Isaías Santos Gullón – 30 de enero de 2017.

 

 Imagino una mañana otoñal mustia y callada. Los destellos del naciente sol acarician las escuálidas traviesas del cabañal sin leña y, en el centro del corral, pisando el lecho que pudriera el hedoroso estiércol, te veo, soñoliento aún, unciendo al yugo de madera las mansas testas de las tranquilas vacas.

 El cornal de cuero trenza el asta al madero. El bozal de esparto cubre el negro y húmedo morro de la pareja, y de sus cortas orejas sale atado con destreza el ramal que es guía de sus pasos en la tierra. Pones el arado en el centro del yugo presto para el camino; la mancera rasga el aire y el final del tirante arrastra por la senda tortuosa. La burra detrás porta en un costal de lienzo sobre su albarda el grano de la siembra, y tú, a su compás, lento caminas…

 Justo al empezar la bajada de la cuesta de “La Bajura” te detuviste un instante ante una chapa blanca en la que se leía: “Reserva Nacional de Caza”, y con una sonrisa de ironía en tus labios y un mohín de disgusto en tu gesto seguiste los tranquilos pasos de la pareja.

 Cruzaste la hondonada de “La Bajura”. Seguiste el antiguo camino de Escober y, atravesando “El Bosque”, por el sinuoso y polvoriento camino de “Carrizal” llegaste a tu tierra parda y trabajada que esperaba sentir en sus entrañas la semilla candeal.

 Ibas recorriendo tu parcela de norte a sur. Tu mano iba rasgando el aire y de su callosa palma salía despedido el oro de la siembra. Al terminar preparaste el arado. Guiaste la yunta a un extremo y, rozando la orejera la lindera, comenzaste la tarea.

 Lento y paralelo el arado abría el surco y en su entraña palpitante se confundía en comunión milenaria el alma de la tierra, la semilla y tu sudor. Ibas y venías, azuzabas y retenías la pareja; de tu trabajo honrado tan sólo era testigo el inclemente sol.

 Cuando ya finalizabas tu trabajo, cuando apenas dos surcos te quedaban, tiraste nervioso del ramal de las dos vacas; las detuviste con brío, y, sin apartar tus ojos de un punto cercano, comenzaste a gritar en voz alta: – ¡Te vi! ¡Quieta ahí, rabona! ¡A por ti voy!

 Y lentamente, sin prisa, te acercabas enarbolando en tu mano la enrejada, la recta vara que te sirviera para demostrar a las nobles vaconas que tu ser era el guía y tu porte su amo, que tu voz su mandato y tu gesto su ley.

 La liebre, al sentir tu grito, se ahuecaba y trataba de esconder sus erguidas orejas a la parda sombra de la linde. Sintió cercanos tus pasos e intentó arrancar; mas en este instante ya la enrejada había dibujado en el aire un círculo de muerte que selló su fin en un golpe seco descargado en el lomo del ágil y veloz animal.

 La recogiste cuando aún su piel sedosa temblaba en la agonía de su temprana muerte y, al levantarla, transmitió a tu ser un vago presentimiento: – Esto está vedado, te dijiste; me pueden denunciar.

 Y allí, sobre el seno mullido de tu tierra sembrada, en voz queda musitaste: – Pero la liebre es mía, la he matado en mi tierra, es mía.

 Y mirando con miedo el ancho horizonte que te rodeaba, la metiste en el costal vacío de semilla y éste en el fondo de la alforja remendada; y sintiendo tu soledad, miraste al azul otoñal del cielo tabarés para gritar en tu defensa: …¡Es mía! ¡¡Es mía!!… 

 No esperaste al domingo para ir con tus amigos a merendar a la bodega. Aquella misma noche en la humosa cocina la cenaste con los tuyos. A tu mujer y a tus hijos les gustó el sabor bravío de aquel manjar antiguo. Tú, callado y serio, rumiabas ideas; y el abuelo, adivinando tus pensamientos, arrugó el pergamino de su piel para decir con voz ronca y cansada: – En esa tierra de “Carrizal” ¡cuántas he matado yo! Me acuerdo que mi padre a estas liebres las llamaba “las liebres de sementera”.

 Tu miraste al abuelo y, mudo, con pena, entornaste los párpados.

Publicado en la página cuatro CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 16/10/1973.

JUAN CID ARIAS