ESTHER CID ROMERO – 5 de abril de 2017.

 cita a ciegas

No puedo decir que fuese un flechazo. Si echo la vista atrás creo que te conozco desde siempre. Desde pequeñita oí hablar de ti en las plácidas sobremesas veraniegas.

Disfrutaba de lo lindo cuando mis padres me narraban tus hazañas, tus viajes, tus aventuras. Te imaginaba valiente y hermoso, surcando los caminos de esta tierra fronteriza, saliendo victorioso de tu encuentro con el infiel.

En la adolescencia, como suele pasar, mi cabeza se perdió en otros asuntos. Pero el elixir del amor ya corría por mis venas, aunque yo no fuera consciente de ello.

Dicen que en la universidad todos maduramos. No creo que sea mi caso, pero sí me sirvió para reencontrarte y para que al hacerlo sintiera un incontrolable impulso de querer más de ti. Decidí buscarte. No tarde demasiado en dar contigo ¡Bendita internet! Entonces,  las historias de la infancia volvieron con fuerza nutriéndose ahora con sorprendentes datos. Supe donde vivías y que te cuidaban de maravilla. Cuando tenía un poco de tiempo examinaba un nuevo capítulo de tu apasionante biografía. Algunos de estas referencias me entristecían terriblemente y me obligaban a pensar en las barbaridades que somos capaces de cometer. Otras en cambio inundaban mi mente de colores brillantes haciéndola volar hasta lugares indescriptibles.

Y así pasamos la vida, con idas y venidas. En ocasiones separados largas temporadas pero si nos alejábamos demasiado, despistados como estamos en nuestras cosas, de repente, el delicado hilo de seda que nos une desde que nací, pega un tirón inesperado y como por arte de magia, me topo con alguna imagen o recuerdo que te devuelve a mí. Entonces la cara se me ilumina con el reflejo de esa luz tuya tan especial, tan única.

Eso es lo que sucedió hace ya un año. Tras haber transcurrido un dilatado período sin saber nada y mientras paseaba distraída por la calle, me sorprendió un whatsapp con una estupenda noticia: a unos colegas y a ti os habían otorgado un importantísimo reconocimiento internacional. No pude sentirme más orgullosa.
– ¡Sí, sí, sí!. Grité como una loca


La gente a mi alrededor miró extrañada. ¡Qué más me daba! Era tu triunfo y yo me alegraba muchísimo, aunque este reconocimiento supondría que, a partir de ahora, tendría que compartirte con el mundo entero.

¿Compartir? ¿A caso alguna vez fuiste mío? Reflexioné un instante sobre estas cuestiones… y sólo conseguí plantear otras nuevas. ¿Se puede poseer algo que no se ha tocado nunca, ni tan siquiera conocido directamente?


Mi suerte dio un vuelco hace un mes escaso. Navegando por internet, una vez más, me tropecé de nuevo contigo.
– ¿Cómo? ¿qué? ¿dónde? ¿cuándo?…. Por supuesto que iré, no me lo pierdo por nada… Allí estaré.


Nerviosa como una quinceañera comencé a repasar los datos que durante años había recopilado… cuándo naciste, el nombre de tus padres, tus viajes más destacados… y miré tanto tus fotos que casi las aprendí de memoria.
¡Dios, por fin, por fin tenía una cita contigo!

Acudí casi corriendo al lugar señalado, excitada, intentando hacerme una idea de cómo serías en realidad, si te corresponderías con lo que siempre había soñado, si me decepcionarías, si lo superarías con creces… Pero al llegar a la puerta de entrada frené mi paso. Tu reciente éxito te habría hecho más famoso, si cabe, de lo que ya eras. Quizás ahora estuvieras rodeado de admiradores que querrían disfrutar de tu presencia en esas 10 horas.

Me acerqué despacio. Seguí el camino marcado por los trozos de cuerda retorcida que habían colocado a cada lado. Te divisé a lo lejos y ya no pude bajar la vista. La tenue iluminación y la música ambiente me envolvieron de tal forma que noté cómo el tiempo se detenía en derredor. Solos tú y yo. Avancé en silencio hasta que estuvimos frente a frente. No podía respirar. Cerré los párpados con fuerza. Los mantuve así unos segundos y cuando los abrí de nuevo fueron las trémulas manos de mis ojos miopes las que te acariciaron suavemente, recorriendo palmo a palmo esa piel curtida pero tremendamente delicada. Recorrí tu cuerpo mutilado y besé con la yema de esos dedos oculares cada una de las cicatrices, sintiendo en carne propia tu azarosa vida. Las lágrimas se acercaban. Intentaban brotar y salir a la superficie, quizá ellas también quería conocerte. ¡No! ¡fuera! ¡malditas! No quiero que nada me impida fijar en la memoria este nuestro primer encuentro. No soportaría perderme un solo detalle de aquel al que mi alma venera, no me nubléis la vista. Puede que cuando salga, cuando él se haya ido, os de la libertad que tanto ansiáis, pero ahora no. Quiero mantener mi retina limpia y vacía de todo, quiero llevarme en ella… el libro más bello del mundo, el Beato de Tábara.

Esther Cid Romero
1 de Abril de 2017

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El Beato de Tábara en el lugar donde nació – Fotos: Javier Andrés Miranda