Una de las frases más populares (y virales) del escritor alemán Hermann Hesse es su corta pero profunda “siempre gana quien sabe amar”. Los escépticos podrían pensar de ella que es banal y que se queda en la superficie, pues el amor tiene muchas aristas, pero cierto es que algunas de las historias más bonitas y recordadas de todos los tiempos tienen como ingrediente principal el amor entre migrantes en Alemania. José María es  representativo de esas palabras de Hesse, que aún nos emocionan tanto como las historias de inmigración en Alemania.

Triste carta de amor de José María a su mujer en Salamanca (España)

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Mi único amor, hoy quiero que sepas cuánto te extraño. La distancia que nos separa no puede ser mayor que el amor que nos une. Sin embargo, a veces siento que estoy desapareciendo porque no estoy a tu lado. El día que me fui te dejé todas mis raíces; mis mejores sentimientos y emociones; mis sueños; el calor de tu cuerpo y el amor indescriptible que sentimos el uno por el otro; y que todavía siento como una llama viva en mi corazón. Desde que me fui, no ha pasado un solo momento en el que no piense en ti; en el que no recuerde lo feliz que estoy a tu lado; y lo seguro y protegido que me siento en tus brazos. Debo agradecer a esta experiencia de migrante por enseñarme a valorar tu amor incondicional y todo lo que has hecho por mí. Ahora veo más de tus virtudes y menos de tus defectos. No sufro por tonterías a las que solía dar mucha importancia. Gracias mi dulce y tierno amor por esperarme.

La única razón por la que he permanecido de pie, firme durante todo este tiempo, es la esperanza de volver a verte y abrazarte. Sueño con nuestro encuentro. Perdóname por ser repetitivo, pero te echo de menos. Pronto estaremos juntos de nuevo. Siempre tuyo, te quiero hasta el infinito y te necesito a mi lado.

Mi nombre es Nadie . . . todos me llaman Nadie”

Como ser humano, José María debe poder asumir su identidad sin temor. Pero si las condiciones en las que vive perduran y las afectaciones a su salud se invisibilizan, podría llegar a llevar ese nombre que ningún ser humano debería tener – ya sea por cuestión de supervivencia o por su estado de marginalización.

El síndrome del Inmigrante

Para ilustrar las características de este síndrome, imaginémonos y acompañemos a Jose María. Para proteger y conservar su dignidad y su vida, José María debe partir de su hogar hacia un futuro incierto en otro país, Alemania, dejando atrás a sus dos hijos, su mujer y  a su comunidad. En su destino, no se habla su lengua, se habla Alemán, no puede practicar sus expresiones culturales, no pertenece a ninguna comunidad, y no tiene un estatus migratorio regular. Empieza a trabajar en una fábrica donde le pagan muy poco por muchas horas de trabajo y es víctima de comentarios xenófobos. Para poder enviarle suficiente dinero a sus hijos, vive en un apartamento insalubre con muchas personas y no se alimenta adecuadamente. José María extraña a sus hijos, y al amor de su vida, añora estar en su tierra y ser parte de su comunidad, pero el volver significaría el fracaso de su proyecto migratorio. Además, tiene miedo de que el rechazo hacia él se torne violento, que sea explotado en su trabajo, o que sea descubierto por las autoridades y deportado.

Tal vez podría manejar estos duelos extremos (causados por las varias pérdidas significativas para él) y estresores intensos (cargas y exigencias físicas, mentales o sociales) si no los estuviera experimentando a la vez, o si sus condiciones de migración fueran mejores (por ejemplo, si tuviera un estatus migratorio formal o mejores condiciones de trabajo o vivienda). Sin embargo, ante esta situación de soledad, desesperanza, y terror, no puede. Al enfrentarse a ellos por un tiempo prolongado, sin contar con una red de apoyo, pierde la sensación de control sobre las condiciones de su vida y está al límite. Siente una profunda tristeza y se culpa por estar lejos de sus hijos y su amor, no poder cumplir con las metas que se había fijado antes de migrar. Además, está nervioso y desorientado en su nueva ciudad, Wuppertal (Alemania) no duerme bien, se le olvidan cosas simples y siente dolores de cabeza, abdominales y musculares.

Si José María puede acceder al sistema de salud, es posible que médicos y psiquiatras no encuentren explicaciones biológicas para sus dolores físicos, desestimen sus dificultades emocionales, o las diagnostiquen erróneamente como trastornos mentales – especialmente si no son conscientes de las maneras en que la migración afecta el bienestar mental. Sin embargo, lo más probable es que como migrante irregular, no pueda acceder a esos servicios. Si bien la respuesta de los Estados sobre la salud física de poblaciones migrantes es insuficiente, lo es más aún en el caso de la salud mental, desestimando que están estrechamente relacionadas. Tal vez sea porque las afectaciones físicas nos parezcan más evidentes y urgentes, como cuando pensamos en gente española que emigra porque no puede acceder a trabajar en España, en migrantes y refugiados en Grecia que no pueden evitar enfermedades prevenibles en los campamentos, o en que, para llegar al Mediterráneo, los migrantes del África subsahariana deben atravesar el hostil desierto del Sahara, exponiéndose a la falta de agua y temperaturas extremas.

Muchas veces pensamos en las necesidades inmediatas que requieren los migrantes, pero no pensamos en el efecto que puede tener todo el proceso de migración en la salud emocional y física de nuestras personas.

Además, puede que, por la amenaza constante de deportación, José María ni se atreva a buscar el apoyo que necesita y su sufrimiento quede en la anonimidad. En su camino, Ulises le dice a cíclope: “Mi nombre es Nadie. . . todos me llaman Nadie”, ocultando su identidad verdadera para protegerse contra él. Como ser humano, José María debe poder asumir su identidad sin temor. Pero si las condiciones en las que vive perduran y las afectaciones a su salud se invisibilizan, él podría llegar a llevar ese nombre que ningún ser humano debería tener – ya sea por cuestión de supervivencia o por su estado de marginalización.

”Nos debería ser fácil reconocer que tanto los factores que llevan a que las personas salgan de sus hogares, la incertidumbre y los monstruos del camino, como las barreras del idioma y dificultades encontradas en los países destino podrían sobrepasar su capacidad de adaptación y así, verlas, reconocerlas, escucharlas, apoyarlas, y asegurar que nunca lleguen a llamarse Nadie.

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