedra”.

Y es que, amigo, la verdad es muy amplia, y a la hora de arder, se quema igual la “cola de paja” que la “cola de pluma”. Cuando la lengua de la llama acude, lo mismo arde la humilde bufanda de lana de merina que la suave y delicada piel, aunque ésta sea de armiño.

 Un día, a esas mujeres que lucen en su piel el color de la mies en el estío les llamé “flores”. Y esa palabra no la escogí al azar. En el inmenso mundo, al menos para mí todas las mujeres son flores. Por dos motivos, uno porque son “hermosas” y otro porque son “hembras”. Ahora bien, en el capítulo de las preferencias, yo me inclino por las flores campesinas. Estéticamente encuentro más encanto en una violeta montesina que en la petunia regada y mimada en la maceta. Psíquicamente añoro los campos sin labrar. Y ausente de culpa estoy, si donde yo veo un florido vergel otros tan sólo divisan un campo de gatuñas.

 En esta lucha dialéctica que sobre este particular hemos entablado, los únicos “abogados del diablo” son todos ustedes. Pues me permito recordarle que, “abogado del diablo” se llama en los procesos de canonización a quien busca pruebas que oponer a la vida y los actos de aquel a quien se pretende canonizar. Morris West lo retrató magistralmente en su obra “El abogado del diablo”. Por otra parte me duele profundamente que precisamente sean aquellos que no han nacido en Tábara, los que saquen a la luz los defectos de sus gentes.

 El trasfondo de mi humilde colaboración, la ruta que me he marcado y donde pretende llegar es al alma de las gentes. El problema del campo es problema de cultura y comprensión, de cariño y rectitud. Es necesario bucear en el alma labradora y conocer sus dolores, y una vez conocidos tratar de mitigarlos. Criticar sus defectos y sus pecados es completamente negativo. Es el caballo que han venido espoleando generaciones pasadas. Cuando usted, amigo Pollacino, estuvo en el Ayuntamiento, ¿no se le ocurrió la idea de cubrir los lavaderos? De iluminarlos, de ambientarlos, de hacerlos más cómodos… Con ello hubiera evitado más críticas que con sus frases, y sobre todo se evitaría que se mojaran y pasaran frío las hijas de mi pueblo. Las flores tabaresas.

JUAN CID ARIAS  

 

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 22/6/1974.