(Serie: Tábara y los Beatos. La luz del Scriptorium IV)

  • Pocas imágenes condensan con tanta fuerza la esencia del arte medieval, como la célebre torre “alta et lapidea” —alta y de piedra— que el monje Emeterius plasmó en el Beato de Tábara.

Esta ilustración, que ha sobrevivido milagrosamente al paso de los siglos, no solo es una obra de belleza extraordinaria, sino también un documento único: la lámina más antigua conocida que representa un scriptorium, el taller donde los monjes copiaban y decoraban los códices que hoy iluminan nuestra historia.

Gracias a esta miniatura, podemos asomarnos a la vida cotidiana del Monasterio de San Salvador de Tábara, uno de los centros culturales más notables del siglo X. En ella se alza una torre de cinco alturas, en cuya parte superior se distinguen siete monjes. Cuatro de ellos aparecen en las plantas que conducen al campanario, y los otros tres —situados en lo que se interpreta como el scriptorium— están entregados a su labor diaria: copiar, cortar y decorar los pergaminos.

Los expertos han identificado a los tres monjes de la estancia inferior. Emeterius, discípulo del gran Magius, es el protagonista principal; frente a él, trabaja Senior, el escriba encargado de transcribir el texto; y junto a ambos, otro monje sostiene unas tijeras, recortando el pergamino que después serviría de lienzo para las ilustraciones. Aquella imagen nos revela no solo cómo se trabajaba, sino también el espíritu de comunidad que impregnaba cada página.

El scriptorium tabarense fue mucho más que un taller de copistas. Allí se gestó una auténtica revolución artística. De la mano de Magius, el estilo mozárabe tradicional dio paso a una nueva estética, que fusionaba influencias andalusíes y cristianas, y que a través del color alcanzó una expresividad inédita. Ese lenguaje visual, nacido entre las piedras del monasterio tabarés, sería imitado en toda la península y marcaría una nueva etapa en el arte de los códices.

Aunque el Monasterio de San Salvador tuvo una vida breve, su legado fue inmenso. Durante su existencia, en su scriptorium se elaboraron numerosos manuscritos litúrgicos que abastecieron a otros centros eclesiásticos en plena expansión. Aquella producción convirtió a Tábara en un foco de cultura y espiritualidad, y en la cuna de una escuela artística que trascendió el tiempo.

Hoy, cuando contemplamos la miniatura de la torre “alta et lapidea”, no vemos solo un edificio: vemos el símbolo de una época en la que el conocimiento, la fe y el arte convivían bajo un mismo techo. Tábara, con su torre y su memoria, sigue recordándonos que en los silenciosos claustros de su monasterio se escribió una de las páginas más luminosas del arte medieval europeo.

Un patrimonio que resiste al tiempo

La iglesia de Santa María, actual sede del Centro de Interpretación, es una auténtica cápsula de historia. Bajo sus muros románicos laten restos visigodos y mozárabes que recuerdan su origen altomedieval. A lo largo de los siglos, reformas, abandonos y restauraciones fueron moldeando su silueta hasta llegar a la que hoy admiramos.

Las restauraciones de los años sesenta, dirigidas por Luis Menéndez Pidal y Fernando Pons Sorolla, rescataron parte de su estructura primitiva. En esos trabajos se descubrió el arco de herradura que comunica con la torre, símbolo visible del Scriptorium. Posteriormente, las intervenciones de 2015 adaptaron el espacio para acoger el museo sin alterar su esencia.

Caminar hoy por su interior es recorrer un milenio de historia. Las piedras hablan, las inscripciones reviven y la luz que entra por los ventanales parece repetir, en silencio, el eco de las manos que copiaban los Beatos.

PUBLICIDAD Tres sliders con CSS Grid