• Hay historias que nacen en los lugares más cotidianos y se convierten, con el paso del tiempo, en parte de la memoria colectiva de un pueblo. Así es la de Ana y Esteban, una pareja muy querida en Tábara, cuya historia de amor comenzó hace más de 25 años entre cafés, clases y charlas en el bar que él regentaba. Hoy, un cuarto de siglo después, sus amigos de La Peña La Espuela les han devuelto todo ese cariño con una fiesta sorpresa inolvidable, llena de emoción, risas y recuerdos.

Corría el año 1997 cuando una joven maestra palentina llegó al CRA de Tábara para ocupar su plaza. La acompañaba su madre y, tras recorrer las calles del pueblo, hicieron una parada en el bar de Esteban. Lo que entonces fue una simple visita para tomar café se transformó en una costumbre diaria y, poco a poco, en el inicio de una historia de amor que acabaría uniéndolos para siempre dos años después, en el 2000.

Entre cafés, confidencias y alguna que otra visita a la mítica discoteca Cherokee de Zamora, la conexión entre Ana y Esteban fue creciendo. El destino quiso que aquella anécdota que en su día le contara a su madre, su compañera, la profesora doña Elena —“si se enamora de un tabarés, ahí no puedo hacer nada, porque el tabarés, falso, pero cortés”, como dice el refrán— se cumpliera al pie de la letra.

Veinticinco años después, La Peña La Espuela, el grupo de amigos que los ha acompañado en los buenos y malos momentos, decidió rendirles un homenaje sorpresa a la altura de su historia. Con la complicidad de sus hijos, Shaiel y Ariatna, organizaron una fiesta secreta que los protagonistas jamás olvidarán.

Todo comenzó con un misterioso “vermut que no llega”. Ana, desconcertada al no encontrar a ninguno de sus amigos, comenzó a llamar sin obtener respuesta. Hasta que su hijo apareció con un antifaz y una excusa: “Venid conmigo, es una sorpresa”. Entre risas y confusión, fueron conducidos al Auditorio Leticia Rosino, donde al quitarse el antifaz descubrieron a todos sus amigos esperándolos con vítores, abrazos y una decoración que derrochaba cariño.

La velada, organizada al detalle, contó con música, una deliciosa paella a la zamorana, postres tabareses y un ambiente de pura alegría. Cada rincón del auditorio respiraba amistad, complicidad y gratitud hacia una pareja que ha sabido ganarse el cariño de todo el pueblo con su cercanía y su generosidad.

La Peña La Espuela, formada por un grupo grande y unido, quiso con este gesto agradecer “a su manera” todo lo que Ana y Esteban representan para ellos. “Cuando hacen algo por el de al lado, lo hacen de corazón”, comentaban sus amigos, visiblemente emocionados.

Más que una celebración de bodas de plata, la noche fue una fiesta al amor, a la amistad y a la vida compartida en comunidad, de esas que solo se entienden en los pueblos donde todos se conocen y se acompañan.

Tábara volvió a demostrar que sabe celebrar lo importante: los lazos que se forjan entre sus gentes. Y, gracias a La Peña La Espuela, Ana y Esteban tendrán siempre el recuerdo imborrable de un día mágico en el que su historia de amor se convirtió también en la historia de un pueblo.

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