almeida – 28 de marzo de 2017.

Los textos sagrados, siempre han representado una fuente de controversias por los mensajes que según muchos estudiosos, se encuentran encerrados en sus páginas y que solo entre líneas o desencriptándolos, podemos llegar a comprender todos y cada uno de los misterios que encierran.

            Durante mucho tiempo, algunos han dedicado toda su vida a su estudio para comprender cada uno de los enigmas que las palabras en ocasiones dejan traslucir y eso ha dado pie a numerosas controversias sobre lo que en su día fue escrito para que con el paso de los años pudiéramos ir comprendiendo.

            Algunos estudiosos del Evangelio de San Juan, encontraban en el Libro de las Revelaciones, el Apocalipsis, ese mensaje que nos indicaba cuando llegaría el fin del mundo que se profetizaba que llegaría algún día y los justos encontrarían ese paraíso con el que la religión a través de la fe les iba a premiar.

            Para ello fueron deduciendo que la creación se había producido 5.227 años antes de la llegada del Mesías Salvador y desde el momento en el que éste nació, haciendo cálculos matemáticos se llegó a la conclusión que el Apocalipsis que se anunciaba en las escrituras acontecería con la llegada del séptimo mileno que coincidía con el año 800 de nuestra era.

            Analizando las fechas, en parte no les faltaba la razón porque fue cuando las hordas musulmanas penetraron en la península y su expansión amenazaba con destruir todos los reinos que profesaban la fe cristiana y durante algunos siglos estuvo a punto de suceder.

            Ya desde el siglo IV, algunos eruditos de las escrituras, principalmente los que tuvieron alguna influencia durante su apostolado en el norte de África, fueron anotando sus interpretaciones sobre cómo sería esa fatídica llegada en la que el anticristo arrasaría con todo.

            Ticónio, San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, Fulgencio de Ruspe, Gregorio de Elvira, San Ireneo, Apringio de Beja y San Agustín, fueron algunos de los que dejaron constancia de su interpretación sobre la venida del fin de los días y como todo cambiaria desde ese momento.

Las montañas asturianas fueron el refugio de los fervientes cristianos que encontraron en sus abruptas tierras el lugar donde escapar de la ira de los musulmanes y en un pequeño lugar de lo más abrupto de las montañas, en Turieno, actualmente Liébana, surgió un monasterio que se convirtió en el refugio no solo de los que profesaban la fe, también de los escritos y reliquias que los cristianos tanto veneraban.

Por lo tanto es de suponer que en este monasterio se custodiaban muchos de los textos que los cristianos querían salvaguardar para las enseñanzas de la fe y un monje llamado Beato después de estudiar lo que había a su alcance tomó las interpretaciones que hacían estos estudiosos y los recopilo en un códice.

Son una docena escasa los eruditos que aportaron su interpretación de cómo sería el Apocalipsis y Beato se dedicó únicamente a transcribir cada uno de los comentarios que tenía a su alcance habiendo muy poco de creación propia del que lleva el nombre del primer códice que desde entonces se le conoce con su nombre.

Aquel manuscrito representó una revolución para el saber de la época, fue lo que podíamos denominar en la actualidad un best seller, pero como no había forma de hacer copias de él, los monasterios que se preciaban de tener una importante biblioteca enviaban una delegación de monjes escribas para copiarlo y tenerlo entre los muros de su monasterio.

Son textos que carecen de importancia dogmática, pero a través de sus ilustraciones se podían llegar a comprender algunos de los mensajes que se pretendían enseñar.

Durante siglos los beatos fueron ese códice anhelado y se fueron haciendo copias de copias, cada una dentro del estilo artístico de su época, pero sin duda, los que surgieron del Scriptorium tabarense crearon un estilo único que fue imitado por los que se fueron realizando en siglos posteriores.

 

 

Los textos sagrados, siempre han representado una fuente de controversias por los mensajes que según muchos estudiosos, se encuentran encerrados en sus páginas y que solo entre líneas o desencriptándolos, podemos llegar a comprender todos y cada uno de los misterios que encierran.

         Durante mucho tiempo, algunos han dedicado toda su vida a su estudio para comprender cada uno de los enigmas que las palabras en ocasiones dejan traslucir y eso ha dado pie a numerosas controversias sobre lo que en su día fue escrito para que con el paso de los años pudiéramos ir comprendiendo.

         Algunos estudiosos del Evangelio de San Juan, encontraban en el Libro de las Revelaciones, el Apocalipsis, ese mensaje que nos indicaba cuando llegaría el fin del mundo que se profetizaba que llegaría algún día y los justos encontrarían ese paraíso con el que la religión a través de la fe les iba a premiar.

         Para ello fueron deduciendo que la creación se había producido 5.227 años antes de la llegada del Mesías Salvador y desde el momento en el que éste nació, haciendo cálculos matemáticos se llegó a la conclusión que el Apocalipsis que se anunciaba en las escrituras acontecería con la llegada del séptimo mileno que coincidía con el año 800 de nuestra era.

         Analizando las fechas, en parte no les faltaba la razón porque fue cuando las hordas musulmanas penetraron en la península y su expansión amenazaba con destruir todos los reinos que profesaban la fe cristiana y durante algunos siglos estuvo a punto de suceder.

         Ya desde el siglo IV, algunos eruditos de las escrituras, principalmente los que tuvieron alguna influencia durante su apostolado en el norte de África, fueron anotando sus interpretaciones sobre cómo sería esa fatídica llegada en la que el anticristo arrasaría con todo.

         Ticónio, San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, Fulgencio de Ruspe, Gregorio de Elvira, San Ireneo, Apringio de Beja y San Agustín, fueron algunos de los que dejaron constancia de su interpretación sobre la venida del fin de los días y como todo cambiaria desde ese momento.

Las montañas asturianas fueron el refugio de los fervientes cristianos que encontraron en sus abruptas tierras el lugar donde escapar de la ira de los musulmanes y en un pequeño lugar de lo más abrupto de las montañas, en Turieno, actualmente Liébana, surgió un monasterio que se convirtió en el refugio no solo de los que profesaban la fe, también de los escritos y reliquias que los cristianos tanto veneraban.

Por lo tanto es de suponer que en este monasterio se custodiaban muchos de los textos que los cristianos querían salvaguardar para las enseñanzas de la fe y un monje llamado Beato después de estudiar lo que había a su alcance tomó las interpretaciones que hacían estos estudiosos y los recopilo en un códice.

Son una docena escasa los eruditos que aportaron su interpretación de cómo sería el Apocalipsis y Beato se dedicó únicamente a transcribir cada uno de los comentarios que tenía a su alcance habiendo muy poco de creación propia del que lleva el nombre del primer códice que desde entonces se le conoce con su nombre.

Aquel manuscrito representó una revolución para el saber de la época, fue lo que podíamos denominar en la actualidad un best seller, pero como no había forma de hacer copias de él, los monasterios que se preciaban de tener una importante biblioteca enviaban una delegación de monjes escribas para copiarlo y tenerlo entre los muros de su monasterio.

Son textos que carecen de importancia dogmática, pero a través de sus ilustraciones se podían llegar a comprender algunos de los mensajes que se pretendían enseñar.

Durante siglos los beatos fueron ese códice anhelado y se fueron haciendo copias de copias, cada una dentro del estilo artístico de su época, pero sin duda, los que surgieron del Scriptorium tabarense crearon un estilo único que fue imitado por los que se fueron realizando en siglos posteriores.