(Serie: Tábara y los Beatos. La luz del Scriptorium III)

  • A mediados del siglo X, el Monasterio de San Salvador de Tábara se había convertido en uno de los grandes centros de cultura y creación artística de la Península.

En su Scriptorium —aquel taller donde los monjes copiaban y decoraban los manuscritos— trabajaba un hombre que cambiaría para siempre la historia del arte medieval: Magius, un monje de talento extraordinario cuya mano y visión dieron forma a algunas de las páginas más bellas que el tiempo nos ha permitido conservar.

Hasta entonces, los códices medievales seguían la estética mozárabe, pero Magius introdujo una auténtica revolución. En sus iluminaciones —esas ilustraciones que adornaban los textos sagrados— fusionó elementos andalusíes y cristianos, creando un estilo nuevo, vibrante y lleno de fuerza expresiva. Sus figuras, colores y composiciones resultan tan audaces que aún hoy, más de mil años después, asombran por su modernidad.

El fruto de su genio fue el nacimiento de una escuela artística propia, la escuela tabarense, que marcó el rumbo del arte de los Beatos —comentarios ilustrados al Apocalipsis de San Juan— en toda la península.

En el año 945, vio la luz el Beato de San Miguel, también conocido como Beato Morgan (por conservarse hoy en la biblioteca Morgan de Nueva York). Durante mucho tiempo se pensó que procedía del monasterio leonés de San Miguel de Escalada, pero investigaciones recientes del historiador José Ferrero han demostrado que su verdadero origen es tabarés. Magius habría trabajado desde el Monasterio de San Miguel de Tábara, como demuestra una lápida encontrada en la zona que señala el lugar de su sepultura.

El segundo gran hito llegó en el año 970 con la culminación del Beato de Tábara, una obra monumental que Magius comenzó, pero no pudo terminar, pues falleció dos años antes. Su discípulo Emeterius continuó la tarea con maestría y completó la obra en junio de aquel año. De este códice han sobrevivido 11 miniaturas, entre ellas la famosa representación de la torre del Scriptorium, descrita como “alta et lapidea” (“alta y de piedra”). Gracias a esa imagen, hoy sabemos cómo era el edificio en el que los monjes trabajaban, copiando, iluminando y preservando la sabiduría de su tiempo.

Cinco años más tarde, Emeterius, junto al monje Senior y la monja Ende —una de las pocas mujeres artistas conocidas de la Edad Media— finalizaron el Beato de Gerona, que aún se conserva en la Catedral de esa ciudad. Este códice, con 114 miniaturas, incluye una de las primeras representaciones del apóstol Santiago, símbolo del espíritu peregrino y espiritual que recorría ya la Península.

El Beato Morgan, el Beato de Tábara y el Beato de Gerona forman una trilogía excepcional, nacida del ingenio y la devoción de los monjes tabareses. Son obras que no solo iluminan los textos sagrados, sino también el alma de una época en la que la fe y el arte caminaron de la mano.

Tanto es así que, en octubre de 2015, la UNESCO reconoció la importancia universal del Beato de Tábara, incorporándolo a su programa Memoria del Mundo, que protege los documentos más valiosos de la humanidad.

Porque comprender nuestra historia —como bien decía el propio Magius sin palabras— es recordar de dónde venimos. Y en Tábara, esa memoria sigue viva, entre los muros de piedra y las luces del pasado, donde aún resuena el eco de los monjes que iluminaron el mundo con sus manos.

Los códices que viajaron por el tiempo

El Beato de Tábara, fechado en torno al año 970, es una joya del arte medieval. Su colofón, donde los copistas dejaron constancia de su trabajo en el Scriptorium tabarense, convierte a este manuscrito en testimonio único de la vida monástica de la época.

A lo largo de los siglos, otros códices —como los Beatos de Gerona, Morgan o Las Huelgas— fueron inspirándose en el modelo tabarés, difundiendo su estilo por todo el occidente cristiano. Hoy, el museo reúne facsímiles de todos ellos, adquiridos con paciencia y visión cultural por los ayuntamientos de Tábara y con el impulso del CEB “Ledo del Pozo”.

Gracias a este esfuerzo, el visitante puede recorrer el itinerario artístico y espiritual de los Beatos, descubriendo cómo un pequeño monasterio zamorano ayudó a iluminar el pensamiento europeo durante siglos.

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