• Ayer, domingo 10 de agosto, Tábara volvió a ser testigo de uno de esos reencuentros que huelen a infancia, saben a hogar y se sienten en el corazón. Los quintos del 75, medio siglo después de compartir juegos en las calles del pueblo, se dieron cita para celebrar juntos su 50 cumpleaños. Lo hicieron siguiendo una tradición que ya se ha convertido en costumbre: la de reunir a quienes nacieron el mismo año, allá donde estén, para volver a estrechar lazos y revivir memorias que el tiempo jamás ha borrado.

La jornada comenzó en el Bar Restaurante Las Cumbres, donde los abrazos fueron tan largos como las historias por contar. Entre platos y brindis, afloraron anécdotas de juventud, aventuras vividas lejos del terruño y recuerdos de aquellos días en que las preocupaciones eran pocas y los sueños, enormes.

Después, la celebración continuó en el Bar de la Piscina, donde las copas y los buenos pinchos acompañaron las risas y alguna que otra lágrima de emoción. Como manda la fiesta, la noche los llevó hasta San Lorenzo, donde la música de la orquesta sirvió de banda sonora para mover el esqueleto y, por unas horas, sentirse tan jóvenes como en aquellos veranos de hace cinco décadas.

No fue solo una comida ni una noche de baile: fue un homenaje a una generación que, a pesar de los caminos divergentes, ha sabido mantener vivo el hilo invisible que los une a su tierra. Porque hay vínculos que ni la distancia ni los años logran desgastar. Y ayer, en Tábara, las miradas de los quintos del 75 lo dejaron claro: podrán pasar otros cincuenta años, pero las risas seguirán siendo las mismas.

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