
3 de mayo. Para muchos, una fecha más en el calendario. Para mí, es la herida que nunca cierra, el día que me arrancaron a mi hija de la vida. Hoy se cumplen siete años desde que Leticia fue asesinada. Tenía toda una vida por delante. Sueños. Planes. Alegrías que ya nunca vivirá. Se la llevó un menor. Un menor con manos de adulto y un corazón incapaz de compasión.
Leticia, tú no querías ir… y te llevaron.
Tú no querías irte… pero te llevaron.
No tuviste opción.
Desde entonces, cada día es una lucha por respirar, por entender, por sobrevivir con tu ausencia. Cada rincón de nuestra casa grita tu nombre en silencio. Tu habitación sigue igual, como si fueras a volver. Pero no vuelves. Y no volverás. Porque alguien decidió que tu vida no valía nada. Y la justicia, esa que debería protegernos, la trató con la misma indiferencia.
Qué poco valor tiene la vida para la Justicia.
Qué barato sale matar.
Qué bajo precio tiene el dolor de una madre, de una familia destrozada.
El asesino de mi hija era menor. Eso bastó para suavizar su castigo. Para que la sociedad le ofreciera segundas oportunidades mientras a Leticia le arrebataron la única que tenía: VIVIR. Me pregunto cada día cómo podemos mirar hacia otro lado. Cómo puede llamarse justicia a un sistema que no equilibra el daño con la pena.
Los violadores y asesinos, aunque tengan 16, 17 años, son depredadores. No importa la edad cuando las manos se tiñen de sangre. Cuando se actúa con violencia brutal, con alevosía, con desprecio por la vida. Tienen que ser castigados con penas más duras, con leyes ajustadas a la realidad. Porque son menores, sí, pero también son asesinos.
La Ley del Menor necesita una reforma. Urgente. Realista. Humana. No para castigar, por castigar, sino para proteger a quienes ya no pueden defenderse. Para decirle a cada Leticia de este país que su vida VALE. Que si alguien se la quita, no quedará impune ni en lo legal ni en lo moral.
Hoy, siete años después, seguimos sin ti.
Te echamos de menos, Leticia.
No hay un solo día en el que no pensemos en ti, en tu risa, en tus abrazos, en todo lo que no pudimos vivir juntas.
Te robaron la vida. Y a nosotros, la paz.
Por ti, Leticia.
Por todas.
Que ninguna madre más tenga que escribir este artículo.




















