Isaías Santos Gullón – 06 de febrero de 2017.

 Quisiera en este instante poseer aquel espejo cóncavo que el genial gallego usara, para que en su pulida superficie se reflejara convirtiéndose en esperpento, la savia de la historia hecha ya leyenda de aquel momento clave del pueblo tabarés.

 Clave, porque en rigor creo que el subconsciente de su alma queda marcado con una lesión sólo curable, cuando el tiempo y el cariño, la verdad y la nobleza pulan y erosionen el caparazón de desconfianza y despecho, adonde tuvo que refugiar su orgullo herido.

 No hay nadie que ame y sienta más la libertad que los hombres de Castilla. Y más aún si estos hombres tienen por techo el universo y por confín el que le marca el azul celeste cuando a la estepa besa. Tanto si son ganaderos, como si son labradores, el cincel que esculpiera su estirpe se pierde en el taller de los dioses paganos, y acaso alguno de ellos, de olvidado nombre, modelaba la libertad que sienten y respiran cuando regresan del trabajo por entre agrestes y bravíos parajes.

 Mas, una vez, en un tiempo que las generaciones han borrado con su paso, quizás por un capricho del destino o por probar el temple de las gentes, nadie recuerda cómo, mas fue un hecho que en mi pueblo querido nació un feudo.

 Los humildes tabareses, sin aceptar, transigían su conversión en siervos. Corrió el tiempo. En sus tímidas almas ardía el fuego de la perla; en sus rostros curtidos un ígneo destello anunciaba la cercana redención. 

 Como una reminiscencia del pasado, flamea en el recuerdo del atavismo impávido de una imagen navegante en la onda: Aquella del marqués cabalgando en el bayo corcel, y escribiendo con su fusta en la bruma mañanera el agrio despertar a las radiantes luces, después de una noche de orgiásticos tornasoles…

 …noche de sábado oscura y serena. Farándula inoída e imitado y tímido esperpento. Escaño añoso iluminado por la pálida luz del candil que cuelga de la traviesa carcomida. Sentada en él la bíblica imagen de la vieja de pergamino y plata. Las manos nudosas hundidas en los pliegues de la saya y su vista perdida en la hoguera de jara, va presintiendo la verdad de la soñada cábala…

 La mañana del domingo era clara y radiante. En los soportales de la románica iglesia íbanse apiñando curtidos campesinos. Liaban con sus dedos de encina cigarrillos de picadura humilde, aquel tabaco que fue, en los días de olvidado recuerdo. De sus conversaciones no se desprendía chispa alguna de inquietud, más bien exhalaban la paz tranquila de los campos.

 Ligeramente apartado de ellos, sobresalía en presencia y porte la elegante figura del marqués. Vestía de negro y de uno a otro de los bolsillos de su chaleco, pendía una gruesa cadena que emitía áureos destellos. Fumaba un soberbio habano y al mirar las azules volutas de humo, se adivinaba en su frente un mudo agradecimiento al hado del destino que tan privilegiada posición le legó.

 Él era la atracción de aquella salida de misa dominical. A él iban dirigidas todas las miradas y todas las conversaciones giraban en torno a su persona. Y él, desde el pedestal elevado de su posición, notaba en su mano los hilos que movían las vidas de aquellas gentes.

 En un instante se transfiguró. Introdujo sus manos en los bolsillos del chaleco, miró, sin ver al auditorio y pronunció aquella frase henchida de soberbia, aquella frase de tiránico dominio, que caló en la médula de los puros corazones cual si fuera la más  expresiva y verídica antología del insulto: – ¡Hasta el aire que respiran los tabareses es mío!

 Todos vibraron rumiando en sus entrañas la ofensa recibida. Y caminando lenta, por aquel ambiente tenso, una vieja se acercó. Se detuvo ante el marqués, abrió su toquilla negra y mostró sus manos crispadas. Y mirándole a los ojos con un destello, hundió el sarmiento de sus dedos en las hebras de su luenga barba al compás que con compasión le dijo: – ¡¡Lo veremos!!

 Aquella noche ardió el palacio. Logró escapar el marqués de la ira de aquellas enloquecidas gentes, y cuando en la huida el cochero le decía: – ¡Mirad, excelencia, cómo arde!

 El respondía: – ¡Arrea, arrea los caballos!                                                                  

 Del arrebol de las llamas, del resplandor de aquella hoguera, salía al infinito el eco de aquella voz que una mujer santa y bendita, madre de la moderna Tábara, exhalara: – ¡Lo veremos! ¡Lo veremos! ¡Lo veremos!…

 Aun hoy en las noches calladas, se siente como un suspiro, como un débil lamento, que trae a la memoria el recuerdo de aquella madre Tabaresa.

 

Publicado en la página ocho CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 22/11/1973.

JUAN CID ARIAS