- Un siglo de devoción y patrimonio histórico, entre templarios, nobles y restauraciones

Este año, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Tábara celebra su centenario de consagración al culto, un evento trascendental en la historia religiosa y cultural de la villa. El 23 de agosto de 1925, este emblemático templo fue consagrado por la iglesia, pero su historia, marcada por el paso de diferentes órdenes religiosas, se remonta a mucho antes. Con una trascendencia histórica ligada al antiguo Palacio del Marqués de Tábara y su relación con importantes figuras y órdenes religiosas, la iglesia es mucho más que un lugar de culto, es un símbolo de la evolución social y política de la región.
Un templo en la tierra de los marqueses

La iglesia, conocida popularmente como “El Convento”, se erige en la principal Plaza Mayor, donde en el siglo XVI se encontraba el imponente Palacio del Marqués de Tábara. Este marquesado, otorgado en 1541 por el rey Carlos I a Bernardino Pimentel, es el origen de una noble estirpe que mantuvo la villa bajo su señorío durante siglos. La conexión de la iglesia con la familia Pimentel comenzó cuando el Marqués de Tábara donó el terreno a los jesuitas, quienes sucedieron a los Geromini y, posteriormente, a los dominicos en 1574. Esta donación marcó el inicio de una nueva etapa para el templo, que se erigió como un importante centro religioso.
La iglesia fue testigo de los convulsos momentos de la Desamortización de Mendizábal (siglo XIX), un período de gran agitación social y política, durante el cual los bienes eclesiásticos fueron desamortizados, convirtiéndose la iglesia en una propiedad privada. Sin embargo, en el principio del siglo XX, tras una restauración que permitió devolverla a su estado original, el templo fue finalmente consagrado nuevamente al culto en 1925. Este hito marcó el comienzo de su nueva vida, como lugar de veneración y centro comunitario.
La cripta de los nobles: un hallazgo subterráneo

Uno de los secretos mejor guardados de la iglesia fue descubierto en 1991, cuando se encontró una cripta debajo del crucero, una sala subterránea de planta cuadrada, cubierta con bóvedas de nervios. Esta cripta, que dataría de 1621, permaneció oculta durante siglos, ignorada por todos hasta que fue descubierta a través de una vivienda contigua. Aunque actualmente se encuentra vacía, se cree que fue utilizada como recinto sepulcral para los miembros de la familia nobiliaria de los Pimentel. Este descubrimiento ha aportado nuevas luces sobre la estrecha relación entre la iglesia y la familia aristocrática que dominaba Tábara durante siglos.
Tábara y su marquesado: un legado histórico
La historia de Tábara no puede entenderse sin hacer referencia al marquesado que gobernó la villa durante más de 400 años. En sus orígenes, Tábara y sus tierras fueron propiedad de la Orden de los Templarios, tras una donación realizada en 1130 por Sancha, hermana del rey Alfonso VII. Tras la disolución de los templarios en 1312, la villa pasó a manos de Gómez Pérez de Valderrábano, un noble de la época. Fue, sin embargo, con la familia Pimentel cuando Tábara alcanzó su máximo esplendor.
En 1541, Bernardino Pimentel recibió el título de Marqués de Tábara de manos del emperador Carlos I, consolidando el poder de su familia en la villa. Esta familia aristocrática gobernó la región durante siglos, sometiendo a los habitantes a un régimen feudal que, en ciertos momentos, rozaba la tiranía. Su residencia oficial, el Palacio de los Marqueses de Tábara, sigue en pie, aunque en gran parte modificado, y hoy se encuentra transformado en diversas viviendas. La portada plateresca de este palacio, con sus detalles de aves fantásticas, florales y blasones, sigue siendo uno de los vestigios más emblemáticos de su antigua grandeza.
El motín de 1911: una rebelión contra la opresión
La historia de los marqueses no estuvo exenta de tensiones sociales. En 1911, los vecinos de Tábara protagonizaron un motín en protesta por los abusos de poder y la opresión de los administradores del marquesado. Este levantamiento popular terminó con la quema del palacio y fue un hito significativo en la lucha contra la tiranía feudal que aún perduraba en la región. La villa de Tábara, entonces bajo el dominio de la familia Pimentel, había llegado a un punto crítico, y este evento marcó el fin de una era de opresión para muchos de sus habitantes.
La iglesia como testigo del tiempo
Hoy, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción se erige como un testigo del pasado, un símbolo de la transición entre el poder feudal de los marqueses y la vida moderna que dio paso a la consagración del templo en 1925. A lo largo de sus cien años de consagración, el templo ha sido testigo de los cambios históricos, sociales y culturales de Tábara. Su restauración, su cripta, sus reliquias y su conexión con el marquesado de Tábara la convierten en un lugar único para quienes desean comprender la rica historia de la villa.
El centenario de la consagración de la iglesia no solo es una celebración religiosa, sino también un homenaje a la memoria colectiva de Tábara, un recordatorio de su pasado noble, sus luchas y la fortaleza de su comunidad, que sigue preservando este invaluable patrimonio. Hoy, como hace cien años, la iglesia sigue siendo el corazón espiritual de la villa, un lugar donde la historia, la fe y la comunidad se encuentran para dar testimonio de su grandeza pasada y su renovado futuro.




















